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Esa diferencia entre los sexos, tan básica como misteriosa, que abordaba Patricia el viernes, da para mucho y, si lo da, es porque aún los médicos, sicólogos, científicos en general y humanos de todos los sexos en particular no nos hemos llegado a aclarar cuánto hay de diferencia física, unida a los genes, y cuanto de diferencia aprendida por una tradición de trato diferenciado.

El mismo día que leía el artículo de Patricia dí en leer en un blog de divulgación científica este otro artículo titulado Monógamos, infieles y desconfiados , sobre el comportamiento sexual de hombres y mujeres como machos y hembras de una especie en evolución. Y no sé cuánto hay de real pero hay mucho de curioso.

En la especie humana, gracias a la evolución que nos ha sido favorable (al menos en términos generales), se conjugan en nuestro comportamiento un cerebro evolucionado y un instinto básico de especie. Parece lo deseable, en términos de progreso evolutivo, que el cerebro inteligente controle siempre al instinto pero, en un tema tan, digamos “instintivo”, como la reproducción no parece disparatado pensar que el instinto tiene aún mucho que ver. Y es desde ese punto de vista desde el que el artículo que cito, extraído de un libro de Pere Estupinyá (autor hasta ahora totalmente desconocido para mí) , me parece extraordinariamente revelador.

Parece hay dos diferencias en las hembras de nuestra especie con respecto al resto de las especies que marcarían nuestro comportamiento reproductivo: el primero sería por qué las mujeres sentimos deseos de aparearnos fuera del periodo de ovulación  y el segundo por qué las mujeres somos las únicas primates que no sabemos distinguir claramente cuándo estamos en época fertil.  Esas diferencias, que claramente mejoran nuestra vida sexual con respecto a las “otras” primates, se habrían de haber producido con un fin “evolutivo” concreto. Y ahí es dónde los científicos manifiestan su opinión sobre cuál sería ese fin.

El autor del artículo que cito, en concreto, opina que “… el propósito evolutivo de esconder la ovulación y sentir deseo sexual en todo el ciclo parece muy obvio: mantener al macho cerca, atemorizado de que en cualquier momento su hembra pueda ser fertilizada por otro, y forzarlo a que colabore en el cuidado de unas crías que confía que son suyas. Estando receptivas al sexo y sin mostrar señales de ovulación, el macho tendrá estímulos para quedarse buscando la reproducción constante y vigilando que no aparezca otro primate en escena“.

Según sus deducciones son esas las razones que  han convertido a hombres y mujeres en monógamos y las que forzarían también a que la visión de la infidelidad desde cada uno de los dos sexos fuera diferente “en términos estrictamente evolutivos”: preferibles para las mujeres los escarceos amorosos sin consecuencia en sus parejas antes que el cambio de pareja de este y, al contrario, preferibles en los hombres el cambio de pareja en sus mujeres, antes que el escarceo amoroso que, en su caso, sí puede llevar a que eduque a un hijo que no es suyo.

Hasta aquí la teoría evolutiva.

¿Y cuánto quedará aún de comportamiento y pensamiento instintivo en nuestra especie?

Porque la conclusión del autor es que es el proceso de evolución natural el que nos ha llevado a ser una especie monógama, pero también infiel y desconfiada.

Y yo me pregunto ¿habremos salido ganando entonces? ¿de verdad nuestra evolución en esto nos ha sido favorable?

Me lo pregunto sí, pero también creo que hay cuestiones en las que es mejor no contestarse 🙂

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9 pensamientos en “Favorecidos en la evolución

  1. Wow, ¡qué interesante! Me fascinan las explicaciones acerca de nuestros comportamientos, y para eso es fundamental conocer cómo estamos programados como especie. ¡Me ha encantado!

    Pero no me queda clara uan cosa, no sé si lo he leído al revés o lo razono al revés: en cuanto a infidelidades, las mujeres prefieren cambiar de pareja y los hombres escarceos puntuales, no? Es que parece que el texto dice lo contrario, y si es así me pierdo porque el argumento a mí me hace entender lo que te comento…

    • El artículo no habla de lo que cada uno quiere sino de lo que prefiere en sus parejas. Según él las mujeres preferiríamos que nuestras parejas nos pusieran cuernos esporádicos y que siguieran manteniendo a nuestros hijos y los hombres preferirían que nosotras nos fuéramos de casa antes de asumir el riesgo de criar a niños que no sean suyos. Eso se supone que quieren nuestros instintos. Tiene cierta lógica… evolutiva 😉

  2. Yo es que creo que la principal diferencia entre el ser humano y el resto de animales en los temas sexuales viene por la cosa de la moral y religiones, creencias y demás.

    Hay más, pero esa para mí es la más gorda, no que hayamos evolucionado, porque eso se nota quizá en la sutilidad de las señales de atracción sexual, que son eso, avanzadas respecto a otras especies, pero al final el cortejo humano tiene muchas similitudes con, por ejemplo, el del pavo real.

    • Sí, Dessjuest, yo también creo que es todo eso lo que marca la principal diferencia pero me parece interesante pensar cómo sería si redujéramos nuestra especie a sólo instinto, porque ese instinto, aún matizado con nuestra moral, creencias, etc… sigue estando ahí.

  3. Estoy con Dessjuest, creo que nos pasamos la vida precisamente luchando contra esos instintos primarios (o primigenios) que las costumbres sociales, religiones, etc. nos han ido marcando. Y como dice Ana al final, yo tampoco tengo claro si hemos mejorado o no con la evolución 😉

    • Quizá, Karmen, no se puede tener todo y compensamos algunas mejorías con algún empeoramiento, qué se le va a hacer 😉

  4. Y sí, Patricia, eso parece que les marca a ellos el instinto, no tanto proteger a sus retoños como asegurarse de que no desperdician energías cuidando a los hijos de otros, un papel muy poco solidario les asigna la evolución, parece 😉

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