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Hoy empiezo con una suerte de punto y aparte, saltándome la tradición que tenemos en este sitio de enlazar nuestras reflexiones, y, de no hacerlo, al menos inventar alguna excusa que nos justifique. Hoy voy de frente.

El pasado lunes fue uno de esos días en los que puse la tele como excusa, y uno de esos días en los que no la miro a ella, sino a través de ella. Había un debate en el canal 24h. Los invitados hablaban por turnos acerca de la oportunidad o inoportunidad de ciertas declaraciones del Fiscal de Cataluña. Yo prestaba una atención relativa, mirada a través, hasta que una periodista pronunció las palabras que sacudieron mi atención y despertaron mi aparato reflexivo. Desde el lunes espero ansiosa mi turno en Euler, porque en la cabeza, en abstracto, van volando las ideas, desordenadas, deshilvanadas. Y hasta el momento en que me siento y las materializo no soy capaz de ordenarlas y de dilucidar el por qué de esa llamada de atención.

Las palabras fueron “la ley no es opinable“.

La ley es la herramienta que tenemos para regir el comportamiento en sociedad, son las normas del juego. ¿Y de dónde vienen las normas? Las normas las hacemos los seres humanos, no todos, sino quienes nos representan, en el caso de España vía voto, en otros casos no. Las leyes tratan de garantizar la buena convivencia, la justicia, la igualdad de oportunidades. Y yo me pregunto si no tienen las leyes una importancia lo suficientemente grande como para que no realicemos el ejercicio de cuestionarlas.

Si las leyes no fueran opinables, estaría en vigor la pena de muerte, la homosexualidad sería un delito, las mujeres no tendríamos derecho al voto ni a la propiedad privada, y, según lo lejos que me remonte en el tiempo, si las leyes no fueran opinables, estaríamos sometidos al tribunal de la santa inquisición, o veríamos en circos romanos a leones devorando a indolentes cristianos, o a hombres luchando con espadas y capotes frente a frente contra toros bravos hasta matarlos… ups, perdón.

Mi observación está muy al margen de las declaraciones del fiscal, o de si un fiscal debe o no ofrecer opiniones personales. Hablo en general, como en general fue el comentario que escuché, pues parece que existe sobre la ley como concepto, y con ciertas leyes concretas -véase la constitución- una especie de aura sagrada e intocable que hace que se censure su puesta en cuestión. Una cosa es el cumplimiento de la ley, y otra muy distinta es la legitimidad, no, legitimidad no, ¡la responsabilidad!, de evaluar la validez y la eficacia que tiene una determinada ley a la hora de cumplir con su objetivo, ya esté relacionado con la convivencia, con la justicia, con la igualdad de oportunidades… Si no es eficaz, si no es válida, si lo fue pero ya no lo es, habrá que buscar otra, porque lamentablemente no somos infalibles, -si alguien lo es, en el Vaticano tienen una vacante-,  funcionamos por el método de prueba y error. De modo que para poder mejorar, deberíamos hacer una permanente evaluación de nuestros comportamientos a nivel social e individual, y de las normas que nos rigen.

Y eso implica el formarse una opinión. Por tanto, para personas con un mínimo de consciencia, responsabilidad y sentido crítico, es decir, para cualquiera que no sea un borrego, es imposible que no surja una opinión sobre las leyes. La leyes no sólo son opinables, sino que lo son por naturaleza. Lo que ocurre es que unas veces la opinión será favorable y otra desfavorable. Y lo que ocurre es que no todos tendremos la misma opinión. Ante ese “la ley no es opinable” se esconde la opinión “yo estoy de acuerdo con esa ley que está vigente, está de mi parte, de modo que a la ley no se le rechista”. Bajo ese “la ley no es opinable” se esconde imponer un criterio y negarse a escuchar otros diferentes. Aunque todos nos rijamos por las mismas leyes, escuchar criterios diferentes a los nuestros, y convivir con personas con diferentes ideas y valores, es un ejercicio de respeto, imprescindible para la paz.

viva la pepa

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