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Las nuevas tecnologías invaden nuestro mundo, y afectan al aprendizaje, al ocio, a las comunicaciones… poco queda ya  que no se haya visto renovado con los últimos avances. Porque son avances, claro y, como tales, poca opción hay a resistirse. Paulatinamente, o de sopetón, acabamos asimilando las nuevas formas de trabajar, de aprender, de comunicarnos, de divertirnos…

Se me ocurre que existe tan sólo un objeto que puede reunir las cuatro acciones anteriores, sólo uno: el libro. Y, siendo algo tan útil y polivalente, no podía mantenerse al margen de la revolución.

Como aquí somos de formar bandos, este asunto no podía ser menos y dos “bandos” hay o ha habido en cuanto a la apreciación del soporte en el que un libro se muestra: el bando de los tecnológicos y el bando de los del papel. Con su correspondiente polémica (incruenta y vana como pocas) enfrentando a unos y a otros.

Yo tomé mi bando también y reconocí ser de los del papel. De los que gustan del libro por su contenido pero también por su continente. Con el soporte electrónico el contenido del libro se mantiene y, gracias a la opción de modificar tamaños o brillos de letras, puede mejorar y facilitar su lectura. Pero el continente se pierde. Perdemos el libro como objeto, como algo que se puede admirar visualmente: las portadas, las contraportadas, las cubiertas, las fotos de los autores, sus reseñas biográficas…  Y qué decir de los marcapáginas… delicado objeto en grave peligro de extinción. Cuando termino un libro y busco el siguiente, normalmente decido también qué hago con el marcapáginas, puedo seleccionar uno que me parezca adecuado al libro o, si me encantó el libro que acabo de leer, doy otra opción al marcapáginas que acabo de utilizar, por si me da suerte. Y lo contrario hago si es al revés, si el libro me decepciona, cambio de marcapáginas seguro, no sea que no estuviera bien elegido. Esta liturgia de elección puedo realizarla gracias a que hace años decidí coleccionarlos, colección que permite a mis afectos contentarme fácilmente a la vuelta de cualquiera de sus viajes alrededor del mundo y que me ha hecho llenar con ellos un par de cajones.

Soy de papel, digo, pero aún así, ya hace meses que dispongo de un libro electrónico. Disfruto de sus ventajas y, aunque eche de menos la textura, el olor y la imagen del libro en papel, disfruto la lectura de las novelas que por él han ido pasando.

A mi me gusta leer porque me gustan las buenas historias y, por esa misma razón, me gusta el cine, el teatro o una amena conversación. Y en todas las formas que puede tomar una historia yo tengo preferencia en el soporte (mejor el cine en pantalla grande, el teatro al aire libre, el libro en papel y la amena conversación en directo y con una cervecita fresca en la mano o en más directo, hablando bajito y con poquita luz) pero que no disponga de mi soporte preferido no me impide disfrutar de ninguna de las historias.

Eso sí, para mis historias, para esas verdaderamente mías que vivo, cuento o invento, sí les sueño el mejor soporte: en pantalla grande, representadas al aire libre, publicadas en papel o susurradas de tú a tú en un anochecer bajo las sábanas , piel con piel.

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