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Tenía yo preparado (mentalmente sólo, que no me había dado tiempo a sentarme al ordenador) salir hoy escribiendo sobre la ciencia, la gestión, los gestores, los políticos, los gestores públicos, los gestores políticos, los gestores públicos que son políticos… algo así. Que me parecía a mí un tema de gran interés y relevancia. Pero, al sentarme a escribir, lo primero que he hec ho ha sido releer el texto de Patricia del viernes y… he cambiado de tema. Así que esta vez, a pesar de mi díscola intención anterior, voy a enlazar mi artículo de hoy con el de Patricia.

Me llama la atención cuando ella escribe sobre “aquellas personas que tratan de encontrar una salida para cubrir sus necesidades en trabajos de menos horas o más ilusionantes”. Ilusionantes, buscar trabajos ilusionantes, eso sí que es moderno, como lo del tiempo libre.

Quizá en esa búsqueda exhaustiva de actividades que nos ilusionen estamos buscando la forma de sostenernos por dentro. El trabajo, la actividad remunerada que ocupa nuestro tiempo principal, sostiene nuestra forma de vida. La vida saludable y la actividad física nos ayudan a sostener nuestro cuerpo, La inquietud cultural y el estudio sostienen nuestra mente. Pero nuestro sostén interior (llamémosle alma, ánimo, sentimientos, o como queramos llamarlo) no se sostiene sin ilusiones. Será por eso que las vidas que unos envidian otros aborrecen, los trabajos que unos pelean por conseguir son los que otros están deseando abandonar ¿será por eso? Lo que diferencia un trabajo ilusionante de otro que no lo es, es tan sólo la perspectiva del trabajador. La ilusión que pone en ello.

Yo creo que no es posible vivir siempre en modo iluso, flotando, y de ilusión en ilusión (pero es verdad que eso puede ser una tara mía, porque ya he contado alguna vez que a mí la gente que siempre sonríe, y que está siempre “superfeliz”  y como pasada de vueltas de felicidad e ilusión… no me gusta nada, no me parece de fiar). Pero, a pesar de desconfiar de la ilusión o felicidad perpetuas, considero imprescindible disfrutar al menos de una dosis diaria. Desconfío de quien dice ser feliz a todas horas, o de quien va por la vida de los demás presumiendo de lo feliz que es la suya, pero no dejo de confiar en que mi vida se salpique de ilusiones.

Tal cual está la tierra ahora, cualquier intento de pegar demasiado los pies a ella, puede hacer que salgamos escaldados. Creo que, poniéndome metafórica, no hay que por qué andar siempre flotando pero es bueno llevar siempre varias cometas en la mano, por si acaso el viento está revuelto y hay que hacer volar a varias a la vez para conseguir que, al menos una, permanezca en lo alto.

Trabajo ilusionante sí. O cualquier proyecto, personal o creativo. Necesitamos una vida ilusionante, porque, si no, nos caemos. Aunque quizá nadie a nuestro alrededor sea capaz de enterarse. Y, mucho menos, de levantarnos.

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