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Hay días, lunes en particular, que querría ser un avestruz. Por aquello de esconder la cabeza para evadir los problemas, o los temas en mi caso.

Los titulares de prensa me ofrecen hoy una imagen espantosa de este mundo en el que vivo: al menos 700 personas quedan a la deriva en un naufragio cerca de Sicilia y sólo se ha rescatado a 28 de ellas vivas, un niño mata a un profesor en su colegio y hiere a otra profesora y a dos alumnos más antes de que lo controlen, el Estado Islámico sigue asesinando cristianos y mostrando vídeos para presumir de ello, en Siria, en Libia, en Yemen, en Irak… las guerras y enfrentamientos varios siguen expulsando a la gente de sus casas, la cuantificación de la población mundial desplazada y/o refugiada alcanza unas cifras que han de avergonzar a cualquier persona de bien, un nuevo vertido de fuel amenaza el ecosistema marino en las Islas Canarias, cinco desapariciones en Majadahonda que parece pueden dejar chica a toda esa nueva literatura escandinava sobre crímenes…

Y también ocupa portadas (sigue ocupando, más bien) toda esa basura que rodea a nuestros políticos y que parece ser un chorreo sin fin ¿cuánto habrá que esperar para que todos y cada uno de nuestros representantes sea consciente de que el “trabajar por tu país” no es compatible con la búsqueda de la riqueza personal?

En una de las cadenas generalistas anuncian un programa que, bajo el nombre de “incorruptibles”, fijará su atención en funcionarios que no han sucumbido a la corrupción. Y, siendo cierto que viene bien compensar la atención a los corruptos con otra que recuerde la existencia de los otros, a mí me molesta el tratamiento, porque el enfoque del programa parece mostrar a los incorruptibles como excepción y no es así, no puede ser así. Hay cientos, millares, decenas de miles y hasta centenares de miles de personas incorruptibles, tiene que haberlas. En la administración pública, en las empresas, en los comercios y en las calles, tiene que haberlas. Esta corriente de indignación general que empieza a trasladarse a las urnas sólo es posible si la corrupción es la excepción.

Y excepción habrán de ser también las malas bestias en el género humano: las que asesinan, las que maltratan, las que empujan al mar a miles de personas en embarcaciones frágiles y a cambio de dinero, las que provocan la desgracia ajena (ya sea con armas de fuego o con chequeras) o incluso aquellas que no se conmueven con la desgracia ajena…

(No incluyo en el párrafo anterior al niño asesino del instituto porque artículo entero merece la consideración de si es más asesino que niño, y como mala bestia habría que tratarle, o si es más niño que asesino, y como niño hay que protegerle)

Mientras escribía este artículo me he documentado sobre el avestruz y resulta que no es cierto que esconda la cabeza y tampoco lo es que escape a la confrontación. El avestruz escapa a toda velocidad (y tiene mucha) cuando se ve en verdadero peligro, pero lucha y ataca con sus patas si se siente agredido.

Así que, si hoy he decidido sentirme un avestruz, no puedo por menos que ser coherente y asumirlo.Yo me siento agredida por esas malas bestias que estropean el mundo y, si no puedo patearlas literalmente, al menos sí puedo hacerlo verbalmente: malditas sean.

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