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Días malos y días buenos. El mero hecho de que haya de ambos signos implica necesariamente que no ocurren a voluntad. Creo que hablo por todos si digo que si dependiera de mí sólo tendría días buenos. Y no es así.

A mí, a los días, me gusta tratar de entenderlos, con toda la ingenuidad del mundo, sabiendo de ante mano que el conocimiento total es imposible. Ni el control sobre los mismos. Y aún así lo intento. Y suelo tratar de analizar los días malos en días malos. Porque aunque parece una perogrullada, pensar en las cosas que me ponen triste, me pone triste. Y como he dicho que trato de evitarlo lo hago cuando el mal ya está hecho.

Los por qués de los días buenos y los malos son escurridizos, porque dependen de lo que pasa fuera, de hechos objetivos, pero no sólo. Es decir, por suerte, en la gran mayoría de los días malos no han ocurrido desgracias que objetivamente justifiquen la tristeza. ¿Ni viceversa?

El carácter y la forma de percibir la propia realidad son determinantes. Hay personas con tendencia a disfrutar o a tratar de percibir lo positivo de las situaciones y quien tiene tendencia a lo contrario. Lo que no sé muy bien es si el estado de ánimo lo determina la forma de percibir el mundo o la forma de percibir el mundo determina el estado de ánimo. O si todas las respuestas son correctas.  Hay personas emocionalmente muy estables, planas. No tienen muchos días buenos ni muchos malos, y giran en torno a la normalidad. Yo sin embargo soy altibaja e intensa. Esto no es una valoración sino una descripción, es estéril la discusión acerca de qué es mejor o peor, o qué orografía elegir, porque viene de serie. No se elige, se es llanura o altiplano.

¿Pero entonces? ¿No hay nada que hacer? Si no se puede influir en las catástrofes o tragedias que pueden hacer que los días buenos se desintegren, y no se puede elegir el caracter, ¿no hay salida si la cosa se pone fea?

Este es el punto que me resulta inaceptable. Porque sufro intolerancia a la impotencia, e intolerancia a la resignación, y el encontrarme ante una situación que no me gusta, desde este determinismo hasta cualquier otra que haga sufrir, desde las más grandes e inabordables hasta un sencillo mal día,  y tener la sensación de que no puedo hacer nada para solucionarla es un desencadenante bastante frecuente de un día malo. Y ya sé que pretender poderlo todo es absurdo, es estéril, ingenuo, soberbio, frustrante, usted no es dios…. Pero resignarse a la impotencia no lo es menos. Siempre se puede. Algo se puede.

Y si de mí dependieran la mayor parte de los días… De los buenos y los malos.

Y si fuera libre… Y si lo intentara… Y si lo consiguiera?

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3 pensamientos en “Un alegato en pro de los días montaña

  1. Conoces la frase “valor para cambiar las cosas que puedo, resignación para aceptar las que no y lucidez para entender la diferencia”. No es tan banal como parece. Tirar la toalla debe ser la última de las soluciones pero también hay cosas que son simplemente más grandes que nosotros. Economía de recursos, creo que la llaman. Beso.

    • Para Dess y Triste. Lo escrito es tan genérico que suscita miles de matices. El tema da para una tesis, así que me quedé en la imprecisión. Estoy de acuerdo con los vuestros.
      En cuanto a nosotros mismos, no está de más explorar los límites. Aunque algunas veces haya mejoras imposibles que hace falta asumir, y cuanto antes mejor, la mayor parte de nuestros límites se pueden ensanchar. En cuanto a nosotros con los demás y lo demás, no lo podemos todo, de hecho, a veces ni siquiera podemos con algo que a priori parecía de nuestro tamaño, a todas luces realista y alcanzable. Si bien es cierto que a veces nos sorprendemos con logros que nunca creímos posibles. Pero el caso es que tendemos a movernos entre los extremos del gigantismo (puedo con todo) y la insignificancia absoluta (cualquier intento es inútil). Extremos que tienen bastante que ver con días buenos versus malos.

  2. Yo a lo dicho por Sina añadiría otra frase, ser consciente de tus posibilidades y también de tus no posibilidades.

    Yo soy de disfrutar los días buenos, sabiendo que vendrán peores, pero sin pensar en ello, y al revés sí, los días malos, si no está en tí el poder arreglarlos pues vivirlos sabiendo que lo que no mata engorda.

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