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A raíz del macabro suceso del avión se está volviendo a retomar el tema de la seguridad. De este debate se hacen eco prensa, políticos, y también se habla a niveles más pequeños, como conversaciones entre amigos, parejas, compañeros de trabajo. A mí son el tipo de círculos que más me gustan.

El hecho de que un señor aparentemente normal, con un historial profesional intachable, con un comportamiento y una vida absolutamente normales, un día decida coger el avión que copilota y estrellarlo llevándose consigo a todo aquel que viajaba con él, es un suceso absolutamente impredecible. Nos deja a todos con la cabeza descolocada y con un total desconcierto. ¿Cómo es posible? Las tragedias, cuanto más se distancian de lo esperable y predecible, más cuesta asumirlas.

La siguiente reacción al estupor, es un esfuerzo colectivo por idear soluciones que impidan que algo así pueda volver a ocurrir. Y entonces asistimos a un brain storming colectivo con las más variopintas soluciones que evitarían un suceso impredecible de las mismas características: que la puerta de la cabina no se pueda bloquear desde dentro, que los pilotos se sometan a exámenes psicológicos más frecuentes, diarios si es preciso, que desde la torre de control se pueda pilotar el aparato quitando el control a los pilotos, que los pilotos hagan pis antes de salir de casa y aguanten vuelos de tres horas sin abandonar la cabina, que los aviones se autopiloten como si fueran drones… en fin, un largo etcétera de soluciones, pero ninguna de ellas logra aquello que persiguen: el control absoluto, la imposibilidad de que ocurra algo fuera de guión que termine en tragedia. Ninguna.

Y es que si la puerta de la cabina no se bloquea por dentro y hubiera un loco dentro del pasaje también podría estrellar el aparato, si resulta que le das poder a torre de control para hacerse con los mandos de cualquier avión, y es el operario de la torre el que tiene un día de furia, la que puede liar es tremenda, y también puedes someter a un examen psicológico anual, semestral, mensual o diario a los pilotos, pero puede que el conductor de un autobús de transporte escolar tenga un día una crisis severa. En cuanto a la continencia urinaria, un piloto puede aguantar un vuelo de tres horas sin levantarse al baño, pero hay trayectos de ocho, de diez, de doce horas, lo que convertiría a los transoceánicos en vuelos de alto riesgo. Y un dron, como todo cacharro, por muy revisado que esté, un día se puede romper de forma inesperada con fatal resultado.

Hay sucesos y desgracias que pueden prevenirse. Es cierto que determinadas actuaciones minimizan los riesgos… hasta donde pueden minimizarse. Pero hay algo que parece que se nos escapa, y que nos genera una terrible ansiedad, y es que el riesgo cero no existe. Nunca. Ni en los vuelos ni en la vida en general. Somos seres vulnerables. Vivir implica un riesgo. Es así.

Nosotros, seres vulnerables, no podemos controlarlo todo. No podemos controlar casi nada, de hecho. Parece que todos los días van a ser iguales. La costumbre, la repetición, las rutinas, al igual que a los niños, nos dan seguridad. Siempre que suena el despertador estoy en mi cama, con la misma persona al lado, sale el sol, si giro el mando de la vitrocerámica ésta se enciende, si acciono la llave del coche éste arranca, voy a trabajar, vuelvo a casa, mi madre me llama por la noche, mi marido después de comer, si cojo un avión tras el tiempo estimado éste aterriza en el lugar previsto… En fin, todo ocurre según lo previsto, según lo habitual, según la costumbre. Pero los sucesos inesperados llegan sin avisar. Y nos hacen darnos cuenta de que eso que parece inamovible y para siempre (nuestro mundo, la vida de quienes amamos, la nuestra), es frágil. De pronto un día mueves el mando de la vitrocerámica y ésta no calienta, o vas a recoger lo análisis esos que te haces por rutina una vez al año y el resultado te cambia la vida, o una tarde tu madre no te llama y quien te llama es tu hermano para decirte que está en el hospital, o cuando sales del metro como cada día para ir a tu trabajo te cae una rama de un árbol, o una teja encima, y llega el the end.

Y es que, aunque todo parezca como siempre, en cualquier momento, de cualquier forma, más o menos imaginable, tu vida puede cambiar por completo sin que lo hubieras podido evitar. Y además, y lo que es más cruel es que, si tu vida de pronto cambiara de una forma drástica e irreversible, alrededor seguiría amaneciendo a la misma hora, al meter la llave del coche éste arrancaría  y en la tele seguirían dando las noticias a las tres. Y aunque hubiera cambiado, de pronto y sin avisar, el mundo seguiría pareciendo igual. Pero la incertidumbre, los imprevistos, la vulnerabilidad y la fragilidad, la ausencia de control, y la finitud -al fin y al cabo- forman parte de la vida, con su lado terrible y trágico, y también con el maravilloso.

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