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En llegando fechas como estas a mí me da por envidiar a lo que se da en llamar votantes cautivos, esos que tienen clara la adecuación de su ideología a unas siglas concretas, que no tienen que pensar mucho, que no necesitan la jornada de reflexión porque ellos ya están reflexionados de por sí mismos. Y es que me da a mí que ellos viven las campañas electorales y los propios días de votación de otra manera, con menos incertidumbre, con menos inseguridad. Además, al finalizar el escrutinio, ellos ya saben si han ganado o han perdido, y a mí eso me da envidia porque yo, en cambio, nunca lo sé. Hasta que no desarrollan su labor de gobierno o de oposición, yo nunca sé si acerté o no en mi elección.

Y no es que yo no tenga clara mi ideología, no, que, aunque voy confirmando o variando algunas de mis creencias según mis experiencias vitales, en general puedo responder con seguridad a lo que opino sobre casi cualquier tema ideológico-económico-político. En realidad lo que yo no tengo claro nunca de principios es a qué parte de coincidencia de mi ideología con un programa político voy a dar prioridad, porque ninguno de los programas electorales de los partidos que se presentan a las elecciones coincide exactamente con lo que yo pienso. Ya he leído alguno de los programas y espero terminar la lectura antes del domingo, aunque, desde que hemos visto que hay quien llega a ser candidato sin leerse su propio programa, me siento menos culpable si voto sin haber terminado de leer alguno.

Así que, a mí, la campaña electoral me da trabajo mental porque yo, para saber de verdad a quién me interesaría votar, necesitaría saber a quiénes van a votar los demás. Por ejemplo, a mí no me gustan las mayorías absolutas ni las ideologías extremas con lo que, si yo supiera que van a ganar algunos de los extremos o un moderado en demasiada mayoría, yo utilizaría mi voto como compensación, para que la mayoría sea menor y se vea obligada a pactar (ese hasta ahora abstracto consenso del que habla Patricia) o para que el gobierno no se radicalice y sea más fácil llegar a acuerdos con todos los agentes sociales. Y yo puedo optar por distintas candidaturas sin variar mi ideología porque, como ninguna coincide del todo, puedo saltar de una a otra sin despeinarme.

Y lo mismo eso que digo de no tener claro a quien votar o que soy capaz de variar de candidatura según el momento (o, incluso, según la elección, que quizá el domingo mi voto sea diferente en cada urna) queda un poco  feo pero no solo no me importa sino que voy más allá, porque encima me parece que debería ser lo habitual.

Es más, a mí quienes me parece deberían ser raros, pero raros, raros… son los cautivos. Esos mismos a los que, en días como hoy, envidio. Paradojas de mi ideología 🙂

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2 pensamientos en “Envidia a los cautivos

  1. Es que lo malo de querer votar coherentemente como tu es que es difícil conseguir un pleno acierto en los programas electorales, así que al final el análisis se hace arduo y difícil. Como bien dices, los cautivos no tienen problemas, votan a ciegas, es más una cuestión de fe y creencias para ellos. 🙂

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