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Hoy no es viernes, pero después de la sequía que se inició la semana pasada tras el imponente artículo de Ana, y ya que el otro día escribí unas reflexiones, me ha parecido oportuna lloverlas aunque no tengan que ver con los temas tratados últimamente, ni sea el día acordado.  Y estas reflexiones versan sobre la constatación de que algunas personas sufren de un trastorno sorprendente, que consiste en sentirse invisibles cuando se encuentran en el interior de un automóvil.

Esta apreciación es deductiva. Es decir, ningún afectado me ha confirmado esta creencia, posiblemente ni siquiera sean conscientes de su trastorno.

Mi artículo de hoy tiene por objeto desmontar esta ilusión, y hacer conscientes a todos los seres humanos con una serie de argumentos de que, a pesar de estar en el interior de un vehículo, siguen siendo visibles.

Uno de los comportamientos observados que me han dado pie a tal delirante deducción, quizá el más anecdótico, es que con cierta frecuencia es muy posible ver a través del cristal a un conductor u ocupante de otro vehículo, hurgando con deleite su nariz, para relamerse después con el botín encontrado. Por la calle, en el supermercado, en el parque, en una terraza, es un comportamiento insólito en personas adultas. Pero sin embargo, en el interior de un vehículo, muchas personas expurgan a dedo sus narices sin el menor pudor.

Queridos todos, he de hacer aquí una revelación que quizás a muchos sorprenda, pero deben conocer de una vez por todas la verdad: los cristales de los vehículos no son opacos y dejan ver a su través. Esto significa que si están disfrutando de una sesión de limpieza de nariz, o de un aperitivo orgánico, y de pronto ven a su lado que el ocupante de otro vehículo les mira horrorizado con cara de estar contemplando la escena, no les quepa duda: están contemplando la escena.

El siguiente comportamiento que paso a exponer es bastante menos inocuo, y considerablemente desconsiderado e irritante. Y es que algunas personas, cuando están dentro de un vehículo, lo que en otras circunstancias denominan fila y respetan, en el contexto carretera lo denominan “carril de los tontos”, y como a nadie le gusta el calificativo, porque todos nos creemos muy listos, y muy en especial los sufridores del trastorno de invisibilidad al volante, pasan a evitarlo por todos los medios.

Efectivamente, cuando para coger una determinada salida hay una extensa fila de coches –el carril de los tontos- estos queridos seres humanos, lo que hacen es colocarse en el siguiente carril fluido, circular airosos y ligeros como el viento, y cuando llega el momento de la incorporación que querían tomar, entonces buscan un hueco o un alma caritativa, y se incorporan sin esperar ni despeinarse. Y si tardan un rato en encontrar un alma caritativa, no tienen ningún reparo en quedarse parados colapsando también el siguiente carril que hasta ese momento sí iba fluido. Esto es exactamente lo que parece: saltarse una fila y contribuir a empeorar su estado y su tiempo de espera en ella. Pero es que, ¿a quién le gusta esperar? Sin embargo, en otros contextos sí esperamos por cuestiones de civismo, consideración o respeto. O por miedo al linchamiento, quién sabe. Pero a nadie se le pasa por la cabeza llegar un sábado al cine, cinco minutos antes de que empiece la película deseada, encontrar una fila enorme, y caminar en paralelo, ligeros como el viento, hasta llegar a la taquilla y colocarse en el primer puesto aprovechando un hueco o un alma caritativa. Por mucha prisa que uno lleve. Por mucho que se vaya a quedar sin cine. Es una situación inconcebible, hasta suicida. Les invito a buscar paralelismos en los diferentes contextos en los que hay que esperar una fila sin estar dentro de un coche. Probablemente en todos los que encuentren, ese comportamiento que dentro de un coche es tan habitual, tolerado y justificado, fuera de él resulta intolerable.

