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En estas semanas de final de curso en las que todo se ajetrea y le dan a uno ganas de huir al pueblo es difícil encontrar tiempo para escribir y, a veces, incluso es complicado sacar diez minutos de calma para leer tranquilamente. Pero este domingo los astros se me alinearon de forma que pude leer, y disfrutar leyendo, de la última entrevista a V.S. Naipaul que se ha publicado.

Para los que tenemos como sueño la literatura, suele ser una delicia leer memorias, biografías (si están bien escritas) o entrevistas a escritores de oficio, a esas que nos parecen afortunadas gentes que pudieron convertir su vicio en oficio. Delicia porque gusta, pero también porque obliga a pensar.

El motor de su literatura, en Naipaul, parece fue su desarraigo, ese sentimiento que fuerza a buscar un lugar del que sentirse parte, un sentimiento de sufrimiento que igual puede destrozarte que convertirte en premio Nobel. El sufrimiento otra vez como lugar común de germen de historias.

Desgrana después su vida y sus obras, ten cercanas las segundas a la primera. Pero es la mujer del escritor la que, a preguntas no contestadas del periodista, me da el párrafo que me hará recordar esta entrevista mucho tiempo. Ayuda a V.S. a explicar su vida y obra e insiste en que los lectores se enteren de que este gran hombre siempre dice que un hombre debería tener tres vidas. Una, para vivir, otra, para leer y experimentar, y otra para escribir. Siempre dice: “Mi vida es demasiado corta. Nunca he tenido tiempo de vivir, no he hecho nada más que escribir”. La gente debería tener tres vidas. Y esta última y breve frase me parece, ahora que estamos en época de reivindicaciones varias, aquella por la que merecería la pena pagar millones.

Consuela comprobar que ese gran dilema que se nos plantea a veces al elegir entre escribir, leer o vivir a los aspirantes a escritores no es patrimonio único de los inexpertos. Al final a todos, aspirantes o consagrados, como compartimos una naturaleza finita, no nos queda otra que vivir esas tres vidas a la vez, eligiendo cuando se pueda o dejándose llevar cuando no hay opción, pero teniendo continuamente la sensación de estar dejando de lado algo.

Parecían ser las más soñadas las siete vidas que tenían los gatos pero yo, la verdad, a partir de ahora voy a ser menos ambiciosa y conformarme con aspirar sólo a tres, a las tres vidas de Naipaul.

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