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Tengo que reconocer que en los últimos días me he relajado. He bajado los niveles de sangre en vena para dejar de sufrir colapsos, y ahora mismo estoy en un modo más zen. Me considero una persona especialmente cíclica, y tras las furias que me han acompañado últimamente ahora llega la calma, o la época para coger el aire suficiente para poder volverme a enfadar.

¿Cómo se consigue eso? Bueno, pues hay varias fórmulas. Para poder disfrutar de un estado de ánimo zen, además de una cierta predisposicion personal, es necesario tomar una serie de medidas. Una de ellas es tomar distancia. Eso se consigue encendiendo la tele una vez terminados los informativos y viendo más cine y menos debates. En el coche, siempre música. Esquivar en internet y redes sociales las opiniones relacionadas con la actualidad. Incluso las viñetas cómicas, aunque en caso de necesidad yo creo que por un buen Forbes no se altera el karma.

Esto podría considerarse como el tradicional método de vivir en la ignorancia. Pero no. Si tonta no soy, y algunas cosas no las ignoro muy a pesar de mi toma de distancia. Y es que el ser humano, en gereral, tiene una vertiente muy terrible y muy poco civilizada. Que si en este país se defrauda, se roba y se prevarica, en otros se cavan y descubren -con la mayor naturalidad- fosas comunes, y se ordenan asesinatos selectivos. Y en otros ni tan siquiera se selecciona, sino que las muertes se provocan a diario y de forma indiscriminada. Que las riquezas están cada día peor distribuidas, y que quienes acaparan cada vez acaparan más y quienes carecen cada vez carecen más.  Y que la filosofía imperante es la de preocuparse por uno mismo, y los demás que espabilen. Como norma. Así que no vivo en la ignorancia, sólo renuncio durante unos días a ver ejemplificada esta faceta terrible en titulares durante unos días.

Y si esto es así ahora, y en realidad, repasando la historia de la humanidad en los últimos dos o tres milenios, por no irnos tan lejos, ha sido así siempre, ¿por qué nos seguimos enfadando una y otra vez? Quizás sea una cuestión de gestión de expectativas, pensábamos que éramos mejores de lo que somos. Pensábamos que estábamos en otro momento de evolución más evolucionado. Pero no. Y no terminamos de aceptarlo nunca. Siempre seguimos esperando ser la humanidad que no somos, y nos defraudamos una y otra vez. Supongo que aceptar que el ser humano es terrible es igual a resignarse. Y que el indignarse con todo aquello susceptible de mejora es el primer paso para mejorar.

Pero como eso ya lo sé, y hay días en los que hace falta un estado de buen karma, zen o al menos cierta paz, además de dejar de ver las noticias y de constatar esa faceta terrible y decepcionante de la especie a la que pertenezco, decido concentrar mis esfuerzos en ir descubriendo e investigando otros aspectos menos terribles. Tampoco es que me esté centrando en sus contrarios maravillosos, sino en cosas poco excepcionales. Como, por ejemplo, cuál es el número máximo de personas con las que se puede mantener una única conversación.

Y no sé por cuánto tiempo, pero, por ahora, funciona….

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2 pensamientos en “Los tiempos de paz

  1. También hay que tener en cuenta que la información de actualidad, salvo excepciones, cuenta solo lo malo, es una realidad sesgada. También hay bueno pero de eso no se suele hablar porque forma parte de lo cotidiano y lo normal de cada día no es noticia. El ser humano es capaz de muchas aberraciones pero también de todo lo contrario. Pero me alegro que estés en modo zen para que luego te puedas volver a mosquear con tus fuerzas renovadas.

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