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Hoy he leído un artículo sobre la posibilidad de que Internet se apagará de pronto y sus consecuencias. En el texto entrevistan a Dan Denett, un filosofo estadounidense que lejos de ponerse en plan catastrofista analiza de un modo bastante sereno y racional nuestra absoluta dependencia de la tecnología.

No me habría preocupado mucho sino fuera porque hace unos días acabe de leerme un libro que trataba sobre el caos en el que se sumerge Europa tras un apagón de la red eléctrica que dura varios días, y ayer justo veía el documental “GPS, una guerra global” en el que también se analiza nuestra dependencia a los sistemas de geolocalización y el caos que supondría un accidente en los satélites que paralizara la señal, o un bloqueo de la misma con determinados fines (no hay que olvidar que se trata de tecnología militar).

La novela, “Blackout” de Marc Elsberg, es un entretenido y perturbador ejercicio donde autor nos plantea que pasaría si un buen día se desconectara el flujo eléctrico a millones de personas, sin que compañías ni gobiernos pudieran hacer nada por solucionarlo. Conforme van pasando las horas desde el inicio del apagón global nos vamos dando cuenta de la total dependencia que tenemos a estas energías. No funcionarían las comunicaciones, tampoco se podría repostar combustible, habría problemas para sacar efectivo de los bancos y los cajeros no funcionarían, una vez acabados los suministros en los supermercados y tiendas (en las que solo se podría pagar en efectivo) no se podrían reponer debido a la falta de combustible y también de suministros ya que las fábricas pararían la producción ante la falta de luz. Problemas con el suministro de agua, centrales nucleares a punto del colapso por falta de energía para su refrigeración, pillaje… el mundo casi apocalíptico que va dibujando la novela es a la vez tan real y cercano que no pude dejar de preocuparme, sobre todo al leer el epílogo del autor.

Porque no nos engañemos, aquí en el primer mundo, a menos que vivas en un bucólico pueblecito con tu huerto y unas gallinas, a la semana de estar sin luz nos estaríamos comiendo unos a otros, y no lo digo por el hambre, sino porque no creo que estemos preparados para aguantar situaciones límites que supongan carencias para nosotros básicas: agua, calefacción, luz por la noche, teléfono, televisión, teléfonos móviles, electrodomésticos varios, ascensor…. Y lo sé porque he vivido en mis propias carnes profesionales lo que supone un día sin ascensor o con la antena rota en una comunidad de vecinos.

Todo este cúmulo de catastróficas advertencias no llegan a asustarme pero si a preguntarme si “alguien” habrá pensado en estas posibilidades y alguna comisión de expertos y técnicos bien formados habrán ideado un plan B para el caso de que pudiera suceder alguna de las posibilidades que muchos estudios ya han apuntado, como una tremenda tormenta solar que inutilizara los satélites que alimentan la geolocalización, un virus informático que bloqueara los contadores eléctricos provocando un fallo generalizado en la red (esos contadores inteligentes que justo nos van a colocar ahora), un tsunami…. (Decían que lo de Fukushima no podía pasar, hasta que pasó).

Eso me recuerda que no tengo velas en casa.

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4 pensamientos en “Dependencia tecnológica

  1. Bueno, el mundo seguiría adelante, por si acaso no compres velas, o si las compras tenlas solo por si acaso, que el mundo se quede sin electricidad es una posibilidad, mínima, que el que la mayoría de incendios en los hogares es por culpa de las dichosas velitas es una realidad, hazme caso 🙂

  2. Cuando lo pienso porque estoy harta de esa dependencia me suena hasta idílico, no creas, pero después de leer tu post me hago una imagen más apocalíptica de las consecuencias reales. Dan ganas de abastecerse de alimentos de primera necesidad, agua, y… leña y mantas???

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