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Las tradiciones culturales, al margen o además del sentido religioso que las acompaña en muchas ocasiones, solían tener una razón social. Un motivo, un significado, un propósito. Y para conseguirlo, se establecían las formas o los ritos que articulaban la tradición en concreto.

Haciendo una reflexión acerca de la función social que justifica la fiesta de navidad, se me ocurren varias.

Una función era la del fortalecimiento de los lazos familiares como uno de los núcleos sociales más importantes. Era una excusa para reunir a los numerosos miembros de las mismas (las familias de tres y de cuatro es un fenómeno moderno muy posterior a la tradición). Se organizaban multitudinarias cenas y comidas, con lo que cada uno podía aportar. Diferente de lo de día a día, pero sin lujos. Eso sí, muy festivo. Se trataba de limar asperezas y de perdonar enfados. Como lo de las cañas de los viernes en muchas oficinas (la semana ha sido árida y hemos estado tensos, pero salimos de la oficina, nos tomamos una cervecita, brindamos, dejamos lo del trabajo a un lado, y no acumulamos para el lunes, lo limpiamos con un ratito distendido). Y se juntaban familias de seis hijos, veinte nietos, primos sobrinos, ciento y la madre. Y había un jolgorio total, y se cantaba y se bailaba, y se emborrachaban, y de todo. Y si el vecino se había quedado solo, se le invitaba, que donde caben treinta caben treinta y uno. Y si había alguna familia que lo estaba pasando especialmente mal, se establecía una solidaridad colectiva para que de una forma o de otra, pudieran tener algo que llevar a la mesa para poder reunirse en torno a ella. Y raras veces se servía algo más lujoso que un pollo. Pero lo importante no era eso. Sino tener la oportunidad de estar todos juntos, al menos una vez al año, y compartir lo que hubiera. Y si era posible poder conseguir algún detalle con el que sorprender a los seres queridos, como gesto de amor, bien. Y si no, también. El tener algo que regalar era un detalle, algo accesorio. Y desde luego no se daba por hecho.

Pero además, muchas veces, la fiesta trascendía el núcleo familiar, puesto que después o antes de la cena, quedaban los vecinos y se abrazaban, y bebían  y cantaban juntos. Y volvían a limarse asperezas. Y los niños pedían el aguinaldo, y gastaban bromas.

Quizás es lo que tienen en común las fiestas tradicionales, ese servir como oportunidad para unir a las personas que comparten un hogar, un barrio, una sociedad, y contribuir a mejorar el clima y la convivencia entre ellos, establecer unos lazos de compañerismo, de solidaridad, de paz, de perdón, de enaltecimiento de la amistad (de ahí que el alcohol sea elemento indispensable en todas ellas). Y las navidades eran el summum.

Sin embargo, ahora, trato de buscar el significado social de las fiestas, tal y como se viven hoy en día, y tengo problemas para encontrarlo. Si nos paramos a mirar un poco, veremos que las formas se han depurado muchísimo. Las mesas están llenas de comidas refinadas y caras, que hoy en día están, en mayor o menor medida, al alcance de la mayoría en cualquier otro momento del año, sólo que por ser navidad cuestan el triple. El mantel es de tela bordado con motivos navideños, hay bajo platos, cubiertos de plata, decantador,  velas, muérdago, acebo, un centro floral. Todo decorado y cuidado con esmero. Las familias ahora son pequeñas, y si viven en la misma ciudad, se reune el mismo número de personas en esas fechas que en cualquier fin de semana corriente del año. La máxima solidaridad de la que hacemos gala con quienes lo pasan mal es participar en la operación kilo con un paquete de galletas o de lentejas. Si un vecino o amigo se ha quedado solo no se le invita, porque es una fiesta íntima, para la familia, y además, no habría vajilla de celebración para todos y se estropearía esa mesa tan bonita que tiene los comensales contados. Los niños no pasan por las casas cantando y pidiendo aguinaldo, ni gastan bromas, han de sentarse a la mesa y comportarse en un momento solemne, los vecinos son unos perfectos desconocidos así que de ninguna manera nos vamos a tomar una copa con ellos al terminar, ni mucho menos los vamos a abrazar ni a limar rencillas. Eso sí, pagando unos 100 euros, podemos ir a fiestas en las que poder emborracharlos en una barra libre atestada de desconocidos, siempre que nos hayamos hecho antes con un precioso traje de gala.

EL detalle sencillo que antes se ofrecía a los seres queridos en señal de amor, si es que podía hacerse, ahora se ha dado por hecho. Y se regala tanto el día 25, como el día 6. Y no es un regalo, sino toda una lista a satisfacer. Con cosas que tienen nombre y apellido, con sus marcas, modelos y colores. Y antes de que llegue ese día hay que hacer una limpieza en casa y sacar montañas de juguetes para hacer sitio a la montaña de juguetes nuevos. Papá noel, Reyes Magos, amigo invisible. Niños, mayores, padres, hijos, sobrinos, nietos, ahijados…

Las casas están perfectamente engalanadas. Árbol de navidad, adornos en puertas y ventanas, luces, velas, nacimientos de todo tipo. Hay tantas posibilidades que en las revistas de moda ofrecen sugerencias para hacerse con la decoración perfecta.

