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En su último artículo, Ana se servía de un desencuentro personal a raíz de un correo electrónico para hablar del saber opinar y saber encajar opiniones. Eso me ha hecho pensar en el medio de comunicación más común en los últimos tiempos, que es escrito, a través de correo electrónico, whatssap, twitter, facebook…. pero escrito.

Lo cierto es que tiene sus peculiaridades, y es necesario aprenderlas, porque aunque pareciera más sencillo poder exponer una idea por escrito, puesto que uno tiene todo el tiempo del mundo para poder pensar la mejor forma de exponerla, releer, o incluso, cuando uno tiene el ánimo un tanto exaltado, ofrece la posibilidad de ser prudente y esperar para escribir a que se haya templado un poco…. no siempre sale bien, que si Ana tiene esa experiencia reciente opinando mal seguro que no es la única, y muchos nos hemos encontrado con malos entendidos, con mensajes escritos que no pretendían herir y lo han hecho, o que nos han herido sin que el corresponsal tuviera esa intención. Al menos a mí se me ocurren unos cuantos.

A veces nos puede la impulsividad. A mí me pasa, especialmente cuando escribo sin cuidado porque creo que no he de tenerlo, porque escribo a alguien con quien tengo mucha confianza, que me conoce, que va a saber interpretarme, o a veces simplemente por imprudencia, por prisa, por alocamiento,  no releo, y le doy a enviar, y ya  queda una presa de sus palabras. Y es que en un escrito, a veces se lee entre líneas el tono de quien escribe pero otras veces no, otras veces no se lee el tono de desenfado y las palabras suenan bruscas, no se leen ironías, no se lee una sonrisa, no se lee el guiño de ojos, o no se lee el cariño. Y todo eso que también es lenguaje, y que no lleva palabras, por mucho emoticono que uno quiera poner, mucha minúscula, mucho punto suspensivo, se pierde, o al menos una parte, y a veces es la parte que marca la diferencia. Y suplir gestos, tono de voz, expresividad del rostro, hombros que se elevan, manos que se mueven, todo eso, no siempre es sencillo.

A veces puedo tomarme el tiempo de releerme, pero como me releo yo, y sé lo que quiero decir y el cómo, doy por hecho que mis palabras lo expresan, pero puede que no, que mi cabeza lo esté poniendo sola, y mi cabeza no va a estar en la de quien reciba mi correo, sólo mis palabras, y eso lo complica todo. Y a veces, a veces, si escribo en caliente, soy perfectamente consciente de la mala hostia que lleva el mensaje escrito, pero me da igual, porque estoy en caliente, y como estoy en caliente no quiero ser prudente, quiero que la otra persona se entere de lo enfadada que estoy, y claro que se entera. Pero resulta que al cabo de unas horas, cuando ya se me ha pasado, porque siempre se pasa, porque estar enfadada exige un esfuerzo enorme, es una carga demasiado pesada, y a mí me cuesta trabajo mantenerlo durante mucho tiempo, por mis problemas de constancia quizás, pues eso, que se me pasa, y entonces releo lo dicho, y me arrepiento, y pido disculpas, pero la palabra escrita es una cabrona, porque ahí queda. Cuando me enfado en vivo y en directo también digo y hago cosas de las que después me arrepiento, pero ya no existe nada gráfico que lo atestigüe, sólo la memoria de aquellos que lo presenciaron, y como suele ser gente que me quiere y la memoria es benévola, suele hacer que llegue el viento y se lleve el tono demasiado alto, o el ruido de aquel portazo (dios, cómo desahoga un buen portazo a tiempo), o esas palabras injustas. Pero cuando se mete la pata por escrito, date por jodida. El daño que haces se repite cada vez que se relee (y para eso siempre hay quien disfruta del dolor, y se regocija en releer una y otra vez aquello que sabe le hará sufrir, en lugar quizá de pensar, “lo ha escrito en caliente, voy a hacer como si no lo hubiera leído, porque en realidad no opina eso, y de hecho cuando lo relea mañana bastante mal se va a sentir”).

Yo soy bastante fan del lenguaje escrito, pero aún así, e incluso si conseguimos convertirnos en virtuosos de la comunicación verbal, y casi logramos expresarnos tan bien que apenas se note la ausencia de tono, de expresión en la cara, de manos moviéndose, de ojos brillando, de hombros encojidos… nos quedaremos en un casi. Quizás sustituimos demasiado conversaciones en directo, o al menos telefónicas, por el intercambio de palabras escritas. Perdemos el tiempo escribiendo líneas y lineas cuando con una llamada tardaríamos la mitad, pero sobre todo perdemos todo eso no verbal que es  tan humano. A veces es imprescindible, que si es un mail o nada, que sea un mail, pero a mí me da la impresión de que a veces abusamos de lo escrito, porque es más sencillo por escrito, porque podemos elegir el momento,o porque decir algo difícil es más fácil sin ver la cara del de enfrente, o porque nos hemos acostumbrado a esa forma de comunicarnos.  Pero, ¿a veces no echamos algo de menos?

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