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Hace cuatro años fui a votar con la certeza de que mi voto no serviría para nada. La cuestión del voto útil me producía irritación, y ya había decidido que si me parecían tan terribles los azules como los rojos, no iba a votar ni a azules ni a rojos. El dilema de votar al menos malo me producía -me sigue produciendo- un rechazo visceral. Yo quiero votar al bueno, no me jodas. Pero es que eso es inútil. Pues votaré inútil. No voy a volver a votar a un partido que no me guste. Nunca más. Ni siquiera por evitar un mal mayor, porque no quiero conformarme con males menores, llámame ambiciosa, pero yo quiero bienes. Ni siquiera recuerdo a quién voté, si a los verdes, o a un partido con un nombre bonito, como podría haber sido “mujeres encantadoras por la paz en el mundo”.

En cuatro años la situación ha dado un vuelco. De dos únicas opciones hemos pasado a cuatro, a cinco incluso. La naranja y la morada son formaciones nuevas que han surgido como consecuencia del desencanto generalizado con la gestión conocida hasta ahora. Por mis ideas, entre morado y naranja, aunque no comulgue al 100% (sólo podría estar 100% de acuerdo con un programa, una forma de actuar y una política de partido si yo misma hubiese elaborado el programa y liderara el partido), me identifico con el morado. Pero entiendo que es positivo en términos de democracia, que existen opciones para todo el mundo, y que muchas personas al margen de sus ideas, puedan acercarse con una cierta ilusión a las urnas, con fe en que es posible salir del desencanto y que la política sea diferente de como ha sido siempre. Y es que, pase lo que pase, va a ser así.

Una compañera planteaba que, por un lado, los dos partidos que han gobernado hasta ahora no se han regenerado, y persisten una serie de lacras y de inercias sin solucionar que le hacían dudar muy seriamente de su idoneidad para gobernar. Pero por otra parte se preguntaba si los nuevos partidos, sin experiencia ninguna, serían capaces de asumir por sí mismos la gestión de un país.

Para su tranquilidad, parece ser que ni los expertos por regenerar ni los nuevos van a asumir el gobierno en solitario. Según las encuestas, al menos. Esto es positivo. Es posible que haya que pactar a dos, o a tres. Y espero que no se realicen pactos legislativos, a ver si a partir de ahora tenemos un congreso de los diputados que sirva para algo y no sea lo que es, un estúpido teatrillo. Me explico: hasta ahora se han dado los siguientes escenarios:

  1. Ha ganado un partido con mayoría absoluta, y teniendo en cuenta que existe disciplina de partido, desde el mismo día en que ganan las elecciones, ocurra lo que ocurra en los debates del congreso de los diputados, ya se sabe qué resultado va a obtener el gobierno al presentar cualquier ley que someta a votación durante los siguientes cuatro años.
  2. Ha ganado un partido en minoría, y mediante un pacto, a cambio de ciertas concesiones negociadas en el minuto uno, todos se comprometen a votar juntos los siguientes cuatro años. Sea lo que sea. El cheque en blanco a un socio a cambio de un premio. De modo que desde unos días después de las elecciones, ocurra lo que ocurra en los debates del congreso de los diputados, ya se sabe qué resultado va a obtener el gobierno al presentar cualquier ley que someta a votación durante los siguientes cuatro años.

¿Qué se hace entonces en el congreso? Una representación teatral. Quienes saben que van a sacar una ley adelante la defienden acaloradamente, y los que saben que no pueden detenerla, ni tan siquiera muchas veces enmendarla, la denostan. Lo que cuenta es el tono y la pasión más que el argumentario, lo que cuenta es la imagen de cara al espectador, el espectáculo, el show business, los titulares que sean capaces de convertirse en votos.

Y eso es muy poco democrático. Mucho menos que llevar una ley al congreso y tener que ganarse a los diputados de los diferentes partidos a golpe de argumentario, de diálogo, de acuerdos que supongan que todas las partes tengan que ceder. Lo pactos legislativos o cheques en blanco por cuatro años son muy poco democráticos. La disciplina de partido es muy poco democrática porque es un cheque en blanco durante cuatro años a tu propio partido (quién dice que vas a estar de acuerdo siempre en todo con ellos por muy afín que seas?). Dos únicas opciones y voces con opciones de gobierno es muy poco democrático.

Por supuesto que es más difícil y mucho menos ágil un gobierno en el que haya que llegar a un acuerdo con cada ley. Es mucho más fácil hacer lo que uno quiere sin necesidad de contar con nadie más, sin necesidad de justificar, de argumentar, de modificar, de ceder. Pero lo más fácil no siempre es lo mejor. Y ya va siendo hora de que en este país vayamos aprendiendo a debatir, a dialogar, a argumentar, a ceder, a negociar, a consensuar, a dejar de lado los cheques en blanco y a hacer una política un poco más ambiciosa, más plural, más madura, y más responsable.

Y si hace cuatro años me sentía impotente, ahora siento una doble ilusión. La primera, porque existe un partido con el que siento una afinidad suficiente, y pensar que puede obtener una representación amplia en el congreso me parece ilusionante (me voy a poner morada, claro que sí!!!)

Y la segunda, porque al margen de los resultados, incluso sin no son los que yo deseo, será imposible que las cosas funcionen como hasta ahora, y pienso que es inevitable que comience a partir de ahora una época en la que será imprescindible revisar la ética e incrementar los niveles de democracia en una nueva forma de hacer política.

Llámame ilusa.

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Un pensamiento en “El 20D o la gran ilusión

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