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El tema aportado por Carmen me parece de gran interés. Puede que me esté quedando con el anecdotario si aprovecho el título “la muerte silenciada” para enlazar con mis reflexiones. Y es que no sólo el suicidio sino el propio hecho de morir, en términos generales, es abordado como un gran tabú.

Mi hijo mayor tenía tres o cuatro años a lo sumo cuando me hizo la gran pregunta: “mamá, ¿tú te vas a morir?” Sí, cariño. “¿y yo?” También. Todos nos vamos a morir. “¿Y qué pasa cuando te mueres?” Que ya no haces nada, y no sientes nada, como si estuvieras dormido. “Yo no quiero” (…silencio) “¿Podemos morirnos juntos?”. Mi hijo pequeño me hizo el otro día una batería de preguntas similar, con ocho años. Empezó igual que su hermano hace años “Y tú algún día es posible que te mueras?”

Cada cual, antes o después, pero siempre en la infancia, toma consciencia de que la propia vida va a tener un final, de que somos seres finitos. Pero es sorprendente que, a pesar de que la muerte forma parte de la propia vida, y que sabemos que va a ocurrir desde que somos niños, en plena madurez aún no lo hemos aceptado. En nuestra sociedad existe una cierta cultura de la negación de la muerte, no se habla de ella ni se trata con naturalidad. La muerte es un tabú, como en otra época lo fue el sexo: y no se hablaba de sexo, no había educación sexual, era una materia semiprohibida, rodeada de misterio. Pero no por ello no dejaba de formar parte de la vida. Coño, claro, porque somos seres sexuales, porque está en nuestra naturaleza, porque es nuestra forma de perpetuar la especie, una de las formas de manifestar amor, de comunicar, porque nacemos con ese instinto. Y tan directo, tan fácil, y tan natural como que somos seres sexuales, es que somos seres que mueren. No pasa nada. Morimos. Simplemente dejamos de ser. No tiene más trascendencia. No al menos para el que muere.

Tal y como enfocamos el hecho de morir, se dan situaciones que, a mi juicio, no sólo no ayudan a aceptar este trance, sino que lo dificultan aún más. Por ejemplo, ese tratar a personas muy mayores o muy enfermas como idiotas, o como niños pequeños, cuando tratan de hablar de su situación, de su cercanía ante la muerte, negándoles ese derecho. Y los familiares les dicen cosas como “no pienses en eso”, “tú qué te vas a morir”, “no digas tonterías”. Y entonces tenemos a una persona muy mayor o muy enferma que sabe que va a morir, pero que no puede hablar sobre ello, ni desahogarse, ni despedirse, y que se ve obligada a fingir que piensa que se va a poner bien para no incomodar a sus familiares.  Y tenemos también a unos familiares que saben que su ser querido va a morir, pero no pueden hablar de ello, ni desahogarse, ni acompañarse (de verdad, sin fingimientos), ni despedirse, para que su ser querido no se asuste y no sufra. De modo que el hecho de la muerte se niega, pero a pesar de haber sido negada, la persona va y se muere. Y una vez muerta ya no queda la oportunidad de decirse nada, de acompañarse de forma íntima y real. La persona que ha muerto ya no siente nada. Y quienes se quedan han de afrontar sin ella el vacío y la pérdida.

Esta forma de negar la muerte, como si no fuera a ocurrir, o como si estuviera prohibida, tiene también consecuencias a la hora de afrontar el trance. A mí me parece desconcertante que en una sociedad que hace tantos esfuerzos por dignificar y mejorar las condiciones de vida y las comodidades de las personas en tantos aspectos, y que además dispone del saber y de los medios, no exista un respeto ni una cobertura legal ante la decisión que ha tomado un ser humano de morir, y de poder hacerlo con dignidad.

¿Pero por qué una persona podría tomar la decisión de morir? Si hablamos de la actitud ante la muerte, quizás habría que hablar de la actitud ante la vida. La vida puede ser maravillosa. Y cuando lo es tendemos a no darnos cuenta, a no valorarla en su justa medida, con lo corta que es, y todas las posibilidades de que se tuerza, y es maravillosa y pensamos que siempre es así y siempre lo va a ser. Pero la vida también puede no tener nada de maravillosa, puede ser un auténtico suplicio, ser intolerable, insoportable. El ser humano está programado para desear la vida. Si no la desea porque es insoportable, pero de alguna forma las circunstancias que la hacen insoportables pueden cambiarse, hay que tratar de ayudar a esa persona, y que esa vida insoportable vuelva a ser digna y deseada y disfrutada. Pero ¿y si estamos hablando de una vida insoportable causada por algo que no tiene remedio o que no tiene cura?

