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Empezaba Carmen su artículo refiriéndose a mi “valiente” reflexión al manifestar una opinión personal en mi último artículo. Otro comentario al post también se refería con el mismo adjetivo a ese mismo texto: valiente.

Y es sólo una opinión, que no afecta a ninguna decisión de nadie y que puedo manifestar con total libertad porque nadie se verá afectado por ella. Una opinión, no una decisión.

Me llamó la atención la repetición en el calificativo “valiente” para el hecho de emitir una opinión personal en un medio de difusión masiva (pero en un reducto de difusión mínima). Una opinión personal en un blog que hemos utilizado para emitir nuestras opiniones privadas y particulares una por una y en el que las tres somos absolutamente libres sin que nada de lo que hayamos expresado en ningún momento haya influido nunca en nuestra relación personal. Pero, sí es verdad, que esto puede no ser tan común.

No pongo en duda que el escribir sobre un tema delicado pueda ser o no valiente, pero sí quería reflexionar sobre esa valentía que adjudicamos a quien opina sobre temas delicados o, lo que es peor, expresa determinadas ideas que pueden no coincidir con las mayoritarias.

Sobre el papel, nuestra organización política se estructura sobre un sistema denominado democrático y sobre un estado de derecho que permite la libre manifestación de opiniones siempre que se cumplan las normas básicas de urbanidad y respeto general. Sobre el papel somos libres para manifestar nuestra opinión pero también es verdad que en algunos ambientes, incluso domésticos, expresar opiniones diferentes de las de la mayoría está penado. No con cárcel (no habitualmente por lo menos) pero sí con la indiferencia, la animadversión o, en algunos casos, con la exclusión del grupo social que se tercie. Porque sobre el papel somos una mayoría muy grande la que defiende la libre opinión pero, cuando las opiniones libres difieren de las nuestras, qué difícil es cuadrar nuestra “tolerancia” con esas diferentes opiniones.

Hoy me han contado que, en un centro de trabajo, la jefa de recursos humanos se ha dirigido por correo electrónico a todo el personal para instar a que no “emita opiniones políticas” desde su correo del trabajo. Y el caso es que no dice nada sobre si puedes utilizar tu email del trabajo para poner a caldo a tu cuñada, enviar mensajes al colegio de tus hijos, a tus conquistas amorosas, a tus parientes o a concursos varios. Y, quizá, es porque eso ya se sobreentiende, pero quizá no. Porque que insultes a tu cuñada, salvándola a ella y a tu familia política o a la de tu hermano, no le suele molestar a nadie, pero si lo que expresas se entiende como una opinión política, resulta que, si es contraria a la de quien manda… va y hace daño. ¿Por qué? Tan opinión es que me caiga gorda mi cuñada como que una decisión del gobierno de turno me parezca o no acertada. Opinión es, nada más ¿o va a resultar que no?

Me temo que nuestro grado de tolerancia disminuye cuanto más distante de la nuestra sea la opinión que escuchamos, pero la tolerancia no debería tener grados. Mal asunto si la estamos graduando a voluntad.

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