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Rompiendo un día más las reglas, en lugar de enlazar con el último artículo voy a enlazar con mi último artículo, y quizás piensen en la impudicia con que uso los posesivos, y que quizás sea una suerte de postura vanidosa, la del yo, me, mi, conmigo. De hecho lo es, y no obstante, allá voy: volviendo a mi tema de la semana pasada, todo un arranque de beatus ille, he estado pensando un poco más acerca de los porqués de mi hartazgo urbano y de esa suerte de nostalgia rural. Porque en realidad, del campo no me atraen sus posibilidades campestres, es decir, mi nostalgia no viene motivada por la posibilidad de ver las estrellas de noche, respirar aire puro, manejar un azadón, tener gallinas en un corral o el intenso olor a higuera. Lo que echo de menos en la ciudad es, por un lado, más cercanía física (que se traduce en más tiempo y más energías), y por otro una mayor cercanía humana en esta suerte de jungla individualista y anónima.

Sin embargo, en las ciudades la vida no fue siempre tan arisca como ahora. Por lo que cuentan las abuelas, -al menos la mía- y lo que he visto y leído acerca de la vida urbana en el siglo pasado, en las ciudades existían los barrios en un sentido completamente distinto al actual, que sólo sirve para nombrar la zona en la que vives, y que la zona azul tenga una tarificación cara o más cara. Antes, la gente trabajaba cerca de su barrio, o bien buscaba su vivienda cerca de donde trabajaba, y como los empleos eran para toda la vida, era sencillo mantener la distancia y la planificación. Antes, la gente conocía a sus vecinos, y a los hijos de sus vecinos, se conocían las circunstancias vitales de cada cual, y cuando alguien tenía un problema se le ayudaba entre todos. Antes ocurrían cosas asombrosas como “ir a comer a casa”, los hijos iban y volvían solos al colegio antes de hacer cumplido los dieciocho, y si querían quedar con un amigo no había que llamar a otros progenitores, buscar un hueco en la agenda, concertar una cita en un centro comercial o una piscina de bolas y atravesar media ciudad: sólo tenían que subir al quinto a buscar a Jorgito y bajarse a la plaza, sí, ellos solos, sin vigilancia, hasta sin casco, porque el del quiosco de la plaza los conocía por su nombre, sabia donde vivían,  de quiénes eran hijos, y también el lechero, y la dependienta de la papelería, y prácticamente todo aquel que pasara por allí. Antes, cuando uno se rodeaba de vecinos, se era más consciente de que eran personas, como lo son los desconocidos de ahora, pero los desconocidos lo son menos. Es cierto. Sólo nos tenemos que mirar a nosotros mismos: si te pide un favor un familiar cercano o un buen amigo intentas hacer malabares con la agenda para intentar ayudar, y si hay suerte y hueco, perfecto. Si es un conocido, el poder que se hace es menos intenso. Pero si la ayuda viene de un perfecto desconocido olvídate. Anda que si tuviera uno que ponerse a echar un cable a todo desconocido que se encuentra por la calle….

Ahora llega la realidad del presente, que tiene su lado duro y difícil, pero también tiene otras grandes virtudes. Como por ejemplo, que las ciudades son más abiertas, más cosmopolitas, más multiculturales. Todo eso se traduce en una apertura de mente, en una oleada de nuevos referentes y propuestas filosóficas, culturales, artísticas. Incluso deportivas. Las ciudades de ahora ofrecen una diversidad en materia de ocio, cultura, deporte, arte, oferta formativa, gastronómica y de tiempo libre que era impensable en otros tiempos, y, en ese sentido, aunque no huela a higuera o no vea estrellas por la noche, no concebiría mi vida en un lugar donde no pudiera escuchar música en vivo, ir al teatro, donde no me sorprendieran cada día las transformaciones de sus barrios, sus calles, sus plazas, donde no me sorprendieran sus habitantes, sus colores, sus formas de pensar, sus costumbres, sus aficiones, donde no pudiera perderme en librerías interminables, o simplemente, donde no pudiera perderme.

Pero ¿tan incompatible es introducir un poco de humanidad, de sencillez y de sentido común en las ciudades para reducir sus defectos, preservando, o no, mejor dicho y puestos a pedir, potenciando sus virtudes?