Hay quien decide vivir. Siempre. Cualesquiera que sean las condiciones. Cualesquiera que sean las perspectivas o esperanzas, y afrontar el sufrimiento -sólo aliviado en parte por cuidados paliativos- se esté destinado a padecer. Es la decisión mayoritaria. Es la única permitida por ley. Es una decisión digna del mayor de los respetos.

Yo, sin embargo, tengo otra decisión para mí, al menos en el plano teórico. Creo que hay algo fundamental y determinante a la hora de aceptar un elevado sufrimiento. Es la esperanza. Antes, la esperanza era subjetiva, era una cuestión de fé, uno no sabía si se podía curar o no, era tan sencillo aferrarse los clavos ardiendo, y sufrir larguísimas penalidades en base a ilusiones que podían no realizarse nunca. En estos tiempos, gracias al conocimiento médico, tenemos muchas veces esperanzas objetivas y también a veces tenemos certezas objetivas. Si existe esperanza médica de que un sufrimiento puede llegar a superarse, si hay esperanza médica de una vida digna, entonces yo estoy dispuesta a pasar por ello con tal de intentar la vida. Pero si en un momento dado se me plantea una situación de ausencia de esperanza con un carácter irreversible, si se me plantea esa certeza, mi decisión es no vivir. Al menos a día de hoy en términos de hipótesis. Y no entiendo por qué mi decisión no debería ser tan merecedora de respeto y cobertura legal y asistencial como otra diferente.

Y es que, si la hubiera, si existiera esa posibilidad de elegir, con cierto respaldo cultural y legal, es posible que se hablara de otra forma acerca de la muerte, que se encarara más naturalmente dada la posibilidad de un margen de decisión, quizás resultaría un poco más sencillo aceptar la muerte como algo natural y no necesariamente temida, y los duelos por los vacíos y las ausencias serían un poco menos insoportables. El  tener la esperanza de que, llegado el momento una persona pueda tener la opción de decidir cómo afrontar la propia muerte, programarla, convertirla en una despedida sin dolor físico, serena y pacífica, me parece liberador. Y es que en cierto modo, una muerte digna forma parte de una vida digna.

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4 pensamientos en “yo también me voy a morir

  1. Mi mayor terror infantil que hasta me impedía dormir por las noches era que mi madre muriera. Me sigue pareciendo una información demasiado dura para un niño, no digo que se deba ocultar la muerte, al contrario, pero el momento ese en que te das cuenta de que lo que más quieres puede desaparecer para siempre es horrible. Seguiría comentando tu escrito pero no quiero ser pesada, tú lo has explicado muy bien.

  2. A mí también me daba miedo de niña. Me daban miedo los accidentes de tráfico si se habían ido mis padres, si se retrasaban me daba pánico pensar que les hubiera podido pasar algo. Si estábamos todos juntos no tenía problemas para ir en coche y para asumir las posibilidades de accidente :-).
    Aún ahora mismo, hay determinadas muertes que creo que no sería capaz de superar, no puedo pensarlas ni siquiera en hipótesis, aparto esa posibilidad como un gran tabú. Para mí ese sí que es un gran miedo, y no el de la propia muerte.
    Y no eres pesada.
    Un beso.

  3. Lo he linkado a twitter, me gusta mucho como escribes, pero esta vez la verdad te has salido, impresionante, quizá me parece tan bueno por estar total y absolutamente de acuerdo en todo lo que dices, que mira que es complicado porque dices muchas cosas 🙂

    Por cierto, paradoja, todos moriremos pero si hay una apuesta que nunca perderemos es si apostamos a que somos inmortales, en realidad no la ganas, pero te la pela perderla puesto que evidentemente ya estás muerto 🙂

    Besotes reina, y mi más cariñoso aplauso.

  4. Muchas gracias! En cuanto a estar de acuerdo, yo creo que no soy la única persona en pensar de esta manera, espero que en algún momento se amparen otras opciones en cuanto a la muerte además de la actual. Y lo sé, lo sé, lo mío no es la síntesis…. 🙂
    Besos

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