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O lo difícil que es no sucumbir a esta nueva costumbre de origen anglosajón de disfrazarse de fantasma, bruja o muerto viviente y tratar de matar de un susto (o de risa) al primer vecino con el que te tropiezas.

Reconozco que yo me muevo entre la dualidad de mi odio por toda fiesta aprovechada por los grandes almacenes para vender y promover el consumo absurdo e innecesario y mi terrible atracción por las películas de terror, los muertos vivientes y toda la filmografía de Tim Burton, con The Nightmare Before Christmas como favorita. En casa Jack Skellington es uno más de la familia.

Cuando era adolescente para mí Halloween eran los alaridos de Jamie Lee Curtis huyendo del asesino de la máscara. Pero poco a poco y gracias a ese cine norteamericano que tantos buenos ratos nos ha hecho pasar y tantas costumbres nos ha transmitido se ha ido instalando en este nuestro país (que no necesita muchas razones para importar una fiesta) la costumbre de disfrazarse y salir a celebrarlo.

Fiestas en los colegios, pequeños monstruitos y brujas paseándose por urbanizaciones privadas cesta en mano pidiendo caramelos al más puro estilo yankee, y por supuesto veladas Halloween con obligación de llevar disfraz en bares, discotecas y restaurantes. Que lo difícil es encontrar un restaurante de moda en el que te dejen entrar a cenar vestido de persona viva, sin ojeras ni regueros de sangre saliendo de la boca.

Hay quien se excusa en que es una festividad de origen celta que celebraba el final del verano y el comienzo de la estación oscura, y que por tanto su origen es europeo, pero no nos engañemos si no llega a ser por las películas americanas aquí ni se celebra Halloween ni hubiera triunfado Santa Claus, las cosas como son.

Esta noche mi hijo adolescente (pero fan de Tim Burton como he dicho antes) sacará su caja Halloween y empezará a decorar su habitación con telarañas, esqueletos y demás artículos terroríficos que ha ido almacenando desde hace años para estos días. Algo sorprendente en alguien que no ha podido ver una película de terror hasta hace dos días, y que aún hoy ve las películas de miedo escondido detrás de un cojín, aunque haya estado dos horas matando zombies en la Xbox.

Dentro de un par de días todas las calabazas y fantasmas de chocolate que inundan los supermercados serán sustituidos por turrones, polvorones y mazapanes, en un preludio de la Navidad que cada vez empieza antes y que me provoca tanto empacho que quiero que se acabe antes de que empiece. Pero eso es otro tema.

Mañana es Noche de Difuntos y habrá que celebrar que estamos vivos.

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2 pensamientos en “Y lo fácil que es disfrazarse de fantasma

  1. No son unas fechas que uno celebre, pero vaya, que tampoco soy de quienes las critican por americanas, cualquier excusa para pasar algún día divertido me parece hasta necesario.

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