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Todos pensamos que nuestras ideas y nuestros puntos de vista son los mejores, porque, de lo contrario, pensaríamos de otra forma. Lo que ocurre muchas veces es que el haber estado convencido de algo y darse cuenta después de que había otra opción mejor es difícil. Se trata de reconocer un error, y este reconocimiento es un proceso complicado al que no todo el mundo está dispuesto (por falta de costumbre, por incapacidad moral… vete a saber)

Pero existe un proceso mucho más complicado, y es cuando unas ideas no nos afectan sólo a nosotros, sino a un gran conjunto de personas, se tiene la posibilidad de imponer la nuestra, que es la que consideramos mejor –como poco para nosotros- y que otras personas con ideas diferentes –y por tanto peores que la nuestra-, reclamen su derecho a decidir también: el compartir esa decisión es difícil, dificilísimo, por lo visto.

Podría estar hablando de la paternidad, por ejemplo. El padre o la madre creen saber lo que es mejor para el hijo y le imponen su criterio. Unas veces puede ser un acierto y una obligación incluso, pues si los padres dejaran a los hijos decidirlo todo no irían al colegio, sólo comerían patatas fritas y chocolate, no se lavarían los dientes jamás, ni se ducharían, y un largo etcétera. Pero otras veces podría ser dudoso, pues con la mejor intención que se les presupone a los amorosos progenitores, el imponerles según qué cosas puede representar una falta de respeto hacia el niño, que al fin y al cabo, es una personita con un criterio, unos gustos y unas aptitudes y deseos determinados.

Pero en concreto hablo de gobiernos, de gobiernos de países, de partidos…. Que gobiernan y toman decisiones en nombre de personas adultas, porque saben mejor que ellos lo que les conviene, que para eso los han elegido… no?

Resulta que una de las demandas del partido que ha irrumpido en el panorama político actual, es un incremento del poder de decisión de los ciudadanos en las decisiones políticas que más les afectan de forma directa. En el artículo 22 de su programa dicen así: “Ampliación y extensión de la figura del referéndum vinculante, también para todas las decisiones sobre la forma de Estado y las relaciones a mantener entre los distintos pueblos si solicitaran el derecho de autodeterminación.” Las pretensiones de ampliar la capacidad de decisión de la ciudadanía se percibe como amenaza.

Pero no sólo eso, sino el hecho de que nos estemos encontrando con una mayor diversidad de partidos que podrían llegar a tener representación en el congreso, para muchas personas –no sólo para los actuales gobernantes, cosa que me llama poderosamente la atención- es también una amenaza. Dicen que el fin del bipartidismo originaría un Congreso ingobernable. ¿Ingobernable? No, sería perfectamente gobernable, pero cada decisión exigiría un debate y un consenso amplio, algo a lo que no estamos en absoluto habituados, hasta tal punto que se considera ¡¡¡un imposible!!!. Pero sin embargo, en la vida real, se hace constantemente. Se toman todo el tiempo decisiones que afectan a la convivencia (en trabajos, comunidades de vecinos, colegios, asociaciones….) entre muchas personas que son, cada una, de su padre y de su madre. Y no obstante son capaces de llegar a acuerdos, tomar decisiones, y seguir adelante.

Y si he visto un claro ejemplo de lo que cuesta democratizar las decisiones, ha sido estos últimos días en el seno del PSOE. Resulta que las ideas de la vieja estructura no han parecido bien a los votantes. Pero no obstante siguen convencidos de que sus ideas son mejores que las de los demás, puesto que no quieren permitir abrir la decisión acerca de su futuro a sus militantes, y continúan en el empeño de conservar el poder de decisión para imponer las propias.

Cuánta humildad hace falta todavía en las personas que ostentan el poder de decidir, cuánto ejercicio de respeto hacia los ciudadanos (he visto tanto aspaviento ante la idea de que decida la ciudadanía, como si fuéramos considerados una panta de analfabetos sin pleno uso de nuestras facultades, que me he sentido bastante ofendida: yo también tengo ideas, y desde luego pienso que son mejores que las actuales, y como yo todo el mundo). Y cuánta conciencia hace falta sobre quienes también deberíamos poder hacerlo y consentimos que toda participación en las decisiones nos sea vedada (salvo el voto cada cuatro años). Cómodo es, pero ¿nos gusta que nos traten como a niños?

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Un pensamiento en “El miedo a la libertad ajena.

  1. Muy de acuerdo (nuevamente) de hecho la figura del referendum es habitual en muchos países, suele atacarse esto con lo de la escasa participación, bueno, si haces coincidir las preguntas con alguna cita electoral supongo que sería bastante alta.

    en todo caso, aunque fueran qué se yo, 10.000 personas las que decidieran votar en un referendum, ya serían 9.650 más que las que votan las leyes actualmente.

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