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El otro día, haciendo un recorrido por las emisiones televisivas, me dio por pensar en su influencia sobre las personas y su intelecto. Y ya sé que este debate no es nuevo, pero no está resuelto. Ni mucho menos. Esas clásicas cuestiones acerca de si las personas vemos lo que nos ponen o nos ponen lo que queremos ver, o de quién es la responsabilidad de que programas como realities que muestran la vida de personas maleducadas, malhabladas, de inteligencia cuestionable… así como los intensos debates que se desarrollan después acerca de tan ejemplares personajes, tengan tanto peso en televisión, o si estos programas de entretenimiento son beneficiosos para la sociedad o si más bien contribuyen al anquilosamiento de la imbecilidad colectiva….

¿Por qué por un lado nos avergonzamos tanto de esa peste españaprofunda que destilamos, de esa falta de cultura y educación, de este país de mangantes, de falta de ética, de los canis, de los chonis, de los políticos que nos malgobiernan, del machismo, de lo chusco, de la falta de modernidad económica, democrática, social, cultural y moral, por qué nos avergonzamos de todo esto y después encumbramos en televisión con nuestras audiencias a personajes que encarnan precisamente a una parte de ese españaprofundimo? ¿por qué?

 La televisión debería ofrecer una programación variada y desde luego orientada hacia los distintos intereses y estratos sociales y culturales de la población. No creo que se trate de emitir en exclusiva documentales sobre astrofísica, o cine europeo en versión original. Pero la reflexión que hago es que hay muchas formas distintas de entretener a personas de cualquier perfil socio cultural sin necesidad de ofender ni comprometer la inteligencia o la sensibilidad colectiva, o de encumbrar a personas que, si conociéramos en la vida real no querríamos ni como vecinos.

Sin embargo, en este punto, llega el argumento de las audiencias. La programación es así porque a la gente lo que le gusta es consumir mierda. La audiencia se transforma en un elemento perverso que habla acerca del género humano y dice cosas terribles. El otro día vi una peli que iba de un asesino en serie que emitía por internet sus torturas en directo. Cuanta más audiencia más tortura hasta, que si su emisión sobrepasaba según qué número, sus víctimas morían. En riguroso directo. Y efectivamente, aún conociendo los usuarios las consecuencias de su macabra elección, reventó las visitas y mató a mucha gente. Es cierto, no deja de ser ficción, y de la mala. Pero también es cierto -en parte- lo que viene a contar, y es que cuando alguien quiere notoriedad y audiencia en televisión o bien en la red, sabe que cuenta con una serie de ingredientes que funcionan, que son demandados: el morbo, la violencia, el sexo, la intimidad, lo salvaje, lo prohibido. La degradación del ser humano vende. Nos parece terrible que un tipo para ganar notoriedad en la red, se haya hecho grabar mientras propina una patada a una señora por la calle. Sin embargo, no nos parece terrible que haya cadenas que emitan casi de forma ininterrumpida programas en los que encierran a un montón de polvorines en una casa para enseñar en vivo cómo se chillan, cómo se pelean, cómo se odian, o cómo se insultan. Por poner un ejemplo.

Sin embargo, este dilema acerca de quién recae la responsabilidad de la bajísima calidad cultural, artística y humana de la mayor parte de la programación televisiva está llegando a su fin, porque la televisión está clínicamente muerta. Falta muy poco para que todos podamos elegir libremente los contenidos que vamos a ver, directamente desde Internet a nuestras pantallas. Internet –la libertad de elección- quizás esté ofreciendo una respuesta a este interrogante.Y es que existe una diferencia crucial entre ambos medios. La televisión es un medio paternalista, que ofrece una libertad muy limitada y muy dirigida a sus usuarios, implica una ausencia de democracia, unos pocos eligen para la mayoría. Es decir, cierto que podemos elegir entre varios canales, pero muy pocos, y sólo unos pocos eligen, supuestamente en nombre de los gustos e intereses de todos, qué contenidos se emiten y cuándo, como también son muy pocos quienes crean esos contenidos destinados a la mayoría. Internet, por el contrario, ofrece unas posibilidades de elección casi infinitas, y los contenidos están creados por todo aquel que quiera crearlos. Y para mí, las conclusiones que se desprenden del comportamiento de las personas en un contexto de libertad muy limitada como la tele o en el de una libertad tremendamente amplia, como Internet, son muy esclarecedoras.

