Home

No sé si por la primavera o por los floreros, pero creo que me voy a meter en un jardín. Me llamó la atención en el artículo de Carmen esa aparente contradicción tan típica de nuestro sexo. Leo asombrada que en el telediario de la uno le han dedicado un espacio a educar a los padres sobre cómo vestir a sus hijas para que no “provoquen”, y me indigno junto a ella. Primero, porque los padres no necesitamos que nos digan qué provoca y qué no, nos bastamos solos, y lo segundo, porque me llama la atención que los que clamaban contra el adoctrinamiento dediquen espacios en los informativos de la televisión pública a la educación en valores. Después, en su artículo, llega la indignación por el uso de la mujer que se hace en publicidad y medios de comunicación.

Es evidente que podemos elegir qué imagen dar y qué enseñar de nuestro cuerpo. Y que esta imagen tiene consecuencias. Voy a poner un ejemplo. El otro día estuve en una boda. Lo único que diferenciaba a unos hombres de otros era el color de la corbata y la camisa, pero entre los modelos femeninos los había de todas  clases. Vestidos largos, cortos, con escotes, sin ellos, ceñidos, amplios, hasta uno tipo sari de seda, con pantalón, que me pareció grandioso. He aquí que en un momento dado, y al trasluz, miro hacia delante y me topo con el culo, el tanga, las piernas y todo lo que viene siendo la silueta perfectamente descubierta de la chica que está delante de mí. El vestido lo enseñaba absolutamente todo, y con todo lujo de detalles. Aún siendo heterosexual se me iban los ojos, supongo que para los asistentes masculinos debió ser una alegría semejante espectáculo. Evidentemente no fui la única en darme cuenta, y el vestido de las transparencias al trasluz, así como lo que traslucía, fueron bastante comentados. Si la definición de provocación es intentar incitar el deseo sexual en alguien quizás sea exagerado y atrevido tildar de provocadora a la portadora del vestido. Pero desde luego no creo que su intención fuera la de pasar desapercibida, opción que por otra parte es absolutamente legítima. Cada cual es muy libre de decidir para sí el ser discreto o el acaparar miradas.

Yo puedo elegir a qué aspecto de mí misma quiero dar más énfasis. Si voy a una entrevista de trabajo, y me esmero en enseñar todo lo que pueda de mi cuerpo, puede que también me esmere en demostrar mis habilidades hablando idiomas, mi cualificación, o mis logros profesionales anteriores, pero si le estoy enseñando las tetas a mi interlocutor, cabe la posibilidad de que le distraiga, y al finalizar la entrevista, lo que le haya quedado más claro de todo lo acontecido es mi talla de sujetador. Que si lo que quiero es salir fotografiada semidesnuda en las marquesinas anunciando un perfume quizás resulte lo más conveniente.

El hecho de que yo elija vestir de una determinada manera no significa en absoluto que mi pretensión sea la de incitar el deseo sexual ajeno, ni, por descontado, que ningún ajeno se deba sentir legitimado a satisfacer sus propios deseos conmigo asimilando que mostrar mi cuerpo es igual a un consentimiento. Pero lo que no se puede pretender es que si enseñas tu cuerpo de determinada forma, no seas mirado ni llames la atención, y no precisamente por la inteligencia o el sentido del humor, o la bondad, o cualquier otra virtud. Y si uno sabe que si viste de determinada forma la belleza del cuerpo va a eclipsar cualquier otra de sus cualidades y que es por la belleza del cuerpo, o por la voluptuosidad, o por la desnudez, es por lo que se le va a valorar, o a reconocer, o a conocer, y no obstante le parece bien, es que el hecho de asumir  una función de “adorno/objeto” (voy a servir como un embellecedor de ambiente) le parece bien también. Y me parece una opción absolutamente legítima.

De modo que es una opción personal. Se utiliza el cuerpo de la mujer para comerciales, para presentar programas o para eventos deportivos como embellecimiento porque hay hombres que disfrutan con su belleza y porque hay mujeres que no tienen ningún problema en servir de elemento de decoración. Otra cosa sería que no hubiera elección, y las mujeres fueran forzadas a subirse la falda, a saltar sobre el tacón, y bajar el escote. ¿Que por qué quizás se prefiere ser un adorno bello que otra cosa? Porque quizás nuestra sociedad le dé más importancia y más valor a la belleza -en el sentido de objeto decorativo- que a la inteligencia, o al sentido del humor, o al talento artístico, o a otras muchas cualidades. Y si no, ¿qué profesional está mejor pagada, una modelo o una investigadora en biología, una profesora de educación infantil, o una músico? Puedes no tener el graduado escolar, pero como no lleves las axilas depiladas estás condenada al rechazo de todos. Y a todos nos gusta sentirnos valorados por la sociedad de la que formamos parte. Por aquello de sentir que formamos parte. Esto ocurre más con las mujeres que con los hombres. Aunque cada vez más se están subiendo al carro de dedicar los mayores esfuerzos a la belleza física. Para ser valorados socialmente también se les exige ajustarse a los cánones de belleza.

Y no quiero con todo lo dicho anteriormente denostar la belleza. La belleza es maravillosa, pero creo que el equilibrio es fundamental -ya estamos con lo de siempre, el dichoso término medio, como si fuera tan sencillo- y que el mens sana in corpore sano sigue teniendo la misma vigencia.

Si yo tuviera una hija me gustaría que apareciera favorecida y bonita, pero preferiría que no lo hiciera de forma que su cuerpo eclipsara cualquier otra de las cualidades que seguro que tendría, para que pudiera ser valorada en su conjunto. Pero otros criterios me parecen igualmente legítimos, mientras sean coherentes, y provengan de una decisión libre. Y todo eso al margen de adjetivos tan poco acertados y atrevidos como “provocativo”.

Anuncios

2 pensamientos en “por lo que muestras te valorarán

  1. Totalmente de acuerdo contigo, a mi también me gusta la belleza, propia y ajena, pero me indigna esa parece obligación que nos imponen de ser perfectas y la consiguiente infelicidad de nuestra imperfección (Y se que nosotras somos nuestras peores enemigas), cosa que no se pide a los hombres,aunque estén empezando, lo que me parece de ló más triste. No aprendemos.

    • Llega un momento en que ni siquiera sabe uno dónde está lo mejor de uno mismo, porque se desvía tanto el modelo impuesto de la realidad que desenfocamos. Y como le damos tanta importancia en detrimento de otros aspectos no menos importantes de nuestra persona (cultura, sensibilidad, inteligencia, amabilidad, simpatía…), que corremos el riesgo de quedarnos “cojos” persiguiendo imposibles. Y estos aspectos que no deberían ser menos importantes que un buen aspecto ni mucho menos, no parecen ser muy tenidos en cuenta. Andamos un tanto desenfocados.
      Y eso por no hablar de los sufrimientos indecimbles que imponen ciertas modas. Este invierno vi bastantes adolescentes en pleno invierno con unos pantalones que apenas les cubrían el trasero, sin medias, y con unos zapatos de aguja con su grupo de amigos. Se ve que debía imperar alguna moda cruel. Y yo pensaba, mujer, si tus compañeros están tan hiperhormonados o más que tú, no necesitabas ponerte esos zapatos del infierno, ni pasar un frío gélido con las piernas al aire a cero grados…

Los comentarios están cerrados.