Es así, las navidades hoy en día cuidan las formas y los detalles al máximo. Pero ¿y su sentido? Sí que es cierto que para las familias en las que hay miembros viviendo en distintos lugares, continúa siendo un reclamo para poder reunirse al menos una vez al año todos juntos, y estas fechas pueden seguir funcionando como una oportunidad para mantenerlos unidos, que aunque ahora haya skipe, y videollamadas y demás, no hay tecnología que supere el abrazarse y tocarse. Eso, claro, si es que el estrés después de haber cumplido con el trance de la decoración en casa, pensar los menús, hecho cola en el supermercado, pasado por el disgusto de pagar una locura por el kilo de cordero, aguantado atascos monumentales de centro comercial en centro comercial tachando uno por uno cada objeto de deseo de la extensa lista de regalos que satisfagan a nuestros exigentes seres queridos, si es que después de todo está uno vivo, igual puede disfrutar de poder ver a esos hijos y nietos a los que sólo puede ver juntos esos días, y pasar por alto las protestas del mayor que dice que las nécoras del año pasado eran más jugosas, y del pequeño porque se te ha olvidado pelarle las uvas. Y que cómo se te ocurre innovar con la salsa de la carne con lo bien que te quedaba siempre y este año…. en fin, regular.

Pero ¿y qué pasa con las familias que no viven separadas y que se ven con cierta frecuencia? Pues lo mismo. También se llevan ese estrés de decoración, menús, compras, logísticas, etc… para comer o cenar los mismos de siempre pero en una mesa con bajo platos, y con los nervios de punta tras un mes de tensión en tensión.

Y eso que ni he mencionado temas como la lotería de navidad y la compra y cambio compulsivo de décimos, o  las cenas de empresas, o  las cenas de amigos, y demás compromisos que llevan intrínsecos la reserva de un menú a la altura de las fechas en un restaurante, con las copas de después. Ya se sabe por qué hay una paga extra en navidad. Y poco me parece. Para poder atender  todos estos reclamos imprescindibles para afrontar unas navidades como dios manda, harían falta dos o tres pagas.

De modo que hoy en día las navidades en muchas ocasiones no unen a las familias sino que generan tensiones, esas tensiones trascienden el núcleo familiar y se trasladan a la sociedad, se impone el  materialismo (¿como acto de amor?), nos enseñan a valorar el cariño de los nuestros por el dinero que se han gastado en hacernos un regalo, no fomenta la solidaridad ni el compañerismo, pero eso sí, estimula el consumo, que estando los tiempos como están, es estupendo, y además igual hasta se crean puestos de un mes de duración.

Apenas le hemos dejado contenido a estas fechas, pero nos hemos quedado con su forma. Una forma muy cara, muy luminosa, envuelta en un packaging a la última. Pero completamente vacía. Aunque esto de ir vaciándolo todo de contenido mientras sofisticamos y magnificamos su forma,  no debería extrañarnos. Es un reflejo de nuestra forma de vida. Estos tiempos modernos……

 

 

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6 pensamientos en “Un análisis navideño

  1. Por suerte en quince o veinte días quitarán las luces de las calles, los adornos de los escaparates, y TODOS volverán/emos a ser igual de cabrones.
    😉

  2. Antes la navidad era un semillero de recuerdos, yo de niño esperaba la navidad ansioso por poder comer langostinos, ya ves, langostinos, era el gran lujo, nos juntábamos ochenta y nos dejaban fumar 🙂

    Acababas de cenar y lo que dices, ronda por la escalera, pero es que antes los vecinos eran vecinos de verdad, eran familias de emigrantes, mis tios y tias no eran los hermanos y hermanas de mis padres, que vivían cada cual más lejos, eran mis vecinos, era un lazo que aún hoy se mantiene, yo no voy a visitar al pueblo a mi verdadero tio, voy a ver al vecino de mis padres.

    • Pues sí, es uno de esos momentos en los que se da uno cuenta de hasta qué punto nos hemos vuelto individualistas y egoistones, y hemos dejado de establecer lazos vecinales, o, si los establecemos, son frágiles y superficiales. Esos recuerdos, los propios y los que oyes contar, son bonitos, pero ahora suenan a chino, a historias de otro mundo.

  3. Bueno, si una cosa es que uno para sí trate de quedarse con lo que le merece la pena, o de darles algún tipo de contenido, y otra cosa es la constatación del cambio de significado a nivel general…

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