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Está a punto de acabarse el lunes y esta vez no quiero que se me acabe sin seguir a Carmen, con sus preguntas del miércoles. Esas preguntas de uno de sus párrafos, que transcribo literalmente: Y en este punto es donde se me presenta la misma pregunta que ningún creyente ha sido capaz de responderme. ¿Por qué a unos si y a otros no? ¿Por qué a esa madre que está rezando con todas sus fuerzas por la vida de su hijo no se le concede la gracia del milagro? ¿Por qué son desoídas tantas oraciones y plegarias? ¿No son lo suficientemente buenos? ¿No se lo merecen? ¿Están contados los milagros y como cualquier lotería le toca a quien le toca?

Dice Carmen que ningún creyente ha sido capaz de responderle. Y ninguno hay, según mi opinión. Buscamos creer en algo más allá de lo que vemos para intentar entender un mundo extraño, o para buscar respuesta a preguntas que no la tienen.

En particular, los católicos, desde mi punto de vista (puesto que tengo claro que cada creencia pasa por un tamiz personal) creemos en un Dios que, para ser digno de amor y alabanza, ha de ser justo y bueno, y todopoderoso. Un Dios bueno que quiere lo mejor para sus hijos, un Dios justo que, a pesar de ser benefactor para los suyos no va a adjudicar maldades para otros simplemente por no creer en él, y en un Dios todopoderoso que puede ayudarnos cuando las cosas se nos tuerzan. Creemos, al menos yo y gran parte de los católicos con los que puedo hablar del tema, en un Dios que nos quiere felices, a los creyentes y a los no creyentes, un Dios protector, al que pedimos que nos “libre del mal”.  En resumen en lo que decía al principio: un Dios bueno, justo y todopoderoso.

En eso creemos. Pero luego está el mundo. Este mundo injusto en el que vivimos, con desigualdades económicas, culturales o  vitales… enormes. Con una diferencia de oportunidades en cuanto a educación o, lo peor de todo, supervivencia, increíbles. Y por un lado puedes creer que, teniendo a Dios de tu parte, nada malo te puede tocar pero, por otro lado, piensas que, el Dios justo en el que crees, no te haría pasar por delante de gente sin fe que sufre mucho más que tú. Y, siendo todopoderoso, quizá podría arreglar las cosas graves que de verdad pasan: en Siria, en Ucrania, en el Congo, en Somalia, en Sudán del Sur, en… Pero no vemos que nada pase. Y, a cualquier cristiano con dos dedos de frente, esto le produce dudas.

Hace años se localizaron y tradujeron unas cartas privadas de la Madre Teresa de Calcuta y, una de las cosas que más sorprendía de leer sus manuscritos, eran sus dudas profundas sobre sus creencias.

Lo de creer, tanto cuando es en la existencia de un Dios o en la honestidad de un político o en la confianza de un amigo o en la lealtad de tu pareja, no deja de ser un acto de voluntad. Uno decide creer, a veces a pesar de que todas las señales parezcan contradecirte.

A mí no me da miedo la gente que cree en dioses varios, en reencarnaciones, en sus opciones políticas, en su asociación, en su sindicato, en su grupo de amigos, en que el Madrid ganará la liga o en que el Atleti ganará la Champions o hasta en que la Roja ganará el Mundial. Todo es cuestión de fe y de elección personal.

A mí quien me da miedo es quien no duda, quien torna su creencia en verdad irrefutable que usa para agredir, verbal o físicamente, a los que no comparten su misma opción. Me dan miedo quienes, en nombre de sus ideas o creencias superiores (superiores para ellos, claro) y sin ningún asomo de duda, están a la cabeza de cualquier organización, política, económica o religiosa. Me dan verdadero miedo. Porque una cosa es creer en algo y otra muy diferente creer que los que no opinen como yo están tan equivocados que deben ser instados a cambiar de opinión, como sea. Y que mi superior creencia es mejor porque es mía pero me permite también sentirme superior a los otros miles de mortales que no opinan como yo. Eso me aterra. Y, si no me equivoco, al propio mundo también, porque anda que no ha sufrido, y me temo tendrá que sufrir, calamidades a cuenta de todos estos, de los que no dudan ni dudarán jamás. Qué miedo.

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5 pensamientos en “Dudar… o no

  1. Que sepas que desde mi descreimiento admiro a la gente que como tu, y aún mirando alrededor y viendo lo que hay, sigue creyendo en algo. Besos!

    • Yo, en general, admiro a la gente que no se queda en lo que ve y no le gusta y va más allá, en lo espiritual, en lo personal, en lo laboral, en lo sentimental, en lo literario, en lo creativo… en todo. Y ahí también andas tú. Un beso grande.

  2. He respondido a Carmen en su comentario, por lo que a él remito. En cuanto a dudar o no, hay varios planos:
    Los cristianos hemos aprendido a dudar de nosotros mismos a fiarnos de Dios. Lo que no quita que haya habido errores en la historia de la Iglesia, a veces muy grandes (y que habría que matizar entendiéndolos desde la época).
    Pero no te olvides que los mayores horrores de la humanidad se han cometido en el siglo XX por parte de ateos y ‘cientifistas’: los regímenes totalitarios los llevaron a su plenitud, pero la eugenesia -la eliminación sistemática de los pobres, débiles, enfermos, disminuidos, etc- empezó en USA, Suecia y Suiza a principios de siglo: si la evolución que ha ‘demostrado’ Darwin no va suficientemente deprisa, ayudémosle un poquito.

  3. Chestersoc, creo que no es cierto que todos los cristianos creamos lo mismo. A mi, en todo tipo de ideologías, me parece imposible la repetición calcada de una creencia o idea en seres humanos diferentes y con criterio propio. Y, como persona normal y corriente, no me tranquiliza nada que en el reparto de culpas se pueda pensar que otros lo hicieron peor. La iglesia católica (las jerarquías) cometieron enormes errores y aún cometen algunos (desde mi punto de vista), y los católicos (religiosos o no) han cometido graves errores supuestamente en nombre de su religión, y aún se cometen de perfil variado. Pero eso no es ley, el ser religioso o católico sin votos no te hace culpable de los errores de otros y, por otro lado, el definirse como “católico” no sirve de patente de corso para actuar a conveniencia adaptando las leyes de Dios o de la Iglesia en beneficio propio (que eso lo hacemos todos) pero, sobre todo, nunca en perjuicio ajeno. Por eso quizá a mí me asusta la gente que no tiene dudas, la que se siente amparada por su religión o ideología haga lo que haga. Toda idea o creencia ha de pasar por el tamiz del criterio y del sentido común de cada uno, porque la culpa de los errores que cometemos es nuestra, de cada uno, no vale echarle la culpa a Dios, a un partido político, a una bandera, a un país… o a lo que sea.

  4. Me parecen bien tus dudas, pero nuestro intelecto está hecho para la verdad y un buen grado de certeza. Hoy cunde el escepticismo y la ‘tolerancia’. Si alguien se arroga la verdad absoluta -lo que hacen los fundamentalistas (islamistas, protestantes y algunos ateos militantes)- está equivocado. Pero el católico tiene tal combinación de sentido común y fe, que vive tranquilo y confiado -que no es pasota, ni ajeno a las dificultades personales y colectivas.
    Chesterton lo explica mucho mejor que yo, desde luego.

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