No lo creo. Los límites para las mejoras nos los imponemos nosotros mismos con esa resistencia a los cambios, ese inmovilismo que nos hace pensar “eso, hoy por hoy, es imposible”. Es cierto que es complicado cambiar una determinada forma de vida para todos y de un día para otro, y que la solución no es mirar al pasado con la intención de replicarlo, desde luego que no. Pero que se puede vivir de otra forma es un hecho. Y además, hay ejemplos que vienen además de iniciativas ciudadanas (de personas que tienen en común el compartir un barrio) espontáneas y que no han necesitado de impulsos institucionales. El campo de la cebada sin ir más lejos: una serie de vecinos en busca de un lugar común para poder disfrutar de su barrio convirtieron ellos solitos el espacio que ocupaba el derribado polideportivo de la latina en un espacio vecinal donde se hacen cultivos, espectáculos teatrales y musicales, talleres, charlas, fiestas…. y no han esperado a que nadie les diera nada, lo han construido ellos, cooperando, proponiendo y trabajando juntos. Cada vez hay más huertos urbanos, ideados, promovidos y cultivados entre vecinos. Por no hablar de los espacios autogestionados, donde de forma desinteresada se imparten talleres, de vecinos para vecinos. Cada uno ofrece lo que sabe. También han surgido de forma espontánea los bancos de tiempo, como han surgido de forma espontánea diversas plataformas de ayuda a personas en situaciones desesperadas debido a la crisis, como la PAH. Y así, de forma aislada, poco a poco va surgiendo una conciencia más humana, de personas para personas. Y es una conciencia que está reinventando una serie de valores y actitudes más humanas que habíamos perdido.

Por otro lado, el tema de las distancias tampoco creo que se insalvable. Al menos en muchos casos. Si las empresas tuvieran en cuenta criterios de cercanía de residencia a la hora de contratar tendría muchas ventajas: menor absentismo, mayor puntualidad, empleados más contentos… no se puede trabajar igual cuando has tardado quince minutos en llegar a trabajar que cuando has tardado una hora y media después de varios transbordos, espachurramientos o atascos interminables, ni cuando tardas una hora y media en volver a tu casa tras una jornada de nueve horas, y cuando llegas no te da tiempo a nada agradable, sino sólo a continuar con labores domésticas porque todo el tiempo libre es invertido en desplazamientos. Es imprescindible disfrutar, y tener momentos agradables todos los días para poder estar al máximo. Parece que desde las instituciones municipales se han comenzado a plantear algunas medidas en ese sentido como el hecho de ofrecer los trabajos de limpieza en centros escolares primero a limpiadores/as que sean padres o madres de los alumnos de las escuelas. Bueno, por algo se empieza. También contamos con un potente recurso, que es Internet. Cuánto teletrabajo se podría realizar hoy en día, cuánto dinero en alquileres de oficinas se ahorrarían las empresas, cuánta calidad de vida ganarían los empleados. Y es que, si menores distancias redundan en más tiempo libre, y en más posibilidades de disfrute y felicidad, no es menos importante el impacto ecológico. Más tiempo, más calma, menos vehículos, menos contaminación. Y el impacto en salud, y ahorro de gasto sanitario (que parece que es un argumento que convence un montón):  menos estrés, menos tratamientos psicológicos, menos migrañas, menos contracturas, menos tensión, más paz, más disfrute…. Y siempre habrá quien no pueda beneficiarse, que tenga que desplazarse físicamente a su centro de trabajo y que tenga que recorrer cada día treinta kilómetros de ida y treinta de vuelta, pero otras muchas sí. Y si muchas personas pueden vivir mejor, mejor para todos, no?

Resulta que todo este enfoque tiene similitudes con una corriente ideológica que se llama municipalismo, que pone el énfasis en los aspectos de la convivencia y no en la economía, algo así como una economía al servicio de los ciudadanos y la convivencia y no al revés. Y asume la democracia directa, la toma de protagonismo de los ciudadanos y la descentralización como una alternativa política. De hecho, hay varias corrientes ideológicas y diferentes tipos de municipalismo, como el municipalismo libertario, nada como un adjetivo épico y grandilocuente….

Yo no me he estudiado sus postulados ni manifiestos, no soy de seguir nada al pie de la letra, ni de abrazar ideologías en bloque ni paquetes de ideas, y los nombres me dan igual. Pero sí creo que existe la posibilidad de una forma de vida más razonable, con más sentido común, más sana, más sostenible y más humana. Y si es posible deberíamos intentarlo. Creo que las ciudades pueden ser un poco más habitables. Que las personas podemos vivir con un poco más de paz y de sentido, y de tiempo. Y quién sabe, podría llegar el día en que en las noches de las ciudades se pueda volver a ver la osa mayor, o que nos sorprenda en un paseo olor a higuera.

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5 pensamientos en “Reflexiones y acercamientos al municipalismo

  1. Pues el caso es que a mí la idea de la cooperativa de madres me parecía inconsciente y demagógica (no se crea empleo cuando hay que mandar al paro previamente a todo el que ahora mismo trabaja en la limpieza de colegios) y sexista (sorprendente en alguien como Manuela Carmena identificar limpieza con madres con m), menos mal que lo último al menos ya ha sido corregido en un tuit para incluir también a los padres, lo primero ya veremos en qué queda, es verdad que contentaría a quienes consigan así un trabajo, pero no creo sentara muy bien a quienes lo pierdan.

    La humanidad de las ciudades me temo es inversamente proporcional a su tamaño y hay quien llega a las ciudades huyendo de la cercanía de los pueblos y ciudades pequeñas, es difícil compaginar los intereses de todo el mundo.

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