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Leía el post de Ana este lunes mientras hacía de hombro virtual para mi hija por medio del WhatsApp, esa gran herramienta actual de comunicación rápida tan propiciadora de equívocos. Por supuesto me sentí totalmente identificada y además me gustó mucho el término de coach mental, porque sí, en cierto modo somos eso, no solo nos ocupamos de alimentar y abrigar su cuerpo, también está su mente, y eso si que es difícil, sobre todo si queremos que nuestros hijos sean de los que tienen la cabeza bien amueblada.

Como bien dice Ana, progresivamente la vida se va complicando y en mi casa estamos en ese momento de la adolescencia donde más o menos explosiona todo, donde no entienden nada. Las relaciones entre los amigos se vuelven confusas, amigas que antes te adoraban ahora te hacen el vacío, te levantas por la mañana con la total seguridad de que va a ser un día horrible, y por supuesto lo es porque no hay nada como la negatividad como estropear un bonito día, y si a eso le sumamos los miedos e inseguridades propias de la pubertad, no hay día que no se masque una tragedia psicológica en casa.

Afortunadamente a los días aciagos y depresivos le siguen otros optimistas y apasionados, y entre ellos estamos nosotras, intentando moderar a base de recuerdos prehistóricos y experiencia vital, de la que no suelen hacer mucho caso pero que consuela.

Solo hay una pega a la hora de ser coach mental de tus hijos, es la imposibilidad de desconectar, si ya cuesta hacerlo de los problemas laborales esto de recibir tanto desasosiego, inquietud y pregunta sin respuesta lógica dentro del ámbito privado es a veces angustioso, sobre todo en las épocas negativas. Y yo que tengo la empatía muy desarrollada me acuesto con los problemas de mis hijos en la cabeza buscando soluciones fácilmente aplicables dentro de sus circunstancias y quitándome ratos de sueño.

Y yo no recuerdo mi adolescencia tan complicada, aunque creo que mis padres opinarían lo contrario, porque para ellos si lo fue, solo que al contrario que ahora para ellos lo fue por mi incomunicación, por su desconocimiento de que hacía, donde y con quien lo que les intranquilizaba sobremanera, mientras que yo tengo un exceso de ese tipo de información, hasta fotos y copias de conversaciones me mandan para “que vea lo que ha pasado”.

Resumiendo, que a veces me encuentro pérdida porque lo que yo considero consejos sensatos para intentar solucionar problemillas de relaciones entre adolescentes no sirven para mucho en este mundo de mensajes rápidos, afectos exagerados en las redes sociales y el maldito invento del WhatsApp de los demonios.

Con lo bonito que era quedar en un sitio y decirse las cosas a la cara.

 

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2 pensamientos en “Del whatsapp y sus secuelas

  1. precisamente estaba terminando de escribir sobre el tema, que también me ocupa mucho pensamiento.
    mi jefa el otro día se quejaba de lo difícil que era gestionar los recursos humanos en el trabajo. y le contesté que sí, pero que de estos se desconecta, mucho más difícil es gestionar los rrhh de casa. los tienes en la cabeza de forma permanente…

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