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Mis compañeras de blog se declaran, en sus últimos artículos, pertenecientes a una categoría particular de gente a la que se denomina con una palabra compuesta: visual-lectora Patricia, tecno-adicta Carmen. Y yo podría seguir, catalogándome a mí, a ellas o a cualquier persona medianamente normal, con una retahíla enorme de palabras compuestas. Porque, en este mundo activo y tecnológico en el que nos movemos, son las únicas que nos permiten acertar un poco en nuestras categorizaciones.

Y la verdad es que yo tecnológica, tecnológica no soy. Pero también es cierto que uso las tecnologías para ganar tiempo en el desarrollo de mis actividades paralelas a las estándar (entendiendo como estándar aquellas a las que me obliga la necesidad de cubrir económicamente los requerimientos básicos de mi familia o la de proporcionar a mis hijos los cuidados adecuados a su edad y condición), con lo que ese mejor aprovechamiento del tiempo me permite un mayor número de actividades “extra”. Actividades que terminan complicando mi existencia.

Y no habría ningún problema si esas actividades tuvieran un límite, pero la acumulación de ellas va obligando a que haya de sacar más provecho a mi tecnología ya que mi cerebro debe estar a punto de llegar a su rendimiento máximo (que digo yo que, teniendo una reunión en Alcalá, ir a celebrarla a Leganés lo mismo deberíá ser investigado como síntoma de algo). Así que, al menos en mí, la tecnología se convierte en un arma de doble filo, porque por un lado te da mayor tiempo libre pero este se acaba llenando de otras actividades tecnológicas y no tecnológicas que te llevan a dispersar si cabe más tu mente, y al intentar concretarla con otra máquina que te conseguiría mayor tiempo libre, te sigues liando, liando y así, como una bola de nieve, día tras día y sin apenas darte cuenta la complejidad va aumentando hasta que un día cruje (la complejidad no cruje, la verdad, lo que suele crujir es tu cerebro). Y pasas de ser tecno-adicto, hiper-activo, multi-función… a ser simple, muy simple, porque recuperas los placeres del no hacer nada, o hacer poco, o al menos hacer sólo una cosa cada vez. Y es entonces cuando puedes volver a definirte con palabras sencillas. Y te crees que por fin has aprendido y vas a aplicar lo que dicen todos los libros de autoayuda y vas a disfrutar tranquilamente de las cosas sencillas de la vida para ser feliz, y eres feliz un rato, o un día, o varios días, con tu vida sencilla pero, como la vida sencilla deja más tiempo libre, se te ocurren ideas, ideas brillantes, muy brillantes, de esas que la mucha gente racional descartaría, pero tú no, porque has aprendido a disfrutar de las cosas sencillas, y la idea es original y sencilla a la vez, y te da por ponerla en práctica, y la pones. Y, como por mucho que digan los libros de autoayuda, las cosas sencillas, sencillas, de verdad, se reducen a mirar una flor y poco más, pues va tu idea sencilla y empieza a mostrar unas mínimas dificultades de ejecución y, como los libros de autoayuda también dicen que no puedes darte por vencido nunca, pues tú sigues erre que erre con la ejecución, y resulta que la obtención de resultados en esa idea se dilata en el tiempo y, mientras tanto, tú vuelves a tu vida sencilla y, como te queda tiempo libre, pues se te ocurre otra idea, brillante y sencilla idea, cómo no y tú vas y la intentas poner en práctica, y resulta que tampoco es sencilla, sencilla, pero te da igual, porque tú no te rindes y lo vas a conseguir, así que mueves tus fichas para alcanzar el objetivo de esta idea, pero como va a tardar, pues vuelves a tu vida sencilla y otra vez te queda tiempo y te da por pensar y te surge otra idea y, cuando ya vas a poner esta en práctica, pues resulta que las otras van avanzando y vuelven a requerir tu tiempo y, claro, tú no puedes abandonar. Así que te juntas con tres o cuatro proyectos que, viéndolos de uno en uno, parecen bastante sencillos y originales y estupendos, pero viéndolos juntos y con una mirada racional y poco creativa, pues resultan descabellados, pero no abandonas, no, que la felicidad consiste en disfrutar de las cosas sencillas y no abandonar nunca… y así, a lo tonto a lo tonto, tu vida alcanza una complicación que tiende al infinito y que no tiene ningún remedio porque, cuando parece que lo tiene, en esas épocas de descanso y calma chicha vital que todos tenemos, aunque sea muy de vez en cuando, en esas épocas digo, es cuando se está gestando el siguiente tsunami mental.

Así que, con los años, uno asume que existen las mareas, que las olas vitales suben y bajan, que existe la calma chicha, y las tormentas y hasta algún tsunami, y se va bandeando.

Y yo en particular puedo sentirme afortunada porque, si una tormenta me pilla en lunes, a poquito que me deje llevar me soluciona el Euler 😉

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2 pensamientos en “De las palabras compuestas y las gentes complejas

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