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Comparto, a mi pesar, la opinión de Ana de que nuestro grado de tolerancia disminuye cuanto más difiere la opinión que escuchamos de la nuestra propia. Sobre todo en determinados temas llamemos viscerales. Es decir, política, religión… bueno a algunos les pasa hasta con el fútbol.

Si parece ser que opinar sobre trivialidades como lo mala que era la última película que vimos en el cine, o lo mal que le sienta el botox a tal o cual actriz, o lo cómodo o retrogrado que es utilizar uniforme escolar no nos enemista con nuestro interlocutor, hay temas que cuando se tocan pueden levantar tantas ampollas que el debate se puede tonar en discusión, en el sentido literal de la palabra, y ésta en esa sensación de que el otro te defrauda porque no tiene las mismas ideas que tu, y hay días que nos levantamos con ese afán de convencer al contrario de que está equivocado y va a ser más racional e inteligente si acaba dándonos la razón.

Por eso la mayoría de las veces los debates televisados sobre la actualidad política solo sirven como una sucesión de monólogos intercalados con algunos gritos e improperios, porque no se escuchan, sólo sueltan su argumentarlo y nadie se baja del burro.

En las comidas familiares hemos acabado reduciendo tanto el tema de conversación para evitar agrias discusiones que cada vez nos quedan menos cosas de la que hablar. Porque unos pensamos que los otros se han radicalizado hacía la derecha y los otros piensan justamente lo contrario y si además juntamos tonos paternalistas y demás confianzas familiares una conversación sobre la nueva Ley Wert se puede convertir en nuestra pequeña guerra civil de sobremesa. Así que hemos optado por tener conversaciones no demasiado profundas lo que me aburre soberanamente.

Y es que Ana tiene razón, hay temas en los que cuesta aceptar la opinión de los demás, en los que sentimos como una agresión la diferencia y en los que acabábamos intentando imponer las nuestras a toda costa.

Algo que ayudaría a elevar ese nivel de tolerancia en los debates políticos sería que no existiese la disciplina de voto. Ayer la diputada Celia Villalobos salió del hemiciclo mientras hablaba su compañera de partido Beatriz Escudero para demostrar su diferencia de opinión con su discurso. Y ha sido sancionada por romper la disciplina de voto. Se que es necesaria para una gobernabilidad cómoda pero no me parece nada democrática ya que no todos los votantes de un partido piensan igual sobre determinados temas con lo que si los diputados pudieran ejercer la libertad de voto estarían representando estadísticamente a la población de una manera más fiel.

Esto rompería la idea del pensamiento cerrado, del rojo contra el azul, hay una gran escala de colores en la que se mueve la mayoría de la población, colores que además van aumentando o disminuyendo de pigmentación por múltiples factores, que parece que todos evolucionamos menos las etiquetas.

Mientras tanto seguiremos debatiendo y discutiendo, eso sí, sin acritud.

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