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Pues tal y como ha recogido Karmen el testigo en su capítulo dos, en el momento actual (en el pasado no existía ni siquiera la opción de elegir), también creo que cuando una mujer tiene que decidir entre prosperar y ascender en su carrera laboral, pudiendo optar a puestos de responsabilidad y directivos, o encargarse de la educación y el cuidado de los hijos, en muchas ocasiones, no es que nadie le prive de lo primero, sino que ella misma decide lo segundo. Es decir, a pesar de nuestras posibles mejores condiciones para la organización y el liderazgo, muchas veces decidimos no ostentarlo fuera de casa pues no es nuestra prioridad.

Karmen cuenta que tuvo que decidir, cuál fue su decisión y su por qué. Yo también tuve que decidir. Con 23 años me sorprendió mi primer hijo. En la firma donde acababa de empezar a trabajar tras terminar mi carrera tenía grandes oportunidades de desarrollo, pero salía de casa a las ocho de la mañana y raro era el día en que llegara antes de las nueve de la noche. No me había dado tiempo a hacer carrera, pero cambié de trabajo cuantas veces fue necesario, hasta que por fin conseguí –algunos años después y a costa de cargarme toda posibilidad de ascenso o promoción, y de vivir con un sueldo que me obliga a agonizar a fin de mes- un trabajo que me permite ocuparme de mis hijos por las tardes.

Y hasta ahora hablamos de renunciar a trabajos relativamente poco vocacionales (o nada, al menos en mi caso). Trabajos en los que, básicamente, el tener un puesto directivo repercute en el nivel de vida y quizás en satisfacer ambiciones de prestigio social. Pero no hablamos de una renuncia tan terrible como es el renunciar a dedicar el tiempo a aquello que nos realiza y nos hace felices, a nuestra vocación. También a eso renunciamos. Sin ir más lejos, mi cuñada: doctora, y con grandes posibilidades en el campo de la investigación biomolecular, cuya gran pasión es la investigación y la ciencia, que lleva sin trabajar dos años, desde que tuvo a su primer hijo, me decía que estaba buscando trabajo de nuevo, pero que si volver a la investigación le suponía tener que renunciar a dedicarle las tardes a su hijo, buscaría otros trabajos, incluso otras profesiones, aunque no le gustaran nada.

A mí me parece terrible esa tesitura en la que es necesario tener que elegir entre la vocación y el cuidado del hijo. No debería ser necesario tener que renunciar.

Y si queremos salir de tanto caso real, y necesitamos una historia cinematográfica para darnos cuenta de que esas decisiones se toman y además libremente, dejo una cita de la peli Kill Bill 2, cuando la Novia, guerrera legendaria, asesina vocacional, le contesta lo siguiente a Bill cuando le pregunta por qué quiso dejarlo, por qué estaba dispuesta a vivir en un rancho una vida de paleta y renunciar a aquello que le apasionaba: “Antes de que la línea se pusiera azul (se refiere al predictor), yo era una mujer. Era tu mujer. Era una asesina que mataba para ti. antes de que esa línea se pusiera azul, Habría saltado desde una moto a un tren a toda velocidad. Pero cuando la línea se volvió azul, ya no pude hacer nada de eso. Nunca más. Porque iba a ser madre. ¿Puedes entender eso?”

Esto no significa que no haya mujeres que elijan su profesión (sea o no vocacional) y deleguen el cuidado de sus hijos en la pareja si es que esta puede, o en una tercera persona (abuelos, cuidadoras, etc…). Y las hay que logran saciar sus ambiciones profesionales y las hay que no, a pesar de todo, quizás porque el entorno masculino no esté acostumbrado a este tipo de decisiones, y eso genere una cierta desconfianza. Pero a algunas de las que conozco que han decidido así las he escuchado lamentarse de sus horarios y del poco tiempo que tienen para ellas y para sus hijos.

