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Es viernes y no tengo artículos de lunes o miércoles en los que inspirarme. A lo mejor mis compañeras tienen suerte y están de vacaciones, tomando un mojito debajo de una palmera. O a lo mejor es una cuestión del final de curso, y es que no creo ser la única persona humana que termine el mes con extenuación y sensación de derrota. Es curioso porque, al menos en mi caso, objetivamente todo ha acabado bien: las notas bien, el del fútbol ganó un torneo y le han mejorado de categoría, el de la música no para de tocar, de hacer solos, y de mejorar, profesionalmente yo he mejorado, también he tenido mis buenos momentos con la música, la cámara, etcétera…. un buen balance, no? Y sin embargo me siento vencida, como si entre el trabajo, los asuntos familiares, las obligaciones diarias, los horarios, etcétera, hubieran podido conmigo.

Es muy fácil que el cansancio se perciba como tristeza. El cansancio me parece una forma de tristeza. No es algo nuevo. Repaso en mi cuaderno los meses de junio y lo que escribo suena a un nuevo amanecer en el día de la marmota. Con los meses de junio debe pasar algo así como con los días grises. Racionalmente se dice uno a sí mismo al verlos llegar: ¡alerta!, se aproxima un día gris, quédate en la cama, o al menos no desesperes, sabes lo que va a pasar, vas a estar triste, son los ciclos, hoy toca valle, son veinticuatro horas, y se va, no le des más importancia.

Pero una cosa es lo que ocurre en la cabeza y otra lo que uno siente. Yo al menos, cuando estoy triste estoy tan triste que pienso que nada en el mundo me va a poder sacar de la tristeza. Nunca. Me siento como si hubiera nacido triste y lo fuera a estar siempre. Y también cuando estoy feliz, que me siento como si hubiera nacido bailando sobre una ola, y de allí solo pudiera salir para echar a volar, hasta arriba del todo. Desde la cabeza sabemos que las emociones se mueven, que somos frágiles, que hay unos días buenos, unos malos, otros regulares y que ni unos ni otros tienen tanta importancia. Pero sin embargo las emociones, al sentirlas, son eternas. Con los meses pasa lo mismo, parece ser. Y junio, con su síndrome del final de curso, es fatal.

No obstante, aún sabiéndolo, me resisto a aceptar ni los días grises ni los meses de junio como hechos inevitables. Una cosa son los ciclos y otra muy distinta pensar que todo es culpa de la madre naturaleza, del cerebro racional, de las hormonas, de la estructura del mundo, de nuestra condición mamífera o del liberalismo económico. Algo habrá que se pueda hacer, digo yo: el enfoque, la interpretación, la actitud y la autopercepción, y todo eso que se cuenta en los manuales de autoayuda. Pero no sólo. Es decir, es verdad que una misma realidad puede percibirse de forma muy distinta, pero también creo que algunas técnicas de este tipo se basan en el autoengaño y, en el fondo, lo que subyace, es la resignación. No creo que sea tan sencillo como relativizar, o como repetirse a uno mismo como un mantra una y otra vez “disfrutas encabronándote cada noche con tu hijo para que estudie”, o “qué suerte tienes de poder cocinar todos los días, y hasta tender y cargar con bolsas desde el supermercado” o -esta es muy buena- “te encanta el sonido de tu despertador cada mañana a las 6:30 am”. Eso es una mierda. Es intentar forzar que te guste lo que no te gusta. Y para arreglar cosas hay que tratar de ser honestos con lo que somos, con lo que nos gusta y con lo que no.

Es trabajo de cada uno, analizando sus realidades cotidianas, las de lunes a viernes, las de septiembre a julio, encontrar la forma de introducir algún elemento de disfrute que consiga que tareas desabridas e ingratas sean llevadas a cabo con diversión. En la mayor parte de los casos no creo que se trate de acometer grandes cambios vitales, la teoría del caos está ahí: un pequeño cambio puede tener consecuencias asombrosas.  Y si hablamos de introducir placer y disfrute, que parecen sensaciones prohibidas en este valle de lágrimas, creo que asombrosas y positivas. Pero sobre todo, existe un factor clave. Bueno, mejor tres: la memoria, la asociación y la anticipación.

Si yo un día hago una determinada tarea de una determinada forma, y me aburro, o me irrito, y sufro, asociaré esa tarea a esa emoción. Y la próxima vez que tenga que hacerla voy a pensar, oh, mierda, otra vez tengo que hacer eso, me voy a aburrir, me voy a irritar, voy a sufrir… Y ya iré predispuesta al aburrimiento, a la irritación, al sufrimiento. Y, si la realizo de nuevo, y de la misma forma, lo más probable es que el resultado sea el esperado, y se reforzará la asociación entre una determinada tarea con una sensación.

Así que yo, como deberes de verano, me he propuesto el esfuerzo creativo de imaginar pequeños cambios en tareas que, hoy por hoy me predisponen al aburrimiento, a la irritación y al sufrimiento, y que de hecho me aburren, me irritan y me hacen sufrir, en plena búsqueda de placer y alegría. Y practicarlo una y otra vez, hasta desautomatizar las connotaciones negativas que ya he asociado, transformándolas. Pero no por autoengaño, sino por auténtica convicción.

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2 pensamientos en “Resistencia ante la inevitabilidad del mes de junio

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