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El otro día leí un cuento de Javier Marías que me pareció genial. Érase una vez un hombre que en una cena de negocios conoce a un hombre que es exactamente igual a él. Y lo más extraordinario es que si físicamente eran absolutamente idénticos, sus personalidades no lo eran menos. Empleaban la misma forma de hablar, los mismos gestos, manifestaban los mismos gustos, idénticas opiniones… Y a resultas de conocer a ese hombre que era exacto a él, el protagonista descubre, viéndose a sí mismo desde fuera, que no se gusta nada, es más, se detesta.

Si pudiéramos vernos desde fuera, ¿nos gustaríamos? A mí es algo que me fascina, porque lo cierto es que, si ya a veces nos miramos en una foto y no nos reconocemos -el clásico -yo es que en las fotos salgo fatal- o escuchamos nuestra voz grabada y la odiamos -¿de verdad yo sueno así cuando hablo? ¡si es horrible!- ¿qué ocurriría si pudiéramos vernos desde fuera todo el tiempo?

Y es que difícilmente sabemos lo que parecemos, lo que otros ven de nosotros, porque nosotros mismos no nos vemos. Independientemente de la subjetividad de los ojos que nos miran, o de los oídos que nos oyen, nosotros somos los primeros que nos imaginamos esa imagen, porque no tenemos espejos, nunca nos vemos desde fuera de forma dinámica.

Cuando empecé a tocar me compré una grabadora, para poder escuchar los ensayos después en casa. Se llama grabadora, pero en realidad es un espejo. Es decir, una cosa es cómo me parece en el momento que suena, pero después, en casa, al repetirlo, se escuchan perfectamente los errores y los aciertos, y no siempre coincide con la impresión del momento. Yo creía que había salido muy bien, pero después, escuchando… en fin, hay mucho por pulir. O al revés.

En algunos programas de la tele también han usado el recurso del “espejo”, con resultados de lo más reveladores. Recuerdo especialmente algún episodio de Supernanny. A ese programa acudían padres desesperados porque sus hijos se portaban fatal, y ellos no sabían cómo reconducir la situación. Entonces en el programa grababan las escenas, desde fuera era sencillísimo apreciar los problemas, y también encontrar soluciones. Pero desde dentro no. Desde dentro los padres no eran conscientes siquiera de sus propios comportamientos -sólo de los de los hijos-. Y muchos de ellos se sorprendían enormemente al verse a sí mismos pidiendo calma a sus hijos mediante gritos de histeria.

El ser consciente de que yo misma no soy consciente de mis gestos (¡es que muchos ni los conozco! yo sólo conozco mis gestos estándar de delante del espejo: cómo me lavo los dientes, mi ojo mientras estiro el párpado para pintarme una línea negra, el pelo volando bajo el secador. Poco más. No sé qué cara pongo cuando estoy aguantando las ganas de llorar, o la bocaza inmensa que debo abrir cuando me río a carcajadas, ni otros muchísimos….) ni muchas veces del tono de voz que estoy empleando (yo no lo noto, pero si lo viera grabado, probablemente no siempre sería tan amable como creo que es, y es posible que alguna vez me sorprendiera pidiendo tranquilidad a gritos), me hace a veces ser consciente de la necesidad de intentar conocerme un poco mejor.

Y lo cierto, es que aunque los espejos (los tradicionales, los que están dentro de un aparato que graba la voz, o que graba la imagen, o todo al mismo tiempo) son armas muy poderosas y eficaces, no siempre están a mano. Pero siempre queda el recurso de ser consciente de que nos queda mucho que conocer acerca de nosotros mismos y de la imagen que proyectamos, y sólo con prestar un poco de atención muchas veces podríamos detectar aspectos a mejorar, y también aquellos a usar con más frecuencia. Y yo creo que poder decir un día” lo que soy coincide bastante con lo que aparento, y además me gusta”, es un objetivo bonito.

http://www.mundofotos.net/foto/nostalgica/678108/mujer-en-el-espejo

(Fotografía de Nostálgica)

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