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Una de las noticias de esta Semana Santa ha sido la doble canonización de dos Papas. A pesar de que vivamos en un país laico y aconfesional, o eso nos dijeron los padres de la Constitución, la cobertura mediática de este evento ha superado para mí lo máximo soportable, sobre todo por el agravio comparativo con otras noticias. Que le dediquen veinte minutos de reloj a las canonizaciones y un par de minutos al conflicto ucraniano que si necesita de análisis más profundos para que podamos entender lo que está pasando allí y dejen de manipularnos me enerva especialmente.

No obstante y siguiendo con la noticia religiosa, me entero que para ser declarado Santo tienes que tener dos milagros probados, y así informan someramente de los nombres y las enfermedades que padecían las dos afortunadas merecedoras del milagro de Juan Pablo II, lo demás no pasa de ser una era crónica de sociedad de quien ha ido, como y que felices estaban todos. Alguna cadena menciona de pasada el lucrativo negocio que las canonizaciones suponen para el Vaticano pero tampoco como para estropear tan sacra jornada.

Ante mi sorpresa por lo de los requisitos de la santificación, ya que yo pensaba que es que había que ser bueno, o muy bueno, que eso es también difícil de probar, porque con lo de pecar de pensamiento la Iglesia lo puso muy difícil, busco en Google los mencionados milagros, para ver como fueron y si hubo pruebas médicas y todo eso a lo que las personas escépticas y pragmáticas como yo damos tanta importancia. Me encuentro con testimonios de las personas que sanaron milagrosamente (nunca mejor dicho) ante el asombro de sus médicos. Doy por sentado que la “Comisión Teológica de la Congregación para la Causa de los Santos” encargada de verificar este tipo de hechos y a la que supongo totalmente independiente y objetiva habrá dictaminado sin ningún tipo de presión ni prejuicio.

También me imaginaba algo más de teatralidad en los milagros, estaba convencida de que habría una imposición de manos, un acercamiento físico al menos entre el Santo y la persona sanada, pero no. Todo se hizo a distancia y debo suponer que sin que el mismísimo Papa supiera que había obrado un milagro, ya que la fuerza la pusieron las dos mujeres que rezaron con toda su fe por su curación.

Y en este punto es donde se me presenta la misma pregunta que ningún creyente ha sido capaz de responderme. ¿Por qué a unos si y a otros no? ¿Por qué a esa madre que está rezando con todas sus fuerzas por la vida de su hijo no se le concede la gracia del milagro? ¿Por qué son desoídas tantas oraciones y plegarias? ¿No son lo suficientemente buenos? ¿No se lo merecen? ¿Están contados los milagros y como cualquier lotería le toca a quien le toca?

Que conste que lo pregunto sin ánimo de molestar a los que tienen creencias religiosas, pero en pleno siglo XXI yo no puedo creer en milagros, sobre todo si buena parte de la Iglesia declara no creer en ellos.

Y si es que si (que todo puede ser) pienso que algún ser supremo (de todos los que dicen que hay) debería hacer horas extras para ver si arregla los desaguisados que según ellos ha causado por aquí abajo nuestro libre albedrío.

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3 pensamientos en “De milagros, santos y hombres

  1. Llevo muchos días pensando en responder y no he tenido tiempo. Creo que te haces dos preguntas principales en tu entrada, que voy a tratar de responder.
    La primera es la de la necesidad del milagro para la santidad: está mal planteada: la santidad es cosa de cada día, de lucha, de caer y levantarse, de amar a Dios y a los demás, hasta un grado heroico. Otra cosa es la ‘canonización’, es decir, el reconocimiento por parte de la Iglesia de que esa persona fue un cristiano cabal y como consecuencia de sus virtudes -a veces, del martirio- está en el cielo. Y sabemos que está en el cielo porque se produce algún hecho extraordinario, normalmente una curación sin explicación médica. Los procesos de canonización exigen un proceso largo, en el participan muchos testigos -siempre, también contrarios a la canonización, si el sujeto en cuestión es reciente- y hay todo un dicasterio en Vaticano -un ‘ministerio’- dedicado a eso. O sea, el milagro es la guinda, no la base del pastel.
    Y el segundo problema es el de por qué unos se curan y otros no, es decir, por qué Dios oye unas oraciones y otras no. Los cristianos pensamos que Dios oye todas las oraciones y decide lo que nos conviene: nos sabemos hijos suyos, y que nos trata como un padre o una madre a los suyos… que no siempre ven los motivos de su comportamiento.
    La magia es la formulación de unas palabras con resultado exacto. Si no se produce, está mal hecho el hechizo. Lógicamente, no existe. Si se invoca al diablo para lograrlo, se llama magia negra.
    La diferencia entre la magia y la oración es que en la oración nos abandonamos a la voluntad de Dios. Y como creemos en otra vida, allí veremos los resultados de nuestra oración y los planes de Dios.
    Dicen los que están cerca de Dios (del Dios cristiano) que la buena oración tiene tres requisitos: es humilde, confiada y perseverante, y que Dios siempre nos escucha, aunque a veces, parece que no nos oye. Puede por tanto que recemos mal. Hay una novela -‘La última del cadalso’, de Gertrud Von le Fort- ambientada en la Revolución francesa, en la que unas monjas son amenazadas de muerte. Una de sus amigas dice ‘Dios nos salvará’, pero las monjas piensan de otra manera: ‘Dios nos dará fortaleza’. Son dos oraciones diferentes, con resultados diferentes: el segundo conduce la paz, si se hace con humildad.
    Pero la gente de hoy no entiende -lo decía C.S. Lewis en ‘Mero cristianismo’- que para acercarse a Dios ‘hay que ponerse de rodillas’, y se limita a hacer como Julia Roberts en ‘Come, reza, ama’: ‘Dios, si estás ahí, hazte presente’, así que se va a la India.
    En fin, siento haberme extendido tanto. Y no sé si sirve de ayuda.

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