¿Y por qué hay tantas personas que se comportan de esa forma? Deductivamente he tratado de encontrar explicaciones: una de ellas es que como piensan que son invisibles -debido al síndrome-, creen ingenuamente que pueden hacer el mal sin herir susceptibilidades. Craso error. Es hora, una vez más, de contarles la verdad: los demás sí vemos que se están colando, vemos su cara de cabrones a través del cristal según pasan ligeros y alegres junto a los que esperamos con respeto nuestro turno, y nos sentimos profundamente ofendidos, porque los que estamos en la fila de los tontos, quizás seamos tontos pero no ciegos. Y ustedes, los listos, son de todo menos invisibles.

Otro de los motivos que encuentro para tan extenso comportamiento, es que no tiene consecuencias. Es decir, quizás muchas de las personas que vemos respetando su turno en un supermercado, dejarían de hacerlo si no tuvieran miedo a las consecuencias. En un supermercado no hay almas caritativas, y quien tratara de pasar por encima del resto impunemente sería increpado hasta que ocupara su puesto, a nadie se le ocurre que pueda pasar por delante de un montón de personas esperando su turno en la carnicería un viernes por la tarde y salir con vida de ello. Eso significa que hay personas a las que claramente no les mueve el respeto hacia los demás, sino el miedo. Y como quienes se cuelan en la carretera siempre encuentran almas caritativas que frenan para dejarles pasar o para que dejen de colapsar siguiente carril, como nadie les pita, como nadie les hace saber que son visibles, que son molestos, que actúan con egoísmo y desprecio hacia los demás, ellos siguen ingenuos y alegres, creyéndose listos e invisibles, repitiendo un día tras otro la ofensa.

Y yo, un día tras otro, me he empeñado a no consentir que esta pobre gente tan lista pero tan visible, siga viviendo en la ignorancia, pasando por encima del resto, más que nada porque es muy irritante. Y como armas me he valido de la dialéctica y el sentido del humor, en este escrito, para que ya nadie pueda excusarse en el “es que yo no pensaba que fuera a sentar mal” o en el “y yo creyendo que no me había visto nadie” –exacto, la excusa de hacerse el tonto no vale circulando por el carril de los listos-. La ignorancia no es ya excusa, haber leído puntualmente La línea de euler. Pero además, por si a alguien se le pasa la lectura, he de decir que no me limito a las palabras para tratar de luchar contra este trastorno, y es que, entre todas esas almas caritativas de carretera no estoy yo. Y además, tengo seguro a todo riesgo.

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5 pensamientos en “La invisibilidad y el automóvil.

  1. Pienso que la gente se delata conduciendo, el que es maleducado conduce maleducadamente, el que es agresivo lo mismo, el que es nervioso igual y el que es cívico y calmado así se comporta al volante. Luego está eso de la invisibilidad que dices aunque yo creo que es más bien la sensación de protección que da el estar dentro de un vehículo. Te ven pero estás relativamente a salvo aunque al hurgamiento nasal no le veo explicación.

  2. A salvo de la vergüenza, de que si otra persona te echa en cara tu comportamiento no lo vas a oír, ni tienes por qué aguantar ciertas miradas. Es la osadía del cobarde. Como quien no tiene problemas en decir de alguien pero no a ese alguien. O quien tras un móvil o una pantalla escribe cosas que jamas diría cara a cara. O quien se comporta de forma cruel amparada en el anonimato de una red social….. Con el coche pasa lo mismo. Es más sencillo deshumanizar a los demás, pensar que son sólo “coches”, y deshumanizarse uno mismo. Porque no te “ven” a tí, sino a la carrocería que te ampara…

  3. Pat, cómo me gusta leerte! Que agilidad mental y de pluma. Cuánta razón llevas y que capacidad dialéctica. Se ve que hace mucho que no leo a escritores de verdad. Me gusta vuestro blog pero lo estoy leyendo hacia atrás y me llega a mi dirección en desuso. Un beso from Paris la ville de l’amourrr, el cielo gris y la mala leshe..

  4. Gracias Ana, qué exagerada eres. Tú sí que tienes agilidad mental y verbal. Lástima que últimamente con la pluma no te prodigues… te lo digo siempre. Otro beso desde Madrid, con el cielo gris también.

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