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Los seres humanos somos seres inteligentes y sociables, en general al menos. La evolución nos ha agraciado con dos capacidades básicas que configuran nuestra categoría de “humanos”: la que nos permite entender (o aspirar a hacerlo al menos) el mundo y la que nos permite comunicarnos y entendernos entre nosotros. Pero son las dos las que nos configuran como esos seres “superiores” en la evolución.

Leyendo los artículos de Carmen y de Patricia de la última semana, con preocupaciones sobre la dependencia tecnológica y la nueva forma de entender las relaciones sociales se me ocurre que quizá el problema sea que no logramos compaginar bien esas cualidades que nos permiten dominar al resto de seres vivos y convertirnos en “dueños” del mundo. Porque es una clara muestra de inteligencia de nuestra especie el impresionante avance tecnológico producido en los últimos 20 años pero, a veces, si pensamos en el uso o abuso de esos avances no está muy errado concluir que su manejo puede terminar por ser una clara muestra de falta de inteligencia.

La inseguridad mundial sobre los efectos del cambio de dígito a principios del año 2000 sonaba a chiste si no fuera porque realmente hubo millares de informáticos y técnicos de variadas disciplinas de guardia esa noche sin saber muy bien qué es lo que podía pasar.

A quién no le ha pasado ir a hacer una gestión en una oficina (pública o privada) y tener que esperar o volver otro día al no poder realizarla porque se había “caído el sistema”. Que si uno ha tenido que pedir horas en el trabajo o dejar de hacer otras cosas por dar prioridad a esta, acaba pensando que “me c… en el sistema”.

Probablemente como sociedad nos haya dado tal subidón al pensar lo inteligentes que éramos al poder programar y aplicar la tecnología a tantas de nuestras actividades que se nos ha olvidado pensar si esto de verdad nos convenía o no.

En cuanto a la tecnología en las relaciones sociales (el whatsapp como penúltima invención) ocurre otro tanto de lo mismo. La inteligencia creadora del inventor de la aplicación de nada sirve si no se aplica otro tanto en su uso.

Yo sí he sucumbido al poder del whatsapp, como lo hice al de los correos electrónicos o al de los, tan rápidamente olvidados, sms. Y me gustaría presumir de haber manejado todas estas novedades con una inteligencia y una templanza dignas del más superior de los humanos pero… sería mentira. Aunque voy por rachas, con frecuencia siento que sufro una adicción digna de cualquier adolescente pero, cuando llego a niveles preocupantes, decido apagar y, entreteniéndome con otras cositas (el trabajo por ejemplo 🙂 ) puedo desconectar un rato y llevar una vida analógica normal.

Pero el riesgo de “enganche” sí se compensa para mí con otras muchas ventajas que le he ido encontrando a cada avance. Es verdad que es muy llamativo (y preocupante) ver los grupos de adolescentes en parques o plazas reunidos en silencio mirando cada uno su pantalla y tecleando sin darse por enterados de nada de lo que ocurra a su alrededor pero también es verdad que hay relaciones distantes en el espacio que las nuevas tecnologías ayudan a alimentar y fortalecer.

Hay ocasiones en las que, no sé si le pasa a todo el mundo así que mejor lo diré en singular… pues eso que a mi hay veces que, estando sola, me apetece que alguien me haga caso (un alguien abstracto y sin nombre específico la mayoría de las veces) y no siempre puedo tirar de teléfono así que… envío un whatsapp a alquien en concreto o a alguno de los grupos reducidos en los que participo (que en los grandes es como dar un grito en el océano). Y, si cuadra que el destinatario tiene tiempo y está conectado, pues recibo respuesta. Otras veces lo que tengo es necesidad de decir algo, no siempre urgente y de importancia vital, pero, en vez de esperar la ocasión de tener tiempo y llamar por teléfono o esperar a encontrarme o coincidir con quien sea pues… envío un whatsapp. Y, si quien lo recibe lo lee y tiene a bien contestar, obtengo respuesta inmediata y mi mente dada a acumular cuestiones pendientes de diversa índole e importancia, puede relajarse un poquito y dejar hueco para otras.

También es verdad que el whatsapp permite una intimidad que a veces en la vida normal no se puede tener, por haber siempre cosas que hacer o gente alrededor, y sí puedo decir que algún conocido ha pasado a ser amigo gracias a alguna conversación por whatsapp y gente con la que mantenía poco contacto ha vuelto a ser de contacto habitual gracias a esa aplicación.

Hace unos meses oí de un estudio que decía que el recibir un tuit provocaba la misma sensación que recibir un beso y, aunque no estoy de acuerdo en absoluto, si es verdad que a mi me gusta recibir tuits, “favoritos” y retuiteos, y recibir emails o whatsapp imprevistos o como respuesta a alguno mío. Aunque esa alegría por las respuestas quizá trascienda un poco lo “normal” y pueda ser debida a cierta deformación “profesional” de mi oficio de escritora, porque cada respuesta, por muy breve que sea, no deja de indicar que ahí, da igual que sea un más o menos conocido, o un amigo, o un familiar o un contacto laboral, porque lo que seguro hay es un lector. Y, con lo caros que se venden, no me digáis que no es como para alegrarse 🙂

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