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Sin llegar a desvariar del todo, hoy hago un poco de trampa y, en vez de enlazar con el artículo de Patricia, lo hago con, digamos, su posdata, con la respuesta suya al primer comentario. Esa respuesta en la que utiliza la expresión “tus valores como nación” para esos que habrían de tenerse en cuenta a la hora de conceder según qué eventos a según qué países y que no parecen ser determinantes si hay dinero de por medio.

Valores como nación… ¿cuáles son esos? ¿los del gobierno de turno? ¿los de las personalidades y personajes famosos de cada país que trascienden sus fronteras? ¿o hay unos valores de cada país que perduran en el tiempo?

Cerca estamos de la polémica por el anuncio de Campofrío de estas navidades. Anuncio que a mí me pareció agradable, dadas las fechas, pero que, encontrándonos en un momento país en el que a todo le damos vueltas… creó polémica. Creo que las opiniones más contrarias se planteaban porque parecía banalizar la situación, porque parecía querer decir que qué más nos daba la situación económica del país mientras pudiéramos ir de bares y compartir nuestra comida con los amiguetes. Digo creo, porque no estoy segura. Así como Patricia confiesa le aburren los debates, las tertulias, los temas… a mi me aburren ya las polémicas y llega un punto en que ya hago tabla rasa y me aburre igual la del anuncio de Campofrío que la de la gestión sanitaria pública o privada, porque ya tengo la sensación de que discutimos por discutir y nos da igual por qué, importante o no. Y desconecto hasta de lo importante, porque a mi la permanente sensación de tener que estar en contra de las cosas me hastía.

Que me estoy desviando, vuelvo al tema de los valores patrios. Es posible que sí existan, porque la convivencia, el clima, la tradición… contribuyen a crear unos valores comunes, sí, es posible. Y es verdad que solemos tener un sentido de pertenencia a un barrio, un pueblo, una comunidad, un país… por el mero hecho de haber nacido en él. Por un hecho tan aleatorio y tan incontrolable como haber nacido en un lugar llegamos a compartir historia (con minúscula y mayúscula)  con un montón de gente, y algunos símbolos. Y de esa historia podríamos deducir unos valores que algunos asocian a los símbolos, sea un himno o una bandera.

Pero esos que de verdad habrían de llamarse VALORES ¿no habrían de ser universales? ¿no habrían de ser al menos deseables para cualquier país?

Cada vez es más patente la separación entre las élites gobernantes de cualquier país en occidente y la gente a la que dirigen. Y, si eso ocurre en occidente, ni te cuento lo que ocurre en oriente, en cualquier país en vías de desarrollo o, mucho peor, en cualquier país de los que las guerras o la hambruna les mantienen bastante alejados de la “vía” del desarrollo. Nada que ver entre quien manda y los mandados. ¿Cómo vamos a saber entonces qué valores tiene cada país?

Es posible que existan unos valores para la clase dirigente, pertenezca al país que pertenezca, y  es según esos valores que se adjudicaron las Olimpiadas de Socchi o el Mundial de Qatar, o los contratos a Aizóon o, según esos mismos valores, quizá la operación de Sacyr en el Canal pareció perfecta (aunque a cualquier ojo técnico le pudiera parecer claramente hecha muy a la baja), o tantas adjudicaciones de contratos, trabajos, la distribución de armas fabricadas en países occidentales en otros países a los que luego hay que ir a “salvar”, tantas y tantas decisiones basadas en unos valores que yo quiero negarme a pensar que de verdad lo sean.

Quizá es por eso que mi percepción de estos valores de tantos países que se han puesto de manifiesto en los últimos años, y en particular los que estamos exportando nosotros mediante portadas en periódicos de medio mundo, me ha hecho pensar en lo agradable del anuncio navideño.

Porque yo, que nunca he sido de himnos ni de banderas, estoy empezando a pensar que la bandera puede ser  de lo poco que podría considerar un valor común. Por aquello de que es un objeto inanimado y sus colores y diseño inalterables en virtud de una norma que lo establece. Es valor, es perdurable y es común, aunque sea por ley. Y no hay que pararse a pensar en los otros “valores” que el mundo que nos lee en periódicos y nos ve por televisión pueda creer que son los nuestros. Casi que, en cuanto a valores patrios, prefiero volver a bandera, tortilla española y muñeca de folclórica sobre el televisor. Era mucho menos complicado.

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