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Parece que, amparándose en los críticos momentos que vive nuestra economía, se ha puesto de moda regular a diestro y siniestro. Que empezamos con las “medidas”, que no sabíamos muy bien qué iban a significar pero nos daban a entender que acabarían con nuestros problemas bien rápido, luego seguimos con otras “medidas de ajuste” que, como las primeras no nos habían salvado, pues era otra oportunidad de hacerlo (y esta vez de verdad, de verdad, de verdad que era la buena), luego las “medidas de control del gasto público” (irrenunciables, imprescindibles y, esta vez sí que sí, las necesarias para que salgamos pronto de la crisis), y luego otras medidas urgentes y otras complementarias y otras nuevas medidas que las habíamos anunciado por ver si colaba pero resulta que Bruselas nos exige que las hagamos de verdad, pues nada, no pasa nada, las tomamos y nos quedamos tan contentos.

También había que regular el mercado financiero, claro, para que no se produjeran situaciones de aumento de riesgo exagerado, concentraciones de riesgo en determinados bancos, situaciones de desajuste entre distintos mercados… o para defender al cliente bancario (¿o eso no era?)… y hubo que dictar más decretos, más órdenes, más edictos… para arreglarlo todo a golpe de orden.

Y, ya que estábamos, pues también los ayuntamientos dictaban nuevas ordenanzas para regular esa nueva vida “en crisis” que se iba apoderando de casas, calles, escuelas, parques…

Pero, claro, como la pobreza no está prohibida, que ese es el verdadero problema,no hubo más remedio que prohibir la mendicidad, la música en la calle, y, bueno, como a la gente le dió por suicidarse porque le embargaban su vivienda, hubo que plantearse regular la dacción en pago de las viviendas para que, por lo menos, la gente se quedara sin vivienda pero no sin comer. Y, como a la gente le dió por no poder pagar el comedor de sus hijos, pues se vieron obligados a regular la llevanza de tarteras a los coles y, claro, se vieron obligados a poner un precio a la utilización de espacio de los niños con sus tarteras, porque a ver si ahora a todo el mundo le da por ser pobre y todos los niños se llevan las tarteras a los comedores y qué hacemos con la comida… no, que paguen, que paguen, no sea que se les vaya a ocurrir ser pobres para no pagar comedor, pues que paguen de todas maneras y ya está arreglado el problema.

Y, bueno, como también a la gente le ha dado la manía de quedarse sin trabajo, ya que no reducimos las cifras, podemos reducir las colas en las oficinas y aprovechamos las nuevas tecnologías y les dejamos sellar desde casa, así, aunque tengamos más parados, se ven menos y como que queda más bonito.

La pena es que muchas de estas prohibiciones se las habrían ahorrado si hubieran tomado como primera “medida” prohibir la pobreza. Así, a lo vivo. Pero la pobreza en sí, no sus manifestaciones. Quizá si la regulación del mercado financiero, las medidas de ajuste, las leyes que aprueban los presupuestos del Estado y del resto de las administraciones públicas, las ordenanzas municipales… y cualquier otro tipo de norma hubiera debido de basarse en esa primera prohibición, los resultados hubieran dejado las calles más vacías de pobres. Con la misma gente, sí, pero menos pobre.

Lo mismo estamos aún a tiempo. A mí ya hasta me molestan las declaraciones sobre “ciertos atisbos de recuperación”. Vamos a ver, nomuyqueridos gestores, dejad de tomarnos el pelo. Prohibid la pobreza ya, con la ley de mayor rango, para que sea de obligado cumplimiento en cualquier norma posterior. Luego ya del resto, de los detalles, iremos hablando después.

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