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Como dice Carmen existe una solidaridad discriminada. Por qué nos saca a la calle en masa el asesinato de los periodistas franceses y no la masacre en Nigeria. Por qué nos rasgamos las vestiduras con la nueva situación de pobreza de muchos niños españoles pero callamos con resignación y normalidad acerca del hambre de niños en otros países que los mata literalmente de hambre desde siempre.  Y no voy a seguir enumerando ejemplos.

¿Por qué un mismo hecho no nos afecta en la misma forma o el mismo grado? ¿De qué depende?

Un factor muy evidente es la cercanía. Cuanto más cercano a nosotros sea un determinado hecho (ya sea geográfica, cultural, social, económico o políticamente hablando) más sensibles somos al mismo. Si nos enteramos de que un autobús se ha despeñado en una provincia a 500 kilómetros y acto seguido nos enteramos de que se ha despeñado un autobús en nuestra misma provincia, no nos afecta de la misma manera. Incluso en el caso de que sea el mismo hecho, con el mismo número de muertos y no conociendo de nada a ninguna de las víctimas, incluso así, no nos afecta de la misma forma.

¿Y por qué cuanto más cercano a nosotros nos afecta más? Pues porque cuanto más cercano, más fácil es la empatía, más real es esa sensación de “me podría haber pasado a mí“. Aquello que “no puede pasarme a mí”, por muy horrible que sea, nos disgusta, preferiríamos que no le pasara a nadie, bajamos los ojos y decimos “es una pena”, pero seguimos con nuestras vidas, ajenas a eso, a salvo.

Que haya unos tarados asesinando indiscriminadamente en Siria, Nigeria, Irak, Afganistán, en nombre de yo qué sé qué loca cruzada o reconquista divina, pues nos afecta… pero poco. “Qué pena, cómo está el mundo….” pero que a los tarados se les ocurra llegar a nuestro mundo, porque quien dice parís puede decir madrid, o berlín, o el supermercado de mi barrio, y liarse a tiros al grito de Alá, o al de quien sea, sensibiliza mucho más. Incluso si es el mismo hecho, incluso si no conocemos a los asesinados de nada. Pero vemos mucho más cerca la amenaza en carne propia. Y ese mayor miedo, esa mayor amenaza propia, se traduce en una mayor acción. Así que sí. No se trata sólo de solidaridad con las víctimas, o de apoyo. Se trata de miedo por nosotros mismos. Se trata de salvar el culo propio.

¿Que por qué funcionamos así? ¿Por qué empatizamos, nos solidarizamos, nos movilizamos y actuamos de una manera tanto o más enérgica cuanto más amenazados nos sentimos? Pues no lo sé, podría decir que será algún tipo de instinto de conservación de la vida, algún tema biológico. O que la solidaridad universal, en la misma medida y con la misma energía nos desborda, nos queda enorme, y acotamos por actuar en local, o… podría proponer más razones, pero en realidad no tengo ni la menor idea del por qué. Pero así actuamos. Así somos. Y nos gustaría ser otra cosa. Nos gustaría ser seres de principios inquebrantables, de coherencia sin fisuras, de una integridad que no da lugar a cuestión, de la más alta moral. Y de hecho lo intentamos, y nos soprendemos cuando ocurren estas cosas y nos damos cuenta de que no lo medimos todo bajo el mismo rasero, que nuestro sentido de la justicia a veces hace aguas, que al ampliar la vista o el contexto a nivel global se nos resquebrajan nuestra ética y nuestra moral que tan bien se adapta para nuestros pequeños contextos de nuestra pequeña vida, nuestra solidaridad discriminada. Y nos gustaría que no fuera así, y yo creo que hasta lo intentamos… pero al final, no podemos negar que somos animalillos humanos, con nuestros instintos de supervivencia, nuestras mezquindades, nuestra ignorancia, nuestras dudas, nuestro no saber hacer, y nuestro no poder.

 

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