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No sé de qué forma rocambolesca enlazar el artículo que acabo de leer y del que voy a hablar (someramente: tengo exactamente media hora para escribir el artículo, de modo que es probable que ni lo relea, avso a navegantes….) con el tema evolutivo del excelente lunes de Ana. Vale, se me acaba de ocurrir: si Ana el lunes habló de aspectos instintivos del ser humano, yo voy a hablar más bien de uno con tintes más sociales o culturales. (¿Ha colado? ¿no? igualmente voy a seguir….)

En realidad, lo más honesto que podría hacer es remitir directamente al artículo, que propone una reflexión acerca de la verdadera dimensión de la buena educación.

Generalmente la educación se asocia a una determinada forma de comportamiento cortés. Es decir, se asocia a una forma. Sin embargo, si nos paramos a pensar, la forma sin el fondo no tiene ningún sentido. ¿Se podría decir que una persona que utiliza un lenguaje exquisito para herir a otra está haciendo gala de una buena educación?

El sentido de la buena educación, la razón última por la que socialmente se han establecido unos códigos de buen comportamiento, es el de hacer posible -e incluso agradable- la convivencia entre quienes compartimos espacios físicos, y en estos días, también espacios virtuales: redes sociales, etc… Compartir espacios significa también compartir vivencias: una comida, un viaje, un trabajo, una compra, un paseo, un proyecto, una conversación, la propia vida.

Y ¿qué se necesita como condición absolutamente necesaria (aunque posiblemente no suficiente) para una buena convivencia? RESPETO. No puedes convivir en armonía con tu pareja o tu familia si hay faltas de respeto, ni con tu vecino, ni con tu jefe, ni con tu subordinado. Sin respeto no puedes hacer la compra en paz, ni conducir tu vehículo con ciertas garantías de supervivencia, ni tomarte una cerveza en una terraza, ni debatir una noticia en el periódico digital. De hecho, en la RAE, una acepción de “educación”, -la que a mi juicio se corresponde con “buena educación”- es “cortesía, urbanidad”. Y la RAE define cortesía como “demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona.”

Muchas veces, incluso con formas socialmente consideradas corteses, se esconden faltas de respeto o de consideración, que resquebrajan los lazos con los que se establecen las relaciones humanas. El sarcasmo y la ironía fina son armas muy peligrosas en ese aspecto, y tentadoras. Porque su uso revela unas dosis de ingenio generalmente altas, y una vanidad poco controlada nos puede llevar a usarla muy a riesgo de lo hiriente que pueda llegar a ser para la persona que lo recibe, y protegida además por una forma fácilmente aceptable como cortés.

En cuanto a la falta de respeto tengo una teoría que compartía un día con mi pareja a raíz de haber dejado de levantarnos al primer toque de despertador. Le estábamos perdiendo el respeto a ese isntrumento del demonio. Y la pérdida de respeto no había ido sino en aumento. Cada vez más tarde. Al segundo aviso, al tercero, al cuarto, a quedarnos durmiendo plácidamente mientras dos móviles suenan atronadores durante horas…. Cada noche nos hacíamos propósito de enmienda, de disciplina, de no volver a dejarlo sonar, de no tener que correr por la mañana, pero nada. Y es que, según mi teoría, una vez se ha perdido el respeto por algo o por alguien, es sumamente complicado restaurarlo.

La pérdida de respeto es una enfermedad degenerativa, de difícil cura, y con daños que se reparan costosamente. Por eso normalmente a un insulto le sigue un segundo insulto, a un comentario despectivo le suele seguir otro, a un golpe otro golpe.

Deberíamos darle mucho más valor del que le damos al respeto y a la consideración. Que es lo mismo que decir que deberíamos darle más valor a las demás personas, quiero decir. Al fin y al cabo, en mayor o menor medida, compartimos la vida con ellas. Y cuanto más nos encabronemos entre todos, menos felices. Incluso si encabronamos con el gusto más exquisito, y la más refinada forma.

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Un pensamiento en “La forma y el fondo de la educación

  1. Bueno, ejemplo práctico, ella de mañana, madrugando, yo de noche, trasnochando, cama, cuesta conciliar el sueño, al cuarto de hora suena “su” despertador, te imita, a esperar el segundo toque, el tercero, yo… pues eso…

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