En Internet tenemos como consecuencia de esa libertad, ejemplos de una búsqueda morbosa por conocer hasta dónde pueden llegar los límites de la crueldad, la vileza y la depravación humanas: ejecuciones on-line, torturas, pedofilia, burlas y vejaciones, acosos, etc… Pero la gran mayoría de las personas que utilizan Internet, están convirtiendo este espacio común en un lugar donde lo que se comparte es conocimiento, muchas veces de forma gratuita y desinteresada, por el simple placer de compartir. Y donde además, cada vez se cuida con mayor esmero la forma en que se hace. Ahora alguien que quiere compartir la receta secreta de las croquetas de jamón de su abuela, para que todo el mundo las pueda disfrutar en su casa, no escribe sintéticamente la fórmula en un blog prefabricado, no. La escribe, cuida la redacción, aprovecha para realizar una narración amena, puede que introduzca algún golpe de humor, o cuente unas anécdotas de la abuela, a veces hasta pasa el corrector ortográfico, graba un vídeo tutorial mientras las hace porque una imagen vale más que mil palabras, y después edita el vídeo, pone una música de fondo, y recorta las escenas que sobran. Eso son muchas horas de trabajo y de estudio previo. Y todo por el puro placer de compartir. Por diversión. Por disfrute.

Hoy en día es posible satisfacer casi cualquier curiosidad, aprender cualquier cosa, disfrutar de cualquier tipo de manifestación artística… y además, quienes usamos la Red no esperamos a que otros nos ofrezcan contenidos, sino que participamos nosotros mismos de forma activa. Y a mí, esta enorme muestra de trabajo colectivo, de interés colectivo, de solidaridad colectiva, me parece suficiente y mucho más representativa como respuesta que aquella de la búsqueda de la vileza extrema. Cuando al ser humano se le da la libertad y la posibilidad de elegir, hay quien se queda con la paletada, con lo chusco, con lo soez, con lo embrutecedor, hay quien pasa al escarnio, la brutalidad, la degeneración, la crueldad y, algunos, eligen la más completa y terrible deshumanización. Pero la inmensa mayoría, cuando tiene libertad para elegir, escoge informarse, aprender, enseñar y compartir conocimiento, disfrutar de diferentes manifestaciones artísticas, crearlas, difundirlas.

Y esta conclusión a la que llego, sin previo estudio científico, sin bibliografía que me avale, que parte de mi sola observación, y puede que hasta esté condicionada por mi fe en ese aspecto positivo del ser humano, no es dogmática ni pretende resultar una respuesta universal. Pero a mí particularmente me gusta, me resulta esperanzadora, y me impulsa a seguir pensando que, muchas veces, en un contexto de libertad, confianza y colaboración, las personas elegimos lo bueno y lo bonito, y que nuestras imbecilidades, aunque sean tantas, son mucho más insignificantes que nuestra capacidad para crear, compartir, aprender y enseñar, y lo que es más importante, para disfrutar con todo ello. Y si eso ocurre con Internet, ¿qué podría ocurrir si aumentamos la capacidad de decisión y participación de las personas en otras muchas facetas de la vida?

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2 pensamientos en “De lo que enseñan la tele o internet acerca de nuestras debilidades y grandezas.

  1. Y una conclusión totalmente acertada, fíjate que los adolescentes de hoy no ven casi la televisión, eligen en internet lo que quieren ver, ya sea videos de YouTube, o series enlatadas, con lo que espero que en un futuro cercano las audiencias se muevan por una calidad más real que lo que nos quieren hacer tragar.
    Nunca como ahora la televisión ha embrutecido tanto.

  2. Y lo que es más importante, y es una demostración de cuánto mejores somos -en general-, en contextos de libertad y participación que en contextos poco libres, nada participativos y dirigidos.
    A mí me molesta mucho que se nos quiera hacer creer que la única responsabilidad de la bazofia televisiva sea de los espectadores. Que nos quieran hacer creer que sólo somos así. Yo no lo creo.

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