Home

Me ha gustado eso de la ilusión de la que hablaba Ana, así que me voy a dedicar a reflexionar sobre ella. Esto es una alerta de ladrillo sólo apto para lectores sesudos y reflexivos interesados en inteligencia emocional. Tras esta sencilla advertencia retomo: solemos sentir ilusión a raíz de un estímulo externo. No todos los estímulos externos generan las mismas reacciones en las mismas personas, el por qué a unos sí y a otros no forma parte del misterio del por qué somos lo que somos, como el por qué me gusta esta comida y no esta otra, o por qué me emociona esta música y no la otra, o el por qué me he enamorado de esta persona y no de ningún otro ser humano del planeta. Vale.

La cosa es que Ana hablaba en un momento dado de que la ilusión era una cuestión de perspectiva. Esto tiene sus matices. Yo creo que es un hecho objetivo que los seres humanos somos diferentes y que no todas las cosas generan en todos los individuos las mismas reacciones: un trabajo puede resultar ilusionante para una persona y muy desmotivador para otra, y por ello es importante que cada cual conozca qué actividades le generan satisfacción, le motivan, le interesan, le ilusionan. Al menos en la medida de lo posible. Pero aquí es donde para mí nos hallamos ante un fenómeno curioso: y es el hecho de que a una misma persona un mismo estímulo externo unas veces le puede generar ilusión y otras no. (Si pensamos cada uno en cosas que nos ilusionan y nos motivan, caeremos en momentos en que esas cosas no nos han apetecido, no han producido esa reacción habitual de estímulo). Pero también hay otro interrogante, y es el por qué hay personas con una gran facilidad para encontrar estímulos e ilusiones y otras que apenas reaccionan ante escasos estímulos externos. 

Tras pensar sesudamente he llegado a la conclusión de que detrás de este extraño fenómeno podrían estar los estados de ánimo. Los estados de ánimo provocan una serie de emociones y reacciones que interactúan y se potencian entre sí. Los he clasificado en dos grandes grupos que he bautizado en un alarde de creatividad en: los positivos y los negativos. El ying y el yang. Y por esas dos tipologías de estados de ánimo y actitudes y sentimientos asociados pasamos todos, hasta las personas emocionalmente más estables, y por muy leves que sean estas fluctuaciones, las sufren.

La cosa es que cuando estamos en los picos nos sentimos felices, y no sólo estamos alegres, sino que también hay asociada una mayor energía, ganas de emprender y de hacer, y también, en esos momentos, tenemos una mayor facilidad para la ilusión. Porque cuando interactúan estados de ánimo y emociones positivas, estamos más receptivos ante los estímulos externos que podamos encontrar, y como estamos receptivos, sensibles, abiertos, cuando llega el estímulo -el de la ilusión- reaccionamos con la ilusión, que a su vez retroalimenta la energía para poder llevar a cabo la tarea ilusionante, y como al llevarla a cabo disfrutamos, pues nos ponemos contentos, y continuamos sintiéndonos felices. Y así todo lo positivo se va potenciando e intensificando entre sí.

Pero por algún motivo, por algo que nos pasa, o porque simplemente toca un cambio de ciclo anímico, caemos en valle. Y nos sentimos tristes. Y la tristeza lleva asociado un sentimiento de cansancio y apatía, de impotencia, de inseguridad, de inacción. Pero no sólo eso. La tristeza además funciona levantando una muralla que aísla nuestro interior de todo lo externo, para que nada de lo que ocurra ahí afuera, extramuros, nos pueda distraer de nuestra tristeza. Y así se asegura la permanencia. Y precisamente porque existe ese muro, precisamente por ese módulo de aislamiento que impone la tristeza, los estímulos externos que en contextos anímicos positivos producen ilusión son incapaces ahora de generar reacción alguna. Precisamente por eso la tristeza es egoísta como ella sola. Nada que se salga de ella importa. Y cuanta más tristeza más cansancio, más apatía, más impotencia, más miedo, más soledad, más inacción, y más tristeza de nuevo. Y así todo lo negativo se va potenciando entre sí.

Pero ahora voy a lo que me interesa. Imagino que todos preferimos estar en picos que en valles. Y aún asumiendo la inevitabilidad de los cambios en el estado de ánimo inherente a nuestra condición humana, a mí lo que me gustaría es prolongar el máximo tiempo posible los ciclos positivos, y controlar los negativos, minimizando en la medida de lo posible sus daños. ¿Cómo?

Pues no sé si será válida la lógica, pero me parece razonable pensar que si el estado de ánimo influye en la actividad y el hacer, la actividad y el hacer podrían influir también en el estado de ánimo. No sé a quién oí decir que procuraba silbar al menor síntoma, porque era muy complicado estar triste cuando se silba…. Vamos a analizar la situación: cuando me siento feliz tengo ganas de hacer muchas cosas y cuando me siento triste lo que me pide el cuerpo es tumbarme en una cama a autocompadecerme en decúbito lateral. Si cuando estoy feliz me dejo arrastrar por esa felicidad y hago con mi cuerpo lo que ella me pide, la retroalimento: intensifico y prolongo el ciclo positivo. De la misma manera que cuando estoy triste, si me dejo arrastrar por su apatía, y no hago nada, porque no me apetece, porque no soy capaz de reaccionar ante estímulos y no me ilusiono – ojo, no porque la actividad no me guste, sino porque mi propia tristeza me está incapacitando para reaccionar-, sólo voy a conseguir hacerla más fuerte. Y a partir de aquí que cada cual extraiga sus conclusiones…

Las mías, como me dijo un día Reichel, a quien a su vez le dijo alguien, “entre hacer y no hacer, siempre es mejor hacer”.

Anuncios

2 pensamientos en “La ilusión y los estados de ánimo

  1. De hecho, y tomando la última frase, siempre pensé que te arrepientes más de las cosas que no has hecho, porque si haces algo y sale mal pues siempre tienes la cosa de haberlo intentado, si no lo haces te preguntarás siempre qué hubiera pasado de hacerlo.

    A grandes rasgos no podría estar más de acuerdo con todo lo que dices y es más, recuerdo haberlo hablado contigo en alguna ocasión, cuando más agobiado estoy, cuando más cabreado estoy, es cuando más me obligo a escribir cosas que me suenen graciosas.

    Pero evidentemente es mucho más complejo el tema, cuando leo estas cosas siempre recuerdo por ejemplo la teoría transaccional, que tiene mucho que ver, hay cosas en la vida que solo disfrutas haciéndolas con el espíritu necesario, tienes que poner algo de tu parte, no puedes ir a un concierto a disfrutar a no ser que te obligues a acudir con el espíritu de un niño.

    Nada, besos, escribes de maravilla querida mía.

Los comentarios están cerrados.