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Una de las noticias que he leído este fin de semana se refería a lo bromista que es nuestro Rey que, estando ingresado en el hospital y recién operado de una cadera, se manchó la cara de Betadine y fingió para los médicos una caída.  Y el caso es que a mi me da que la prensa cuenta estas cosas por abonar su imagen de “campechanía” y de cercanía a sus súbditos pero yo, como que no lo veo.

Yo me imagino a cualquier señor normal de la edad del Rey, un abuelo de varios nietos, haciendo lo propio delante de su cirujano de la Seguridad Social y, cuando menos, le cae la mirada torva del cirujano, la bronca de alguno de los enfermeros que le cuiden y el comentario jocoso de “a este abuelo se le fue la olla” en celadores o auxiliares. Pero este abuelo es el Rey y, en él, eso ha de parecernos divertido o signo de que es una persona normal. No sé.

A mi ese empeño en hacer que entendamos que los de arriba son como cualquier persona normal me molesta. Probablemente porque no sea yo muy simpática pero el caso es que me molesta. Porque me suena a cuando al presentarse un jefe a un nuevo equipo suelta aquello de “aquí todos estamos en el mismo barco” o “todos somos igual de importantes dentro del equipo” o algo parecido. La realidad práctica de esa frase suele ser que ese jefecillo va a trabajar menos que tú, porque confía en ti para largarte parte de su trabajo y añadirlo al tuyo, pero va a cobrar infinitamente más porque, en su cargo, el aparentar como que no dirige, es un mérito. Con esas presentaciones a mí me dan ganas de dejar salir mi lado borde y cortar por lo sano: “no, no somos iguales, yo tengo que obedecer tus órdenes y hacer méritos ante ti, y tu sueldo supera el mío con creces, por lo que, al menos a fin de mes, no somos nada iguales”. Pero esas cosas se piensan y no se hacen, por el bien de la supervivencia de nuestra carrera profesional.

Pues con el Rey (y familia) me pasa algo parecido. Es que no quiero que se parezcan a mí, no quiero que hagan una vida parecida a la mía, no quiero que busquen hacer gracias para acercarse a mí como “parte de su pueblo”. A mí no me convencen con gracias, ni abrazos exagerados cada vez que la Roja mete un gol (porque dicen que es lo normal, lo que hacen en cualquier familia, pero yo no he visto ninguna vez un matrimonio que se abrace y se bese cuando el equipo mete un gol, ahí delante de las cámaras… pero puede ser que yo venga de familia borde…) tampoco me convencen llevando ropa de bajo coste, ni repitiendo modelo, ni, si me apuras, pidiéndome perdón.

Aunque para la monarquía el resto de la nación son súbditos, en realidad, en esta monarquía parlamentaria, el conjunto de súbditos somos su sustento, sus jefes podríamos decir. Y yo, como parte (ínfima parte) de su jefatura, lo único que me convence, como a cualquier jefe, es que la gente que trabaja para mí (que, en el fondo, es algo así) realice un buen trabajo.  Y punto. En este caso sería lo mismo, habrían de dejarse de tonterías y mostrar que realizan un buen trabajo… sea este el que sea…

 

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4 pensamientos en “El campechano

  1. Pues yo pienso lo mismo, y la bromita en cuestión me pareció de lo más infantil y tonta, y solo pensar que fuera real me hizo desaparecer el casi inexistente respeto que le podía tener.

    • A veces parece que su propio equipo trabaja en su contra. Si resulta que se le ocurre hacer esta “bromita” yo creo habría sido mucho mejor callárselo, sin que haya hecho yo ningún estudio para ser asesora de imagen…

  2. Pues para ser poco simpática y también borde a mí me ha gustado mucho y me he sentido identificada (será que tengo la misma falta de simpatía y bordería).
    Oye, ¿te has fijado el lugar por donde ha cortado el título la plantilla nuestra de wordpress: El campecha no. A veces parece que todo se alinea, eh? Feliz martes.

  3. Igualita de antipática y borde que yo, igualita 😉

    Lo mismo wordpress nos manda mensajes subliminales que no captamos. Porque el texto que sale al compartir en facebook yo soy incapaz también de comprenderlo.

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