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Ayer por la noche cambiando de canal con la esperanza ingenua de encontrar algo que pudiera interesarme, -me encontré en la  2  con el programa de Alaska y Coronas. Alaska hablaba de un programa musical de principios de los 70 llamado “Señoras y señores”. El programa musical contaba con un nutrido grupo de bailarinas y presentadoras, cada sección se introducía con una canción inocentona coreografiada por unas señoritas, precursoras de lo que llegaría a ser el fenómeno de la  vedette televisiva. A Carmen le habría encantado ;-)….. Pero lo que me llamó la atención del programa es que si bien en su día era un programa dirigido a un público adulto, en el presente el formato que más podría asemejársele es el del Cantajuegos. Creo que ahora mismo, ninguna persona con más de cuatro años de edad conserva ingenuidad suficiente como para poder interesarse por un programa de esas características.

Es cierto que el hecho de que existiera ese programa no significa que sea representativo de los gustos del público de aquellos entonces, pues en la época del enano calvo, en la que sólo había dos cadenas de televisión y además una fuerte censura, es posible que los programas no se hicieran acordes con el público, sino que se tratara de que el público se amoldara a lo que se consideraba un entretenimiento decente (y ni por esas evitamos a las Mamachicho….). Pero dejando al margen la dictadura, la censura y la falta de libertades, creo que es un hecho que no sólo en este país, sino en general en el mundo occidental, hemos perdido grandes dosis de  inocencia e ingenuidad. Y es que, aunque no podemos volver al pasado para poder presenciar conversaciones, sentido del humor, e interpretaciones de mundo y del ser humano de nuestros abuelos y de los abuelos de nuestros abuelos, sí que nos quedan las manifestaciones culturales de su época: literatura, cine, televisión, que dicen mucho acerca de cómo era la sociedad el siglo pasado.

No voy a realizar un análisis exhaustivo de los cambios sociales en cuanto a la pérdida de la ingenuidad y su reflejo en las artes, pero aunque sea de una forma intuitiva, creo que es una tendencia clara. No hay más que ver cómo eran los personajes del cine de los años cincuenta, por ir a un detalle significativo, el ambiente de las prisiones, por ejemplo, al que refleja el cine de hoy en día. En literatura ocurre algo bastante similar. Y los personajes son un reflejo de las personas. Y si vamos a las personas de generaciones anteriores, aún nos llama la atención el sentido del humor de nuestros abuelos, las cosas que les emocionan, que nos parecen como de niños, y quizás pensamos que es por la edad, pero no, es por esa mayor inocencia que han sido capaces de conservar.

A veces la inocencia nos parece tontorrona. Y a veces tendemos a considerar valores como la bondad, la generosidad, la lealtad, el valor, o la mismísma felicidad, quimeras que una vez pasada la infancia dejan de tener sentido porque no existen. De hecho, parecen haber quedado en el mismo plano que el ratoncito pérez,   santa claus, las hadas y los duendes.

El hecho de que el llegar a la edad adulta haga necesaria la responsabilidad de abrir los ojos a todo tipo de realidades, y ser conscientes de que fuera de nuestra burbuja protectora existe el sufrimiento, la injusticia, y que hay tantas personas carentes de esa burbuja protectora, incluso en su más tierna infancia, no significa que haya que eliminar todo lo amable que sí hay. El abrir los ojos a las realidades dolorosas debería estar encaminado a modificarlas para ir acrecentando las amables, y no a arrasar lo que queda, o a denostarlo…. Pero aunque sea muy sencillo racionalizarlo, una vez que se ha perdido la inocencia es difícil recuperarla. Y volver a reirse con un humor sencillo, y sentirse protagonista de un musical, y no despreciar por inversosimilitud las historias con final feliz.

Termino citando la conclusión con la que un cineasta anónimo que se hace llamar Freeman, cierra en su blog un artículo titulado Hugo Cabret, Georges Méliès y la Ingenuidad en el Cine, y dice que “Necesitamos un Hugo Cabret, que nos encuentre, nos repare y nos saque de nuestro letargo; para así poder permitirnos a nosotros mismos el soñar de nuevo. Nunca dejemos de crear, de ser absurdos, de soñar. El cine, el arte, la vida, se vuelven perversos cuando uno deja de soñar.

Y si lo necesita el cine, que no es sino un reflejo de lo que somos, deberíamos fijarnos en nosotros mismos y en las secuelas y cicatrices que nos ha dejado la ingenuidad perdida. Así que voy a aprovechar para abandonar la visión existencial y nihilista que niega la posibilidad de recuperarla, pues la que trato de aprender tiene una fe ciega en ella.

Feliz fin de semana.

 

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2 pensamientos en “La ingenuidad perdida

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