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He aprovechado estos últimos días más tranquilos para poner un poco al día mi “área” cultural: cine, un par de libros, alguna expo y varias conversaciones con gente de esa interesante que me rodea y con la que a veces es difícil hablar en calma. Lo que suelen ser unos días de vacaciones normales, de esos en los que uno hace lo que le apetece porque no tiene ninguna obligación. De los que vas a dónde quieres y estás con quienes quieres estar y, como estás tranquilo y en confianza, los afectos y las conversaciones fluyen sin más y actúas y hablas como si no fueras quién pareces ser sino sólo quien realmente eres.

Por varias de las conversaciones de estos días he andado dándole vueltas al tema de lo que somos y de lo que parecemos ser. Varias sorpresas, alguna favorable, en cuanto a personas que no son realmente como parecen ser, me han llevado a pensar en mí, en lo que soy, en lo que creo que parezco, en lo que de verdad parezco o en lo que a mí me gustaría parecer. Porque yo alguna vez me he definido como “soy lo que parezco” pero… no estoy segura.

En Caixa Fórum, en Madrid, y hasta el 4 de mayo (os queda poquito tiempo si no queréis perdérosla) se exhibe una colección de fotografías de Sebastiao Salgado bajo el título de Génesis, como búsqueda de los orígenes del mundo y de nuestro planeta. Paisajes, animales y personas alejadas de este nuestro mundo tan moderno y tan lejano a la vez de esa génesis.

Son impresionantes la mayoría de las fotos (por lo retratado, por el punto de vista utilizado para hacerlo y, probablemente también, por la técnica fotográfica, pero eso ya escapa a mi reducido conocimiento técnico). Impresionantes sí, pero la que más llamó mi atención recogía una imagen sencilla de una familia bastante numerosa cuando al caer la tarde, y tras el trabajo del día, se reunían en su casa (hecha con madera y ramas en lo alto de un árbol), en una única habitación. Adultos y niños sentados en el suelo, con poquita ropa y fabricada por ellos, escasos utensilios, algunos hacían algún trabajo manual pero en general estaban allí, juntos, sin más. Y me dio por pensar qué sería de nosotros y de alguna de nuestras relaciones si nos presentáramos así, sin adornos, vestidos muy sencillamente, a pasar el rato juntos en una habitación sin nada en las paredes, simplemente un sitio resguardado, cálido, en el que hay poca opción al disimulo porque nadie tiene ningún apoyo extra y afrontando una vida sencilla pero a la vez obligadamente activa: trabajas para buscar comida, refugio, materiales para mejorar tu vivienda… y cuentas con los otros en cuanto que estás apegado a ellos y en cuanto a que son útiles para tu labor. Y ahí cada uno es lo que es.

A mí me gusta pensar que soy lo que parezco, aunque eso sólo puede saberlo la gente muy, muy cercana, que ha compartido conmigo partes de mi variada vida con la intimidad suficiente para que mis actuaciones no estuvieran envueltas con papel de regalo según para quién. Pero es verdad que esa gente muy, muy cercana, que ha compartido conmigo mi vida, también ha compartido afecto con distintas intensidades, circunstancia que creo nos vuelve poco objetivos, por lo que serían testigos contaminados que no podrían ser objetivos en su apreciación. Así que… ¿cómo voy a saber yo cómo soy? ¿cómo es mi génesis, eso que es mi origen, mi principio, lo que de verdad soy?

¿Será que mis afectos han conectado sus génesis y la mía y es esa la razón de nuestra cercanía? ¿Y si no es así? ¿Y si lo que nos une no es génesis y son sólo las capas exteriores que nos hemos ido añadiendo y que nada tienen que ver con ella?

Sería un experimento curioso, poder trasladar a cualquier grupo humano (laboral, familiar, personal…) a un lugar en el que cada uno haya de presentarse sólo con lo que es, descargado de las capas que nuestro moderno mundo nos ha ido añadiendo. ¿Mantendríamos nuestros afectos? ¿Los cambiaríamos?

Sería la pera poder vernos reducidos a pura génesis y sentirnos a gusto o, incluso, orgullosos de ella. Y sería la repera poder tratar a nuestra gente cercana en esa misma situación, para acercarnos a ellos sin capas, y ver cómo somos de verdad y si ese nuestro ser nos permite conectarnos con cercanía. Y sería ya la pera limonera rodearnos sólo de génesis humanas afines y complementarias de la nuestra, para que, aunque con el tiempo volvamos a cargarnos de capas y creamos distanciarnos, podamos elegir reducirnos a génesis (aunque sólo sea un ratito) para experimentar otra vez lo que realmente nos une. Seguro nuestra vida sería mucho más tranquila y feliz. Al menos la mía.

 

 

 

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4 pensamientos en “Génesis

  1. Muy interesante y muy complejo. No es posible alcanzar el conocimiento objetivo, el cómo es nada en sentido puro, per sé, desde fuera, porque siempre tenemos el filtro del yo. Pero ni siquiera de manera subjetiva es sencillo hacernos una idea concluyente y única en cuanto al autoconocimiento, pues no somos siempre iguales, en el cómo nos comportamos y en el cómo somos, si bien hay ciertas constantes o tendencias o esencias, hay variaciones en función de cómo son las personas con las que nos estamos relacionando, nuestros estados de ánimo, y una larga serie de circunstancias.
    Supongo que hay parte de nosotros que permanece en el tiempo y es aquello que pertence a nuestra esencia, y otra que fluctúa en función de las circunstancias (como podría ser vivir en una gran ciudad o en una tribu cerca de la génesis).
    Nos podemos pasar la vida estudiándonos y tratando de conocernos del todo, pero -quizás por suerte, porque es más fascinante- no lo lograremos nunca.

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