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Hoy es festivo en Madrid y he podido aprovechar la tarde viendo una expo un poco filosófica y, con la inercia de la conversación del café posterior con mi acompañante, he regresado a casa leyendo en el metro el artículo del viernes de Patricia. Así que hoy parece que, entre los dioses mediterráneos y Patricia, me han dado decidido el tema.

En los últimos Euler hemos hablado varias veces de ese cabreo que se instala en nuestros ánimos a costa de las noticias de este otoño que, una tras otra, parecen empeñarse en que perdamos la esperanza en cuanto al progreso real del género humano o a su persistencia en esa humanidad que parece dejar de ser inherente a la especie.

Pero, cuando hablamos de ese cabreo, creo que agrupamos más sentimientos. Porque son dos los que yo al menos puedo identificar.

El primer sentimiento es un enfado monumental, provocado por y dirigido hacia quienes cometen los delitos y quienes los amparan,  quienes valoran con distinto rasero la vida de quienes viven cerca y de quienes no (quizá de eso pecamos todos), las guerras insensatas o las insensatas guerras, que tanto da, quienes no ponen reparo en amparar estados en los que ni siquiera el derecho a existir está garantizado, quienes conscientemente mantienen a la población de esos lugares en esas condiciones, quienes tienen en su mano mejorar el mundo y no lo hacen, quienes ponen trabas insensatas a quienes quieren mejorar el mundo (pequeño y grande) … y así podría seguir párrafos y párrafos, pero a mí el enfado me parece un sentimiento absolutamente sano, liberador.

Pero luego está el desasosiego, ese que te queda cuando una noticia te impresiona, y después otra, y otra más. En ese punto en el que parece que el corazón está haciendo callo porque te da igual el conocimiento del imputado del día (hoy, cómo no, ya tenemos el correspondiente) porque nada parece comparable al asqueroso (por horrendo y culpable) destino de los 43 estudiantes mexicanos, o al de los niños y niñas a merced de Boko Haram, o los centenares de enfermos de ébola en condiciones pésimas sólo paliadas por ONG sin que los gobiernos del primer mundo se decidan a enviar recursos…

El cabreo es por los hechos pero el desasosiego viene por la falta de entendimiento, porque hay una parte de la población muncial (que quiero yo pensar que es absolutamente mayoritaria) a la que estos hechos le resultan inconcebibles, incompatibles con la condición humana de nuestra raza. Porque seguimos sin entender el mundo, y seguimos sin entendernos a nosotros mismos.

¿De qué nos ha servido Platón, Pitágoras, Heráclito, Aristóteles…? ¿Para qué nos han servido tantos estudios, tanto pensamiento sobre las grandes preguntas? ¿Para qué tanto estudio del ser humano? ¿Para qué? Si aún no entendemos nada.

Quizá resulte que no hay nada que entender, que el mundo es así y punto, y debemos acostumbrarnos al desasosiego, a la incertidumbre o, mejor, volvernos impasibles y, para dejar de sufrir, aislarnos del mundo definitivamente (y no a ratos como Patricia) y, lo que es más importante, dejar de hacernos preguntas, dejar de empeñarnos en entender un mundo ininteligible….

Quizá deberíamos sí, pero si hay algo que, como seres realmente humanos, nos ha de distinguir del resto de seres que pueblan el mundo, es la capacidad de hacernos preguntas, el ansia de aprender, el de conocer para entender.

Quiero yo pensar que, mientras existan mujeres y hombres en los que perdure el instinto protector de la especie y la capacidad de hacerse preguntas, no todo estará perdido. A ver si es verdad.

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