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Todos tenemos un pasado, y si estamos aquí, yo escribiendo, tú ahora leyendo, es porque de alguna manera, hemos conseguido sobrevivirlo. El pasado a veces es ese lugar que siempre fue mejor al que miramos con nostalgia, pero en ocasiones es también un abismo cuyos recuerdos empolvamos y escondemos para no tener que encararlos demasiado. De hecho, muchos psicoanalistas se ganan la vida ayudándonos a hacerlos frente. Y es que nosotros, los de ahora, no siempre hemos sido los mismos. No tenemos el mismo cuerpo ahora que hace veinte años, ni la misma forma de pensar, y nos han pasado por el camino un montón de cosas a las que hemos tenido que ir respondiendo, con muy diferentes resultados. A veces hemos estado bien, pero otras muchas no. Hemos pasado por una infancia, y puede que fuéramos de esos niños despreocupados, felices e integrados, o de los solitarios gafotas objeto de burlas, o que incluso fuéramos de los que se burlaban, o de todo un poco. Y hemos vivido una adolescencia, una cara llena de granos, posiblemente una sensación de no encajar en el mundo, momentos de blancos y negros en los que no existen los atenuantes ni las circunstancias, amigos que dejan de serlo, el primer amor, el primer desamor, la búsqueda de límites, de ideales, de nosotros mismos. Y ya en la edad adulta la historia continúa, un trabajo, otro trabajo, un no trabajo, parejas, exparejas, los fracasos, los éxitos, de nuevo el lugar en el mundo, la pérdida de los seres queridos, los hijos, los no hijos, la evolución del proceso de identidad propia, lo que uno se imaginaba que iba a ser frente a  lo que uno es… pero al final suele llegar un día en que nos sentimos identificados, más o menos estables, incluso con la sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo, y el viaje continúa de una forma más apacible y consciente.

Somos lo que somos en parte porque hemos sido lo que hemos sido. Pero incluso una vez superadas un montón de etapas, cuando hemos conseguido sobrevivir al pasado y nos creemos a salvo del mismo, puede desempolvarse dentro de nuestra cabeza el recuerdo del pequeño gafotas que llora en el recreo porque ningún niño ha querido jugar con él, y dejarnos de un plumazo, tan a salvo que nos sentíamos, indefensos y vulnerables. Lo bueno que tiene el pasado de cada uno es que es privado, íntimo y personal, y podemos elegir con quién compartirlo, si es que queremos compartirlo, y qué parte de él compartir. Y con los recuerdos lo mismo. Podemos mantener las fotos y diarios en una caja al fondo del armario, y abrir esa caja de pandora a nuestra elección, incluso podemos tirarla a la basura y hacerla desaparecer. Con los recuerdos que hay en la cabeza no tenemos tanto control, pero al fin y al cabo, si aparecen lo hacen en nuestra cabeza, y si nos produce un conflicto será con nosotros mismos, y la tarea de aceptación y reconciliación con eso que fuimos será un trabajo interno y personal.

Pero, ¿qué pasaría si nuestro pasado y sus rastros dejaran de ser privados y personales? ¿qué pasaría si nuestras fotos y diarios no estuvieran en el fondo de un armario sino en un lugar de acceso público, tan público como por ejemplo la Red?

Esto que para nosotros es sólo una hipótesis para los niños es una realidad: los niños de hoy utilizan tablets y dispositivos electrónicos antes de saber leer y escribir, y en cuanto saben leer y escribir juegan on line, chatean, se registran en sitios….y cuando tienen doce o trece años ya tienen perfil en tuenti, en facebook, en instagram, en youtube y en twitter, y van dejando en la red, con su nombre y apellidos, todo un rastro de fotografías, vídeos y escritos de sí mismos al alcance cualquiera en cualquier momento. Hacen público lo que mañana será su pasado y sus recuerdos, esos que a veces son tiernos, pero otras dolorosos o vergonzosos. Para ellos ya no serán algo íntimo y personal, ellos no decidirán con quién y cuándo compartirlos: cualquiera que escriba su nombre en google podría llegar a acceder a episodios, imágenes y vídeos de sus vidas en cualquier momento: ahora, dentro de diez años, de veinte, después de muertos… Y de pronto el niño de hoy podría estar tan tranquilo dentro de veinte años, ya a salvo del pasado, tomándose un café con su mujer, y escuchar que ella le dice que ha visto una foto suya de cuando era niño, y que casi no le reconocía, porque estaba gordo, y tenía unas gafas horribles, y que además le ha apenado terriblemente leer los numerosos comentarios hirientes de los compañeros de clase.

Esas huellas del pasado en internet de los que ahora son niños hacen que cualquiera (sus futuros jefes, sus futuras parejas, sus futuros hijos, sus futuros amigos, sus futuros suegros, sus futuros desconocidos, sus futuros amigos y sus futuros enemigos) sin previo aviso, se puedan colar en su pasado si ha quedado un registro público. Y desde los doce o trece años anda que no hay tiempo y vida que escribir, fotografiar, filmar, testimoniar de cualquier forma en la Red. Cómo se puede sobrevivir al pasado pensando que en cualquier momento cualquier persona te puede obligar a enfrentarte a ti mismo.

La verdad es que esto del mundo digital es tan nuevo que no sabe uno muy bien cómo gestionarlo: dónde está el punto medio entre el extremo de los neuróticos que no dejan un solo rastro porque el mundo está lleno de psicópatas y pervertidos que van a usar sus imágenes para masturbarse, hacer pornografía, secuestrarlos y cortarlos en pedazos mientras los filman en una snuff movie, y el extremo contrario de esa alegre inconsciencia de quienes se lanzan al universo Internet con el nombre y los apellidos por bandera, dejando pública constancia hasta de los pedos que se tiran.

Y si los adultos no sabemos muy bien cómo gestionarlo para nosotros mismos, cómo educar acerca de esto a los que vienen detrás, o mejor dicho, a los que ya están por delante, por muy niños que sean. Mi consejo para mis hijos es que protejan su identidad y su intimidad en su vida digital, y no tanto para lograr que sobrevivan de ataques de pederastas, psicópatas y asesinos, sino para que sobrevivan a otra amenaza para mí tanto o más aterradora dada la certeza de que es real e ineludible: su propio pasado.

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