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Y hablando de dependencias tecnológicas, voy a compartir las observaciones que he realizado acerca del impacto en las relaciones sociales de una tecnología de la que no dependo. Hablo del whatsap. Efectivamente, por si antes no quedó claro, soy un ser bizarro en vías de extinción que ha elegido libremente no instalar esta útil aplicación en su teléfono, a pesar de que se trata de smartphone con tarifa de datos. No es que no pueda, es que prefiero no hacerlo, es casi un acto de rebeldía que me cuesta no pocos reproches y censuras por parte de familiares y amigos. Y sin más doy paso a mis observaciones:

1. Observaciones efectuadas a lo largo de los últimos meses en mi espacio de trabajo
Desde el mes de diciembre comparto espacio de trabajo con otras tres personas. Observo que a horas aleatorias se oyen sonidos que corresponden al aviso de un mensaje de whatsap, que puede provenir de cualquiera de los tres whatsap con los que convivo. En el momento que suena el primer timbre he observado que, como mínimo va a avisar tres o cuatro veces más, lo que me da pie a pensar que están manteniendo una conversación.

2. Observaciones efectuadas en espacios públicos habitualmente frecuentados para establecer relaciones sociales: lo que viene siendo un bar.
Quien dice bar, dice restaurante, dice terraza, o dice cafetería. Bien. El resultado de mis observaciones durante los últimos dos años es el siguiente. Es frecuente encontrar a dos o más personas compartiendo mesa que no hablan entre sí, pero que sin embargo están enviándose whatsaps durante largos períodos de tiempo. Lo que no puedo informar en base tan sólo a estas observaciones es si los whatsaps se los envían entre sí o a terceros que no están presentes. La sensación desde fuera es de que hay tres personas sentadas juntas que parecen no conocerse y que para evitar la sensación de extrañeza, se entretienen conversando con personas que no están a su lado pero que sí deben conocer. Me recuerda a lejanos tiempos en los que situaciones de extrañeza que se producían no por estar con otras personas sino por estar solo, se solventaban con un libro o un periódico.

3. Observaciones efectuadas sobre las nuevas generaciones de usuarios en mi propio hogar.
El niño de doce años se queja de que no se ha enterado de que sus compañeros de clase han quedado para comer en un burguer y se ha perdido el plan. Le digo al niño que por qué no le han avisado en clase. El niño dice que de eso no se habla, que se queda por whatsap. Le pregunto que por qué no lo miró. El niño dice que porque se le ha bloqueado la tarjeta y no tiene el código puk. Ah. Le digo al niño que mientras se soluciona, que acostumbre a preguntar a sus amigos los jueves por los planes para el fin de semana, para así no depender del móvil. El niño contesta que no se puede, que esas cosas no se hablan, se envían por whatsap.

El niño de doce años tiene un compañero de clase que lleva una semana enfermo. El niño de doce años me dice que le gustaría saber cómo está. Le digo al niño que le llame, que tengo el teléfono. El niño me dice que hablar le da vergüenza, pero que si tuviera el whatsap operativo, podría escribirle, que eso sí se puede.

4. Observaciones efectuadas sobre círculos de amistades
Un amigo quiere saber si otro amigo va a poder asistir a un acontecimiento al que ambos han sido invitados. Escribe el mensaje con la pregunta. Casi al momento se escucha un pitido con la respuesta, que no es un sí ni un no, sino un depende, quién más va a ir. A ese mensaje le sigue otro y a ese otro otro pitido, y así sucesivamente durante unos diez minutos, que no permiten a ninguno de los dos intervinientes hacer otra cosa que sostener el teléfono, bien para escribir bien para esperar la respuesta. Al terminar se escuchan alabanzas acerca de esta forma de comunicación tan inmediata. Yo me pregunto si las clásicas llamadas telefónicas no eran más inmediatas y resolutivas….

Un amigo le pregunta a otro amigo si se apunta a un plan. Sorprendentemente no se escucha un pitido de respuesta inmediatamente. La reacción de quien envía el mensaje es de sorpresa, como si resultara inconcebible esa falta de respuesta, ese silencio, ese enorme vacío. Entonces, comprueba casi con ansiedad si el mensaje ha salido, si el mensaje le ha llegado a la otra persona, y si la persona en cuestión lo ha leído. Sí a todo. Y no obstante no contesta. Es inconcebible. En ningún momento se plantea que quizás la otra persona pueda estar haciendo otra cosa que no ha querido abandonar para contestar el mensaje de inmediato. Porque parece ser que recibir un mensaje de whatsap y no leer ni contestar en el momento rompe la magia de la inmediatez y el mundo deja de ser mundo, y la aplicación deja de tener sentido, y nada hay más importante para el mantenimiento del orden mundial que leer y contestar inmediatamente un mensaje de whatsap. Más que la película que estás viendo, el beso que estás dando, la conversación que estás manteniendo o el trabajo que estás desempeñando. Estamos hablando del orden mundial.

Fin: conclusiones de un ser bizarro
Supongo que lo normal es que ahora las personas nos comuniquemos así, y hayamos establecido determinados protocolos de buen comportamiento en correos electrónicos, redes sociales, whatsap, etc… y no cuestiono la utilidad de muchas de estas aplicaciones para muchas cosas. Pero sí veo que la forma de utilizarlas han introducido un cambio drástico en las relaciones interpersonales, y que han pasado de acercar a las personas que físicamente no se encuentran en un mismo lugar a sustituir las relaciones en su dimensión física, esas en las que se intercambiaban miradas, gestos, se escucha la voz, el tono, el timbre… Y la revolución en las comunicaciones corre el peligro de desencadenar el mayor proceso de deshumanización en el trato interpersonal que hayamos vivido como especie. Nunca hemos tenido a nuestro alcance tantas herramientas y dispositivos para relacionarnos con todo el mundo, para ser sin embargo la sociedad que más padece de sentimientos de soledad y vacío.

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3 pensamientos en “El whatsap y la nueva forma de entender las relaciones sociales.

  1. Me ha encantado tu análisis. Y totalmente de acuerdo con todo lo que expones aunque yo sí tengo whatsapp, sin estar demasiado enganchada. Lo uso sobre todo para comunicarme rápidamente con mis hijos pero me agobian los grupos. Además me parece un medio un poco peligroso por su facilidad de provocar malentendidos.
    Y lo que menos me gusta es lo excluyente que es. Un adolescente si no tiene whatsapp se queda sin vida social. Nadie le avisa por la vía antigua de la llamada telefónica. Triste.

  2. Tan alejada estoy de la app que ni siquiera sé cómo se escribe, y veo que me falta la última “p”. Si no fuera porque me da tanta pereza, corregiría el texto enseguida ;-P

    Pero volviendo al tema, está claro que el fallo está casi siempre en el uso y no en la aplicación en sí. Pero el caso es que cuando un determinado uso se estandariza y se convierte en un hábito social o en cultura, se vuelve complicado racionalizarlo y no hacer propios los comportamientos que nos extrañan de los demás (en las nuevas generaciones lo tienen más complicado, porque directamente no tienen otra forma de relacionarse en el pasado con la que comparar).

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