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Andaba yo disertando aquí en el blog sobre la teoría de la opinión y el saber opinar, y lo importante que era, y que se debería enseñar en las escuelas y… y … y voy yo y en mi vida no literaria opino, y opino mal.

El viernes emití un juicio por correo electrónico. Un juicio perfectamente razonado,  ajustado a la situación y en tono firme pero en ningún caso agresivo: un buen juicio (claro, porque era mío).

Hoy he recibido la respuesta a ese correo. En un tono para mí muy agresivo se me acusaba de haber insultado a la persona a la que se lo envié y me decían, ya de paso, alguna otra cosita que para mí era prescindible, no venía al caso y se decía con la única intención de molestarme.

Entonces yo he tenido la suerte de leer el correo por la mañana, descansadita y de no tener nada en contra de la persona a la que escribí el correo más que la diferente opinión que inició la conversación electrónica. Así que, dada esa suerte, he podido contestar con calma, disculpándome por lo que hubiera ofendido, dado que no era mi intención, haciendo caso omiso a cualquier cosa que pudiera parecerme ofensiva del correo y aceptando una próxima quedada para solucionar las diferencias en directo.

El receptor de mi mensaje opina que se escribió con afán de molestar, y, a pesar de que no fuera esa mi intención, tengo que reconocer que no estaba bien escrito si se podía entender así. Yo, en ese caso, no opiné bien.  Y desencadené una rueda de “malas opiniones”. Por ventura, parece que todo se puede reconducir mañana pero, si la respuesta a mi correo me pilla cansada y de mal humor, yo podía haber respondido agravando la ofensa por haberme sentido yo ahora sí ofendida y, a lo tonto, una sencilla comunicación podría haberse convertido en una bronca descomunal.

Al recibir la respuesta a mi correo yo me sorprendí de que pudiera haber provocado esa reacción por lo que lo imprimí (el mío, no la respuesta) y se lo hice leer a una compañera para que me dijera si le parecía ofensivo. Ella me dijo que sí creía que me había pasado un poco y que ella opinaba que era mejor no poner pegas a nada de lo que ocurriera en el ámbito en el que se produce esta comunicación “por si alguien se molesta”.

Y aquí es cuando tengo que volver a manifestar una opinión en contra, así que a ver si esta vez lo hago bien. A mí me gusta opinar sobre aquello que me afecta a mí y a los que viven conmigo, es más creo que las distintas opiniones contribuyen a mejores juicios por lo que creo vienen bien al que opina y al que recibe la opinión. Pero, como ya decíamos en los dos últimos textos, hay que saber opinar y hay que saber encajar, y las dos cosas creo son un arte que no se aprende sin práctica. Yo me he equivocado y no he opinado bien, pero creo haber sabido encajar bien la contestación, y en cualquier caso lo que no creo es que mi enseñanza deba ser: pues ahora ya no opino por si lo hago mal. No, yo creo que hay que seguir practicando, opinando en público o en privado hasta que el arte sea totalmente controlado. Porque cuantos más seamos los que aspiremos a conseguir opinar sabiendo hacerlo y sabiendo encajar las opiniones ajenas, más fácil será convivir ¿Y no debe ser ese nuestro gran objetivo?

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