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Me pilla el otoño tal si fuera primavera, con la imaginación fresca, ganas de hacer cosas (que luego haya tiempo de hacerlas o no ya es otra cosa) y con ojos de turista, mirándolo todo con afán de descubrimiento y, para qué engañarnos, buscando los tres pies al gato a diestro y siniestro (que, cuando la cabra tira al monte, es difícil cambiarle su naturaleza 😉 ).

Así que, si tuviera tiempo de sentarme tranquila, de esta ebullición imaginativa saldrían ficciones varias pero, como resulta que no, pues ando repartiendo ideas múltiples por todos mis ambientes vitales con el más que probable objetivo oculto de ficcionar una realidad que no siempre se deja. Porque en las redes sociales no dejamos de compartir eslóganes como el de “soñar en grande” de las chicas del fútbol o cualquier frase que se refiera a esos sueños por cumplir o a la ambición de cambiar la realidad,  pero resulta que, cuando en vez de dar a un botón de “compartir” ya se necesita dar un pasito real y ponerse en marcha, la cosa no es tan fácil y sigue habiendo numantinas resistencias que no queda otra que minar con cucharita a golpe de creatividad.

La creatividad, esa cualidad que la genética reparte caprichosamente y que, aunque a veces con menos freno del que la prudencia vital requeriría, puede permitirte contribuir a cambiar realidades y, si esto no fuera posible, narrarlas de forma que sean menos ariscas de lo que suelen ser. Eso dice la teoría, al menos.

Hace unos días he podido escuchar cómo un novelista incipiente pero bastante reconocido contaba su forma de afrontar sus escritos, desde la convicción de que él tan sólo puede escribir sobre su propia experiencia, sin dejar mucho espacio a la imaginación, y pasaba a detallar cómo la ambientación, la época y la atmósfera de su novela coincidían con lo que él había vivido en su propia realidad.

Y, hasta ahí, todo estupendo y muy comprensible. Pero resulta que este novelista fue mi vecino, en esa acepción de vecino diferente del de las ciudades grandes, vecinos de los que comparten juegos en la calle, colegio, conocidos comunes y, en este caso, hasta un diseño exacto de nuestras viviendas, merced a esos proyectos arquitectónicos en el que es un mismo modelo de finca el que se repite varias veces.

Los datos objetivos de época y localización rebaten su afirmación de que lo que ocurre en el libro es lo que él vivió. Pero él lo explicaba desde la más profunda sinceridad. Y a mí me produjo una sensación extraña, inquietante, en dos vertientes.

Por un lado, en cuanto a la constatación de que los recuerdos de cada uno siempre convierten una realidad compartida en algo diferente. Nuestras emociones al vivir cada acontecimiento y las que sentimos al narrarlo transforman esa teóricamente única realidad objetiva, y deja de ser una cuando pasa a residir en la mente de cada testigo.

Por otro lado, la sensación de que, en este caso concreto, la repetida explicación de su única novela a lo largo y ancho de este mundo, le pudieran haber hecho pasar a convertir la elaboración de los recuerdos en realidad. Haber hecho quizá un camino contrario al teórico de la literatura. En vez de elaborar tu realidad para convertirla en ficción, haber terminado elaborando su ficción, entrevista tras entrevista y conferencia tras conferencia, hasta convertirla en su recuerdo de la realidad, empeorando bastante lo que esta fue.

Y, aún pudiendo encontrarle alguna explicación, me sigue inquietando.

Porque hay cierta magia en los talentos creativos. Pero parece que, como en cualquier magia, el que esta sea blanca o negra, buena o mala, embellecedora o afeadora, beneficiosa o perjudicial, depende del uso que el mago haga de ella. Y, como modesta maga, eso de que el “superpoder” pueda desmandárseme me da escalofríos.

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2 pensamientos en “Del manejo de los superpoderes

  1. Bravo! Muy buena reflexión/ divagación. Hubo una vez que yo podía escribir más o menos con esa soltura y vivacidad , manejando ideas y palabras con aparente facilidad. Admiro esta cualidad en ti!!

    • Muchas gracias, compa. Tú ya sabes que esto es cosa de práctica. Una vez que tienes el superpoder, que tú lo tienes, sólo hay que esperar a una época tranquila en la que tu vida te deje practicar. Me has animado este otoñalmente triste día madrileño. Un beso grande.

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