Home

En solitario, a veces tenemos la ilusión de tener una clara conciencia de quiénes somos, cómo somos, cuál es nuestro temperamento… como si fuéramos algo así como un ente estanco, homogéneo e inmutable. Incluso hay a quien le hace gracia rellenar test de personalidad, como si pudiera enmarcarse sin lugar a dudas dentro de una de las tres únicas opciones de respuesta que ofrecen para que el programita encuentre una única palabra que te define, a ti, ente estanco y homogéneo. Y entonces, uno termina muy satisfecho porque ha ampliado su autoconocimiento, y ahora puede afirmar que si fuera un animal sería un oso de la pradera, si debe definirse por un color sería el azul, su signo zodiacal es géminis, y el nombre que eligieron sus padres también denota sus rasgos fundamentales de personalidad. Easy.

Pero resulta que no es tan sencillo, porque supongo que a nadie le ha pasado desapercibido el hecho de que, si bien uno tiene una tendencia marcada a un determinado temperamento, o a reaccionar de una determinada forma ante ciertas situaciones o estímulos, nuestra forma de interactuar con los demás no siempre es inalterable y homogénea, no somos siempre iguales. A veces somos estupendos, y otras insoportables. Con unas personas es sencillo actual con confianza y con otras sentirnos permanentemente intimidados. Con unas personas somos comprensivos y pacientes y con otras intransigentes e intempestivos. Y una de las variables que hacen que nuestra forma de ser sea cambiante es precisamente la interactuación con los demás. Somos de una forma o de otra también en función de quién tengamos en frente. Hay quien es capaz de sacar lo mejor que hay en ti, y viceversa.

A veces se trata de cambios tremendamente llamativos. Y es que hay ciertas actitudes que predisponen a que la persona que está enfrente de ti adopte el rol complementario. El de sádico con el de masoquista, el de apasionado con el de apasionada, el de cómico con el de reír gracias, el de impresionable con el de provocador, el de culpable con el de víctima, el de inocente con el paternalista…. En fin, que existe una serie de roles que resultan complementarios, y el adoptar uno predispone de inmediato a quien tenemos en frente a adoptar su complementario.

En mi entorno laboral, por ejemplo, hay una persona increíblemente versátil. Cuando alguien se acerca a ella con confianza se comporta de una forma razonable, amable y hasta comprensiva. Sin embargo, cuando alguien se acerca de subordinado a jefe, con miedo, esa persona adopta un rol completamente distinto, y se transforma en una persona autoritaria, y hasta un tanto cruel.

El problema es que los roles se aprenden y se consolidan. Es decir, se establece una dinámica. Una vez que te has puesto a interpretar el papel de subordinado asustadizo y servil, y tu jefe en el de sádico autoritario, tiendes a continuar ya siempre interpretando ese papel, te fundes con el personaje, crees que eres así (y sí, pero también de otras muchas formas).

Cuando la dinámica es buena, cuando una relación hace que te resulte sencillo adoptar un rol con el que te sientes a gusto, que te hace sentir bien y que hace sentir bien, todo va bien. Pero sin embargo, cuando se ha consolidado una relación enfermiza y destructiva, incluso a sabiendas de que tu propia forma de abordar a esa persona con quien las cosas no van bien, le predispone a alimentar su comportamiento destructivo, es muy difícil modificar tu rol y romper esa mala dinámica.

Se ve muy fácilmente con el niño que se ha creado fama en el colegio de vago, o de revoltoso, y los profesores, año tras año, conociendo la fama antes que al niño, lo tratan esperando que se comporte de acuerdo a ella. Esperan de él malos resultados o mal comportamiento. Lo dan por hecho. Y el niño se comporta, año tras año, como se espera de él: mal. Se mete en su papel de enfant terrible. Y no ve forma de encontrar salida. Piensa que él es así. No sabe que puede ser de otras muchas formas. Sin embargo, si ese niño cambiara de colegio, se abriría ante él una posibilidad que no se había planteado antes. Ahora nadie sabe nada de él, no tiene historia, no tiene pasado, tiene frente así una hoja en blanco, tiene la oportunidad de reinventarse, de adoptar otro rol. Y quizás ante un profesorado y unos compañeros que lo empezaran a tratar como un buen alumno, asumiría ese nuevo rol que le ofrecen. Ahora ya no piensan que él es vago, ni malo, ni tonto. Ahora piensan otra cosa. Que es responsable, que es inteligente, que es capaz. ¿Y entonces, cómo es él? ¿Es una cosa o la otra?

Nada es insalvable. Una mala dinámica en una relación interpersonal se puede modificar, pero es mucho más difícil cambiar una dinámica ya consolidada que el hacer una nueva con otro interviniente con quien resulte más sencillo. A veces no se puede elegir, pero cuando sí se puede, lo ideal sería rodearnos de quienes nos hacen mejores, de quienes tienen la habilidad de sacar lo mejor de nosotros mismos, y alejarnos de quienes producen el efecto contrario.

Sabiendo que nuestra actitud con los demás, nuestro rol con ellos, tiene el poder de condicionarlos, porque a pesar de nuestro temperamento natural, y nuestro carácter, no somos seres estancos y homogéneos, tenemos muchos yos, unos muy buenos, otros muy malos, y otros muy regulares, es fundamental, desde el principio, huir de roles que puedan favorecer relaciones destructivas. Y si es tarde y ya se han creado, buscar la forma de cambiarlas o establecer otras nuevas.

Anuncios