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Cerrado por jaqueca. Ese es el cartel que me hubiera gustado colocar ayer. Pero, dada la flexibilidad en la duración de los días que nos gastamos últimamente por aquí, preferí esperar a ver si mi cabeza se liberaba lo suficiente para producir un texto coherente, así que voy a probar a ver si hoy es posible.

A todos nos pasa a veces que, al levantarnos, no tenemos cuerpo para nada, o eso parece al menos y soñamos con poder poner un cartel en nuestra casa, en nuestro cuarto, en nuestra cama o, aunque sólo sea, en nuestra cabeza de Cerrado por… pero, cuando el mal no es grave (o, aunque lo sea, es menos importante que las obligaciones pendientes) no queda otra que levantarse con el único objetivo de cumplir con ellas dignamente (sin alardes ni adornos).

Mi día de ayer era uno de esos. Quizá los cambios de tiempo, o las contracturas resultado del trabajo sedentario, o el trasnoche exagerado para según qué edad en el fin de semana, o… yo qué sé qué, se confabularon para asignarme un interesante dolor de cabeza poco aconsejable para manejarse en el mundo normal y mucho menos para fomentar la creatividad, así que mi objetivo inicial era intentar pasar el día lo más discretamente posible sin ningún plan añadido a la rutina habitual. Pero la rutina habitual a veces se resiste a serlo cuando a uno más parece convenirle y el día se convirtió en un cúmulo de incertidumbres, planes, posibles planes y agradables sorpresas que en numerosos momentos me hicieron olvidarme del dolor de cabeza. Fue uno de esos días que me ratifican en mi teoría de que, mientras la indisposición no sea grave (o no sea de esas que te impiden alejarte de un baño a más de dos metros, por ejemplo, grave o no) es mejor mantener una vida lo más normal posible porque el no hacerlo, puede suponer que te pierdas cosas interesantes. Así que mi día cerrado por jaqueca se transformó él solito en un día abierto a múltiples incidencias que me hicieron culminar el día con un dolor de cabeza mayor (que si le da por ser resistente, da igual lo que te chutes o lo que le ignores, que él vuelve con fuerza a poco que te relajes), pero con una sustancial diferencia: no perdí el día, y los avatares imprevisibles me dibujaron una sonrisa. Eso sí, lo que ya no podía a las horas a las que normalmente escribo in extremis, era pedirle a mi cerebro dolorido la dosis preceptiva de creatividad para cumplir con mis lunes.

Pero nuestras laxas normas me permiten recuperar lo único que pude echar de menos ayer. Ahora ya sí me puedo dedicar a descansar y ocuparme sólo de que el dolor de cabeza pase, bueno, eso sólo si no me surge un plan mejor… 🙂

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