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Por cambiar de tema y no sobresaturarnos de política , el otro día leí un artículo del Club de las malas madres, del que me enteré de pasada en una red social por el revuelo que estaba causando. El artículo lo escribía una mujer que calificaba la nueva concepción de la paternidad/maternidad como una religión, en la cual el hijo era el dios, y a sus dictados se sometían sus fieles. Decía también, que como en cualquier religión, cualquiera que discrepara acerca de la doctrina era perseguido por su herejía.

Padres y madres de hoy en día ponen a los hijos en un altar, supeditando la pareja, el mundo que les rodea, o a sí mismos, para satisfacer puntualmente los deseos y necesidades de sus descendientes. Cualquier hijo debía ser, por definición, el más guapo, el más listo, el más bueno, cuando la realidad nos enseña que no todos los niños son guapos, ni listos, ni buenos…. pero eso les ocurre a los de los demás.

El otro día, en una conversación de oficina, hablábamos de robos en casas, una chica contaba que a sus padres sólo les habían robado joyas y cosas que se convierten en dinero fácilmente. De ahí, la conversación pasó al miedo a la posibilidad de que unos cacos entren en una casa estando los habitantes dentro. Y se me ocurrió decir que mientras entraran y me durmieran para no enterarme de nada, la cosa iba bien, que ya si se ponían violentos me parecía peor. Y entonces una compañera dijo “pero a mí eso también me da miedo,  y si me duermen y resulta que se llevan a un niño?” Y no lo pude evitar, le dije que dudaba mucho que fueran a robar a un niño porque no hay quien los venda. Me miraron escandalizados. Y seguí. Por todos los santos, ¿pero quién va a querer llevarse a un hijo tuyo -o mío-? que tú les querrás mucho, y para ti son lo más valioso del mundo, pero para cualquiera que no seas tú…. los niños ajenos son encantadores para verlos a una distancia prudencial, y en intervalos poco prolongados. En algunos momentos de especial hartazgo, pienso que eso ocurre hasta con los propios. (Es posible que en estos momentos esté siendo perseguida por hereje).

Bien, la señora que escribía el artículo decía que todos habíamos conocido alguna persona especialmente irritante o estúpida,  que muy posiblemente ya desde su infancia demostrara tales rasgos, y que con toda seguridad los padres los habrían descubierto, descubrimiento que jamás verbalizarían en público para no ser criminalizados. Esto me hizo gracia también.

Sobre este artículo se montó un debate, a mi juicio bastante absurdo y poco relacionado, acerca de que se debiera querer más a los hijos que a la pareja, y también una cierta histeria de mujeres que se sintieron agredidas porque interpretaron que el artículo venía a decirles que lo estaban haciendo mal por descuidar a sus parejas, y que se debían a ellas. Pero yo leí el artículo, y creo que en ningún momento dijo eso, y la interpretación fue debido a ese estar a la defensiva tan femenino, por lo mucho se nos exige, o que nos exigimos.

En realidad yo no entiendo muy bien tales debates. No creo que el amor sea excluyente: que uno tenga que elegir entre querer más a los hijos o a la pareja, desde luego son diferentes formas de querer (me parece casi hasta una perogrullada decirlo). Los hijos exigen mucha dedicación y tienen un peso muy considerable. Pero sí que el peso que tienen los hijos hoy en día ha aumentado en detrimento del peso de la pareja, o incluso del propio desarrollo, hasta prácticamente anular cualquier aspecto de la vida de los padres que no sean ellos. Estoy de acuerdo en que existe una cierta tendencia al hijocentrismo. Que mi hijo no sufra nunca, que no se frustre con nada, que no se caiga, que no le duela, que no se aburra, que no le disguste ninguna comida, que no le regañe nadie que mi hijo no hace nunca nada mal, que su profesor no le castigue ni le suspenda, que no le quede un capricho por desear… Por no hablar de que la cultura al refuerzo positivo parece haberse entendido al revés. Una cosa es reforzar los buenos comportamientos o las cosas que hacen bien, y otra es reforzar positivamente todo, sea bueno o no, así lo que haya hecho el niño sea una porquería y de la mala.

En fin, que me dan pena estos niños que van a llegar a adultos sin tener ningún tipo de habilidad para mejorar -porque lo hacen todo bien siempre- y sin ningún tipo de experiencia en superar y gestionar frustraciones, que no es fácil, y que lamentablemente llegan. Yo al menos me frustro todos los días varias veces, de distinta forma y con diferente intensidad….

Me pregunto qué religión tendrán estos hijos del hijocentrismo. Supongo la del egocentrismo -entre otras-. Y yo que pensaba que esa ya tenía una cantidad de adeptos difícil de superar…

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Un pensamiento en “La paternidad, una nueva religión.

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