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El artículo de Patricia del viernes conduce a una reflexión obligada sobre esa “cantidad de crueldad e injusticia que somos capaces de tolerar” y que ella advierte nos debería doler “hasta la náusea”.

No está mal tener que preguntarnos de vez en cuando hasta cuánto estamos dispuestos a permitir que los demás sufran siempre que ese sufrimiento no nos afecte a nosotros. Porque, si somos nosotros los afectados, es muy fácil oír un “esto es intolerable” ante el más mínimo contratiempo que nos encontramos. Intolerable.

Un retraso en el vuelo, la carne fría en el restaurante, la falta de atención inmediata a nuestras quejas, la falta de cobertura en el móvil…

Tenemos un alto nivel de intolerancia pero ninguno somos conscientes porque todos nos consideramos tolerantes, muy tolerantes. Y, como ya decía Patricia, el problema es la falta de identificación, el no sabernos meter en la piel de otros.

Los telediarios serían absolutamente intolerables para cualquiera si consiguiéramos ser capaces de ponernos realmente en el lugar de quienes sufren. Eso sí sería intolerable. Pero esa identificación, que nos haría sufrir sobremanera también podría conseguir que quienes legislan y organizan nuestras comunidades (grandes y pequeñas) pudieran hacerlo con mayor acierto.  Hay que ponerse en el lugar de los otros. Para ser un buen legislador y un buen juez, por ejemplo, parece que  haría falta ponerse siempre en la piel de los otros, pero…

A mí siempre me ha parecido que yo sería una juez fatal y una legisladora pésima.  Juez porque en mi vida personal doy gran validez a la intuición de lo que alguien me parece, y, como jueza, el que alguien me parezca que tiene ojos de culpable no debería ser en ningún caso un elemento a tener en cuenta pero, en mi naturaleza de mala jueza, a mí me cuesta mucho no considerarlo una causa determinante. También me parece que hay gente que inspira confianza, que se le ve la bondad y gente que no, que no inspira confianza, así que es mala. Y, como jueza, no es válido que yo decida menor condena para alguien que me parece bueno y mayor para el que me parece malo, con o sin pruebas. Así que mejor procuro no juzgar.

En cuanto a la legislación…

En estos días se está volviendo a plantear la ley del aborto, y se vuelve a discutir incluso sobre cosas ya discutidas. La despenalización total, la vuelta a la penalización, los supuestos, los plazos… La penalización actualmente yo creo que ya es implanteable hasta para los políticos más extremos pero se discute sobre los plazos o los supuestos permitidos.  En este tema en concreto rara es la mujer adulta que no se siente, si no identificada, al menos afectadapor él. Es raro que no seas capaz de identificarte. Y, en este caso, mi identificación personal me pone radicalmente en contra del aborto, pero también es cierto que he conocido tres casos de aborto en circunstancias diferentes y no me he sentido nunca capaz de condenarlos y ni siquiera juzgarlos. Hay circunstancias  en las que una no puede por menos que sentirse afortunada por no haberse visto nunca en ellas.

 Mi experiencia personal me impediría legislar con justicia porque, parece, es necesario fijar un momento (posterior a la implantación) en el que el feto pueda pasar a ser considerado vida protegible y yo, racionalmente, no soy capaz de entender que ninguno lo sea, porque no hay un momento en la formación en el que se produzca una transformación rápida o un cambio muy perceptible y todo es tan poco a poco que yo no considero que ningún momento sea válido más allá de la implantación. Además, esa mi experiencia personal me ha llevado a comprobar que fetos de edades parecidas son considerados fetos abortables o fetos protegibles (con reposo de la madre y la medicación que haga falta) según que la madre quiera o no que su embarazo prospere, es decir, en función de que la madre quiera o no a su hijo. Y a mí, en cuestiones científicas, el amor me parece una causa demasiado irracional, no puede ser el amor lo que decida cuándo hay vida protegible o no, pero no encuentro que haya ningún otro factor racional que pueda determinar eso. Así que, en este caso, como en algún otro, a mí la capacidad de sentirme identificada con los hechos no me facilita, sino que me impide ser buena legisladora.

¿Qué hay que hacer entonces? ¿Ponernos en la piel de otros o no salirnos de la nuestra?

La mayor implicación (que siempre es algo deseable) suele perjudicar a la objetividad. ¿Cómo conseguiríamos ser individuos implicados, pero objetivos?  ¿Es eso posible?

A veces el objetivo ha de ser entrar en la piel de los otros, pero la objetividad necesaria para la toma de decisiones no es posible sin salir un poco de ella y poner distancia. ¿Cuál será la distancia adecuada? ¿O es que hemos tener un traje con la piel de otros para ponérnoslo o no según  el momento?

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2 pensamientos en “La piel de los otros

  1. Interesante artículo, Ana. Además has dejado muy clara y valientemente tu posición en contra del aborto. Coincido contigo en que el momento en el que se podría decir que el feto es persona no se puede determinar lo que debería llevar a los legisladores a defender al más débil, que es el “nasciturus”, desde el momento de la fecundación. De la misma manera que no entiendo que los católicos sean de derechas no entiendo que los de izquierdas estén a favor del aborto en cualquiera de sus versiones.

  2. Gracias, José Luis. Y sí creo que hay una tendencia general a identificar tendencias políticas e ideas religiosas pero no la considero cierta. Sí parece que no se puede ser de izquierdas sin ser anticatólico y no se puede ser de derechas si no se dice ser católico pero esto entra en contradicción con la predicada tolerancia de la izquierda y con el incumplimiento reiterado de los mandamientos por tanto “católico” de nombre y poco más. Así que yo creo que a todos nos beneficiaría ir separando. El estar en contra del aborto no me convierte en alguien de derechas, el estar a favor del matrimonio homosexual no te convierte en alguien de izquierdas, el estar divorciado no te hace más liberal que estar casado por la iglesia,… y así un montón de cosas que parece que todos, tengamos la ideología que tengamos, tenemos identificadas sin ton ni son. Y me callo que a lo tonto, a lo tonto, me sale otro post. Un beso.

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