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Hoy voy a seguir con el tema que inició Carmen la semana pasada. No soy capaz de entender cómo es posible que haya tal cantidad de mujeres maltratadas, y cómo es posible que cada mañana haya una asesinada más. No lo entiendo porque además tampoco lo he vivido, y los hombres con los que he compartido vida nunca jamás me han faltado al respeto, ni en los momentos buenos ni en los malos. Nunca. Y no lo habría entendido de otra forma. Pero conoces a personas que te cuentan situaciones extrañísimas en las que las decisiones y la autoridad emanan del marido, y el rol de ella era de obediencia (alguna vez no he podido reprimir un “tú no tienes un marido, tú tienes un jefe”). Y en entornos socioculturales muy altos incluso. Otras directamente terribles, con vejaciones, violencia, miedo, en las que aparecía la palabra amor. Y no lo entiendo. Eso no se hace por amor ni se aguanta por amor. El amor es otra cosa. Y miro el telediario y no lo entiendo. Quizás sea ese no puede ser. No puede ser que no me dé la razón. No puede ser que un día descubra que hay otra persona mejor que yo. No puede ser que un día se enamore de otra persona. No puede ser que un día decida dejarme. No puede ser que un día se ría con otro, se vaya de vacaciones con otro, folle en mi cama con otro, tenga hijos con otro. No puede ser. No lo soporto. Antes muerto. Antes muerta.

Respetar las opiniones, intereses, sentimientos y decisiones ajenas cuando son diferentes de aquello que queríamos es tanto más difícil cuanto más cercana es la persona con quien se desencuentra. Se toma como algo personal. ¿Qué duele más?, ¿un desencuentro con un desconocido en la calle o con un amigo íntimo?. Cuántas veces se ha confundido una diferencia de opinión de un gran amigo con una traición o un ataque personal. Y qué ocurre con los hijos, imagina uno a quien se ha educado con todo el cariño del mundo, en los mejores colegios, con el mayor seguimiento y rigor, para que fuera un gran notario, y que llegue y diga que deja la carrera de derecho porque quiere ser escultor, imagina qué difícil respetar eso. O que en el seno de una familia muy religiosa un hijo reniegue de las creencias familiares, o manifieste por ejemplo, inclinaciones homosexuales, imagina qué difícil el respeto. Respetar ciertas decisiones es difícil. Tanto más cuanto más cercana sea la persona. Y si es la propia pareja… En la pareja se deposita prácticamente la estructura vital al completo. Se comparte hogar, se comparten gastos, se comparte proyecto de vida, se comparte la propia vida, los hijos, la esperanza de una madurez y una vejez compartida. El proyecto y la ilusión son inmensas. Cuando nos enamoramos de otra persona y depositas todo tu amor, toda tu confianza en otra ESPERAS que la otra persona sienta lo mismo y entregue lo mismo. Pero no hay ninguna garantía sobre nada. Como adultos deberíamos saberlo. Los hijos no se escogen a la carta, son quienes son, no quienes queramos que sean. Y los sentimientos también son los que son, no los que queramos que sean. Y cuando nos lanzamos a compartir nuestra vida tenemos que saber que lo que hoy sentimos en un momento dado puede cambiar, y lo que siente y quiere nuestra pareja en un momento dado puede cambiar. ¿Que duele? Por supuesto. Que de un día para otro lo que pensabas que iba a ser tu vida: tu hogar, tu pareja, tu día a día, tus noches, tus proyectos, la crianza de los hijos, tu vejez…. que todo se venga abajo es una situación vital muy difícil y muy dura. Pero el ser humano es capaz de reponerse y de controlar su dolor, su miedo, su frustración, de superar el proceso de duelo, y de rehacer su vida. O debería. Deberíamos estar educados en las emociones y en el respeto. Sin embargo cada día muere alguna mujer porque su pareja o ex-pareja no es capaz de respetar sus decisiones ni sus sentimientos, y no es capaz de controlar la desesperación que le causa. Quizás sea por el no puede ser. Y podría ser un no puede ser, antes muerto. Pero al final resulta ser un no puede ser, antes muerta.

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Tiene un trabajo, unos hijos, una casa y un marido. Una noche al tipo se le va la mano. Ya no es una bofetada, o un empujón, es la gran paliza, la gota colma el vaso y ella decide que no puede seguir así. ¿Qué hace? ¿Se va a al hospital para recabar pruebas? ¿Con el loco al lado y los niños durmiendo? ¿Los deja con él? ¿Él le va a dejar ir a urgencias sabiendo que igual inician un protocolo de malos tratos? Ni de coña. Al día siguiente, se levanta como si nada, se pone la ropa de trabajo, se disimila el pómulo con maquillaje, viste a los niños y los lleva al cole y en lugar de acudir a su trabajo va a comisaría. Por fin ha tomado la decisión. Llega allí, cuenta su batalla, la examinan los forenses, fotografían pruebas. Y entonces ella, ingenua, pregunta: ¿ahora puedo cambiar la cerradura para evitar que entre en casa esta noche? si se entera de la denuncia me mata. No, no puedes cambiar la cerradura sin la orden de un juez. Puedes irte tú de casa con tus hijos. ¿Y dónde me voy? Aquí no tengo familia, y pocos amigos, y no como para pedirles que me acojan con tres hijos hasta que el juez resuelva. Pues te ponemos en la lista de espera para una vivienda protegida. Si, ya, pero y esta noche? ¿Y mañana? ¿Tengo que volver a casa? ¿Tengo que seguir conviviendo con él?

Ella vuelve. Cuando él llega trae unas flores, llora, se arrepiente, le dice que la quiere, más que a nadie, que no la quiere perder, ni a los hijos, que son lo que más quiere en el mundo, que no sabe qué le pasa, que necesita que ella le ayude, que sin ella se muere.

Cuando sale la vista ella no acude a declarar. El caso se sobresee.

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Se resuelve una demanda de divorcio con malos tratos y protección para la mujer mediante orden de alejamiento. El juez decreta un régimen de visitas para el padre, pues el mero hecho de apalear a su mujer, insultarla, muchas veces delante de los hijos que llevan años viviendo aterrorizados, no le exime de su derecho a ejercer de padre. Y con una orden de alejamiento, dos tardes a la semana y un fin de semana sí otro no, agresor y víctima se encuentran por orden del juez en un Punto de encuentro Familiar.

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En numerosos asesinatos no hay denuncia previa por malos tratos. En otros muchos sí.

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Existe una elevada tolerancia por parte de las propias mujeres para ciertos comportamientos machistas que fomentan las actitudes de posesión y violencia (control y supervisión del tiempo libre de la pareja, control de las relaciones personales de la pareja, autoritarismo, faltas de respeto). No olvidemos que una parte importante de la educación recae en nosotras. Debemos examinar qué les estamos enseñando a nuestros hijos acerca del respeto, de las relaciones de pareja y del trato a las mujeres, y qué estamos permitiendo que vivan como ejemplo a seguir.

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Tolerancia cero.

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