Es lo que tienen las renuncias. Porque tampoco las que hemos decidido emplear nuestro tiempo en la educación y el cuidado de los hijos estamos exentas de frustraciones. Y es que no siempre es gratificante. De hecho el día a día suele ser ingrato, rebosante de reproches y protestas: otra vez verduras, no, por favor…. otro sermón no, por qué me tengo que lavar los dientes a diario, etc… La gratificación llega en momentos más puntuales, cuando te das cuenta que van creciendo y que lo hacen bien, que aprenden a superar fracasos y a obtener éxitos, cuando desarrollan sus habilidades y su personalidad, cuando adquieren autonomía e independencia, cuando les ves felices. Y no es que sea una labor que se realice esperando una contraprestación, pero bueno, de vez en cuando sí que anima el saber que para ellos es positiva tu presencia, que aunque se quejen de tantas cosas les gusta tenerte cerca.  Recuerdo un día en que a la salida del cole les pregunté por su día y contestaron bien a secas, y me preguntaron ellos después por el mío, y les dije que mal, que estaba muy disgustada porque a una amiga le habían diagnosticado un cáncer. Me preguntaron si tenía hijos. Sí. El comentario del mayor fue  “pues lo deben estar pasando fatal”.

Y del tiempo para nosotras ni hablamos. Porque estar más horas en casa no significa en absoluto más tiempo para ti. Ese hay que robarlo y conquistarlo, también a fuerza de otras renuncias.

Además, el cuidado de los hijos es una ocupación con fecha de caducidad, larga, pero con caducidad, de modo que, tras haber dedicado no sé cuántos años de tu vida, precisamente los de tu juventud, al precio de haber renunciado a un trabajo mejor, o a cultivar aficiones, o amistades, o…. en pos de que tus hijos puedan cultivar las suyas, y tengan las herramientas necesarias para poder desenvolverse en la vida, ellos un día se van a vivir su propia vida. Y eso está muy bien. Era el objetivo. Y entonces, con una edad más que considerable, con la vida de ellos encaminada, empiezas a pensar en la tuya. Y… parece que es ya tarde para todo. Volviendo al cine, ayer viendo Boyhood, la madre (interpretada por Patricia Arquette) cuando el hijo menor se va de casa decía algo así como Este es el peor día de mi vida. Sabía que este día llegaría, pero porqué está ocurriendo ahora? Se han ido cumpliendo todos los hitos de la vida. Me he casado, he tenido hijos, me he divorciado, he vuelto a la universidad,he conseguido el doctorado y el trabajo que quería, mis dos hijos se van a la universidad…. ¿Qué sigue? ¿Mi propio funeral?… (Llorando) Yo sólo pensé que habría algo más.” Ese yo pensé que había algo más me arrancó una lágrima.

Pero si seguimos con las renuncias, no sólo las mujeres renuncian con gran frecuencia a algo para ellas si ese algo choca con intereses fundamentales del hijo, sino también cuando el interés fundamental que peligra es el de la pareja. En general, algo nos ha puesto la naturaleza para hacernos más sencillo este actuar en favor de las personas a las que amamos. Dice mi amiga Raquel que es la empatía, que por cierto, también en términos generales, dice la neurociencia que se nos da mejor que a ellos. Pero no sale gratis. En realidad nada sale gratis en el momento en el que hay una renuncia. Las renuncias causan dolor, sentimiento de culpa y de haber fallado (si el renunciado es el ser amado), o de fracaso, merma de autoestima y de la percepción de satisfacción con la propia vida (si lo renunciado es lo profesional o vocacional). Dolor en cualquier caso.

Supongo que es ahí donde reside el gran problema. En esas renuncias atroces. Supongo que es muy difícil que en toda una vida no haya un montón de momentos en los que se haga necesario elegir: café o colacao, falda o pantalón, cine o cena…. Pero que sea tan frecuente la necesidad de escoger precisamente entre dos aspectos tan fundamentales de una persona, persona que con mayor frecuencia es una mujer, como la elección entre hijos (o pareja) y profesión, o la más desgarradora que se me ocurre que es entre hijos (o pareja) y vocación, es una crueldad terrible demasiado frecuente en nuestra realidad. Se habla de una conciliación que no existe en la práctica. La habrá quizás cuando las jornadas laborales, las de todos: hombres, mujeres, directivos, técnicos y operarios, las de todos, sean compatibles con otras facetas fundamentales de la vida. Como los hijos, como la realización personal. Pero no por frecuentes deberíamos conformarnos con este tipo de renuncias, ni consentirlas, ni resignarnos. Porque debería poderse todo. Sí, tiene que haber algo más.

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