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Carmen denunciaba el miércoles ese doble rasero del periodismo, que mientras otorga una enorme relevancia a los tres muertos de Boston silencia a los muertos de Irak. Termina con una frase del periodista Javier Gallego, diciendo que todos los muertos cuentan igual pero no contamos todos los muertos.

Me ha parecido una reflexión brutal, porque ese doble rasero del periodismo esconde en realidad el doble rasero del mundo occidental, es decir, el nuestro, -sí, tú, date por aludido, sí, yo, date por aludida- . Un doble rasero inconsciente pero no por ello menos cruel, del que queremos huir  cuando algo, como esa reflexión, nos lo revela.

Y es que yo matizaría las palabras del periodista yendo más allá. ¿De verdad todos los muertos cuentan igual? Así en teórico sí, pero a nivel subjetivo ¿de verdad para nosotros, occidentales, cuentan igual? Yo creo que no, nos impresiona más una muerte violenta en un país desarrollado que en cualquiera de oriente próximo, áfrica, o donde quiera que sea pero en vías de desarrollo. Nos impresiona e indigna más el hambre y la pobreza incipientes en nuestro propio país que el que mata a miles de niños a diario en… esos sitios. Que todos somos seres humanos, sí, y que nos da mucha pena, también, pero lo cierto es que nosotros, los occidentales, hemos asumido con una naturalidad que estupefacta, que el hecho de que el sufrimiento, el drama y la muerte de “esa gente” en “esos países” es “normal”. Pero sin embargo, a nosotros, gente de bien, ciudadanos de países civilizados, organizados, democráticos, modernos, tecnológicos, prósperos, competitivos, y un montón de cosas más, a nosotros, no debería ocurrirnos nada de eso, no hay derecho a que nosotros suframos un acto terrorista, ni carestías importantes, ni hambre, ni miseria.

Conscientemente, ninguno -o casi- razonamos así, pero inconscientemente, y así lo demuestra nuestra diferente sensibilidad con el destino de los seres humanos dependiendo del país en que hayan nacido, hemos admitido con una naturalidad que estupefacta, que hay seres humanos de primera y otros de segunda. Hay seres humanos que son como nosotros, y en ellos el sufrimiento nos resulta inconcebible, y otros que no lo son, y que sufran nos resulta más tolerable. No nos identificamos con estos segundos porque no son como nosotros. Inconscientemente -me reitero-, hacemos una distinción: para nosotros hay seres humanos de primera y seres humanos de segunda. Y en los de segunda, el sufrimiento y la desgracia son lo “normal”, se acepta, se asume, y deja de interesar, y qué podemos hacer, es el orden las cosas. Se trata de ese clasismo brutal que padecemos en carnes propias y que tanto nos irrita cuando lo vemos en otros, a pequeña escala, dentro mismo de la privilegiada sociedad occidental, especialmente cuando nos sentimos víctimas del mismo. Esas declaraciones de gente de bien, que nunca ha carecido de nada, que siempre ha vivido en los mejores barrios, estudiado en los mejores colegios, en las mejores universidades, ha cumplido con su deber estudiando y trabajando, y conservan sus trabajos, y sus coches, y sus casas, y sus amistades, y los colegios privados de sus hijos, y la crisis no les ha infligido ninguna carestía ni drama, y no son capaces de comprender la indignación ni el por qué del desorden público ni las protestas de esa panda de perroflautas, vagos y camorristas. Que esos que vociferan con pancartas por la calle se hayan quedado sin trabajo es una pena, pero es “normal”, que desahucien a una familia humilde es terrible, pero es “normal”. También ellos admiten con una naturalidad que estupefacta el hecho de que dentro de nuestra grandiosa sociedad occidental haya ciudadanos de primera y de segunda. Y las dificultades y sufrimiento de los segundos la aceptan, la asumen, y es que al fin y al cabo no son como ellos. Así es el orden de las cosas.

Y teniendo la honestidad de enfrentarnos fríamente ante este orden de las cosas que hay establecido (y no por la naturaleza, ni por un ejército extraterrestre, sino por años y años de “civilización”), debería dolernos hasta la náusea esa cantidad de crueldad e injusticia que somos capaces de tolerar.

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